Corrupción política en la RD y entronización del partido cartel

10_01_2017 HOY_MARTES_100117_ El País8 A

(II)
Al tratar de encontrar un modelo de partidos que me permita definir las características de la praxis política encarnada por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y su relación con la corrupción, la literatura politológica me ofrece la interpretación que hacen Katz y Mair sobre el partido cartel (Katz y Mair, 1995, 1996, 2002, 2004, 2009), caracterizado por la interpenetración entre el partido y el Estado y un patrón de colusión interpartidista.
Se trata de un tipo de partidos característico de los países en los que abundan la ayuda estatal y el apoyo a los partidos, y en los que fenómenos como el clientelismo, lottizazione y control partidista son frecuentes.
La tradición de cooperación interpartidista se combina con la amplia presencia de apoyo estatal a los partidos y una posición privilegiada de los partidos en lo referente a nombramientos o puestos clientelares.
Con el advenimiento del partido cartel, los fines de la política se hacen más autoreferenciales que en el modelo de partido catch-all (atrápalo todo, escoba) de Kirchheimer, o el profesional-electoral de Panebianco (Kirchheimer, 1996; Panebianco, 1990).
La política deviene una profesión en sí misma, pero cualificada y en la que la limitada competición partidista se basa en la lucha por convencer al electorado de que el partido en cuestión es la opción que garantiza mejor una gestión más efectiva y eficiente.
El modelo de partido cartel se caracteriza por la inclusión sociopolítica mediante el sufragio universal, una distribución de los recursos políticos relativamente difusa, la visión de la política como profesión como principal objetivo de la política, las habilidades de gestión y eficiencia como base de la competición partidista, un modelo de competición electoral contenido y manejado, el uso intensivo de capital en el trabajo de partido y de campaña, las subvenciones estatales como fuente principal de recursos, la estratarquía o autonomía mutua en las relaciones entre afiliados y la élite del partido, la falta de importancia de la militancia que desdibuja la distinción entre miembros y no miembros con énfasis en los miembros como individuos y no como grupo organizado y la valoración de la membresía por su contribución al mito legitimador, el acceso privilegiado del partido a los medios de comunicación regulados por el Estado, y en la posición del partido entre la sociedad civil y el Estado el partido forma parte del Estado y el estilo de representación del partido es de agente del Estado.
El partido cartel en AL. El modelo de partido cartel, propuesto por Katz y Mair por primera vez en Europa a principios de la década de los noventa, encontró asidero en América Latina en dicha década y en el 2000 mediante el análisis de los procesos de consolidación democrática (Alcántara Sáez, 2004; Floriano Ribeiro, 2013; Rodríguez, 2010).
Según plantea Alcántara Sáez (2004: 28), a diferencia de lo que sucedía en América Latina durante la preponderancia de los modelos de partidos de cuadros, partidos de masa y partidos atrápalo todo en los que predominaba la idea de alternancia en el poder por la que unos partidos quedaban “dentro” y otros quedaban “fuera”, en el modelo de partido cartel, ninguno de los partidos que integran el cartel quedan fuera, lo que produce la sensación de que los gobernantes controlan a los gobernados y no al revés.
Parafraseando a Mair Mair (1997: 115), Alcántara (2004: 28) plantea que en los sistemas cartelizados la democracia se convierte “en un medio para alcanzar la estabilidad social más que el cambio social”.
La democracia “cesa de ser un proceso por el cual se imponen limitaciones o controles en el Estado por la sociedad civil y en su lugar llega a ser un servicio provisto por el Estado para la sociedad civil”.
En ese contexto, “las elecciones son un ritual pacífico para renovar el liderazgo político en el que el Estado se preocupa de su provisión así como de la de los partidos intervinientes”.
Siguiendo el modelo de Katz y Mair (2009) y de Detterbeck (2005), Floriano Ribero analiza el partido cartel en Brasil y describe como sistema cartelizado aquel “en el que los principales partidos, de gobierno y de oposición, cooperan con alguna frecuencia (de manera velada o explícita) para asegurar su posición dominante y su acceso privilegiado a recursos estatales, decisivos para la supervivencia de todos y que minimizan los costos de derrotas electorales”.
Relación de poder. La dependencia de los recursos estatales altera la correlación interna de poder a favor de la “cara pública” del partido integrada por los ocupantes de cargos públicos, quienes pasan a dominar los órganos partidistas. Se trata de un liderazgo partidista que refuerza su posición dominante mediante estrategias de concentración de poder en el interior del partido, perjudicando las bases.
La mayor autonomía del liderazgo facilita la flexibilidad y pragmatismo necesarios para la actuación concertada con otros partidos, refuerza la posición del partido en el sistema y aumenta su dependencia de los recursos estatales, así como, la fuerza del liderazgo en el plano interno.
La cartelización es impulsada por la reducción de las distancias ideológicas entre los principales partidos que facilita las estrategias de colusión, así como, por la tradición de políticas de acomodación, negociación y arreglos institucionales consociativos. Por otra parte, en el plano institucional, el sistema electoral y el sistema de partidos afectan la visión de las élites políticas sobre los lazos establecidos entre partidos y electores: mientras más grande sea la percepción de vulnerabilidad de los vínculos sociales, mayor será la propensión a un giro hacia el Estado.
Asimismo, las instituciones vigentes afectan la capacidad (y la necesidad) que tienen los partidos para manejar las reglas con finalidades típicas de los carteles: aumentar su acceso a los recursos estatales y poner (o reforzar) barreras a la entrada y al desarrollo de nuevos competidores.
Finalmente, debe tomarse en consideración la permeabilidad de las instituciones burocráticas y estatales a la influencia de los partidos: si el patronazgo partidista tiene amplio espacio para desarrollarse, están dadas las condiciones para la formación de partidocracias y carteles.
Un poder judicial independiente y activo (sobre todo las cortes supremas) puede representar un freno al desarrollo de estrategias de cartelización, así como la actuación agresiva de los medios de comunicación, ya que pueden inducir el desgaste público y la pérdida de legitimación de las principales fuerzas políticas, lo cual puede dar paso a nuevos competidores y partidos antisistema.
Apoyado en el modelo de Katz y Mair (1995), Sánchez analiza el partido cartel en México y sostiene que la característica del partido cartel es que “se ha trasladado de la sociedad civil a la sociedad política, al interior de las entrañas del Estado, desde donde se hace cómplice con las otras organizaciones, con otros partidos incluidos en el régimen (de ahí lo de cartel) desde donde opera con recursos del Estado y siendo parte de él”.
Añade que, “al encontrarse en las estructuras del Estado, los partidos cartel cuentan y viven del financiamiento público”, y ejercen “el monopolio de la representatividad política por ser los únicos que tienen la facultad para convertir la voluntad general en ley”.
El interés y defensa de la clase social a la que se debían los partidos cuando predominaban los modelos de partido de cuadros y de masas quedó atrás. En tanto heredero del partido catch-all o atrápalo todo, la lógica del partido cartel es la obtención de votos que le permite estar dentro de la estructura estatal y compartir sus mieles con otros partidos.
El partido cartel actúa como agencia estatal y con su entronización los partidos dejaron de ser intermediarios entre la sociedad civil y el Estado para convertirse en representantes del Estado.