Cosas veredes y oideres, sanchos

POR LUIS MANUEL PIANTINI M.
Con los resultados electorales del 16 de mayo del 2004, el ajuste que había experimentado la economía privada, exacerbado por la desconfianza en el quehacer político y económico, comenzó a corregirse con la reducción de los precios macroeconómicos; tasa de cambio, tasa de interés e índice de precios al consumidor.

La flexibilidad con que actúan estos precios desde las importantes reformas del año 1991, permitió absorber el exceso del gasto público desde finales del año 2001, y ahora está reduciendo el sobreajuste en el gasto privado.

Esta flexibilidad le permite a los hacedores de política, observar la realidad económica y la presión de cualquier desequilibrio que podría afectarla en el corto y mediano plazo, a través de la intensidad de cambios y tendencias en la variación de los precios señalados. Esa es una gran ventaja, que a los buenos hacedores técnicos, le aporta la libertad de los mercados; la de poder prevenir futuras crisis, al detectar sus causas y poder eliminarla con anticipación.

La credibilidad y confianza en el liderazgo político que asumiría el Poder Ejecutivo el 16 de agosto provocó, que los capitales de las personas y empresas que se habían cambiado de pesos a dólares y que habían salido del país o estaban guardados debajo de los colchones con el fin de preservar su valor y poder de compra, vieran de nuevo la luz tropical, modificando la tendencia de los precios macroeconómicos.

Este cambio de liderazgo y la voluntad política del Presidente Leonel Fernández de compromiso con la estabilidad económica y de confiar en un equipo que rápidamente comenzó aplicar las medidas apropiadas en las áreas fiscal y monetaria, son las causas y no otras, junto con la flexibilidad de los precios, los que han permitido el cambio favorable de actitud de las personas que han confiado en retornar de nuevo los capitales fugados, que solo en el año 2003 sobrepasaron los US$2,000 millones, y que han llenado las arcas del Banco Central y sobreapreciado la moneda nacional.

El Presidente Fernández que es una persona educada, gentil y cortes, más aun cuando se trata de visitantes extranjeros, premió con estos excelentes resultados macroeconómicos al famoso economista Jeffrey Sachs al señalarlo como el responsable del éxito que ha experimentado la República Dominicana en los últimos 8 meses.

No Señor Presidente, lo cortes no quita lo valiente, los verdaderos responsables de ese éxito son usted y su equipo gobernante, que hasta el presente a través de la aplicación de políticas austeras han balanceado las variables macroeconómicas y concitado la confianza que requiere el logro de la estabilidad.

Ni siquiera el Fondo Monetario Internacional puede ufanarse como pavo real de estos resultados, ya que llegó tarde y solo a comer cuando el banquete estaba servido, pues el ajuste ya se había producido. Es más, su presencia se lo debe al G-7, que le ha dado el papel de catalizador para obtener el soporte externo que requiere un programa de estabilización. Soporte externo que es solo para el 15% de la economía que representa el Gobierno, porque el Sector privado no requiere del mismo, ya que el influjo de sus capitales, mucho antes de aprobarse el último acuerdo financiero con ese organismo, ha sido el causante de la aguda apreciación de la moneda nacional.

Ahora como también somos Guacanagarixes, necesitamos de la presencia de dicho organismo para saber lo que le conviene a este país, y lograr que se aprueben en el Congreso las leyes que refuercen la institucionalidad, la transparencia y la eficiencia en el manejo de los recursos públicos. Porque ni al problema de los pasivos monetarios del Banco Central el FMI ha logrado buscarle una solución creíble y permanente. Por lo tanto ese organismo no ha hecho su trabajo. Y eso, que cuenta con excelentes economistas, que deberían esforzarse más para beneficio de sus países miembros.

Dejémosle, Señor Presidente, al Señor Sachs oficios mas complicados. Donde su vasta experiencia, y famosa reputación, permitirían que con el apoyo de nuestro eficiente concertador Monseñor Agripino Núñez, quien además es el Presidente del Consejo Económico y Social, se pueda lograr el consenso nacional, para que los Objetivos del Milenio, sirvan de plataforma para la aprobación de un Proyecto Nación que incluya el cumplimiento, por parte de los responsables políticos del país en la próxima década, de claros objetivos dirigidos a preservar la estabilidad macroeconómica, mejorar los indicadores sociales e insertar a nuestra economía a los mercados internacionales con un competitivo aparato productivo.

Por otra parte, durante la misma comparecencia el Presidente señaló que el nulo crecimiento económico durante el primer año de Gobierno del Presidente Mejía, frente al elevado crecimiento del año 1999, fue producto del mal manejo macroeconómico. Esto es como si dijéramos, que el elevado crecimiento del año 2002, frente al menor del año 2001, fue debido a un mejor manejo macroeconómico en el 2002. Percepción que no es correcta.

Tanto el año 1999 como el 2002 acarreaban las semillas de la desestabilización, con resultados presupuestarios negativos según se observa en el cuadro c-i.1.2 del Banco Central. En ambos el nivel alcanzado en la tasa de crecimiento económico tuvo su origen en una expansión del gasto público por encima de la capacidad de absorción de la economía, que se tradujo en una desaceleración de dicha tasa en los años subsiguientes, como resultado de los necesarios ajustes, además de que a partir del tercer trimestre del 2000, hasta el tercer trimestre del 2001, el crecimiento de la economía norteamericana fue negativo.

En el año 1999 los precios del petróleo comenzaron a incrementarse rápidamente. Sin embargo, el Gobierno no los ajustó internamente y el desbalance presupuestario se reflejo en un aumento del déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

El año 2002, producto del ingreso de los primeros bonos soberanos, y por lo tanto de la fuerte expansión del gasto público, fue lo inverso de la equilibrada política fiscal de los primeros ocho meses del año 2001, que permitió aumentar las reservas del Banco Central, mantener estable la tasa de cambio y reducir las tasas de interés.

La mejor época en la aplicación de correctas medidas macroeconómicas en el Gobierno del Presidente Mejía fue su primer año. Sin embargo, a partir de septiembre del 2001, la política fiscal se sumó a la expansiva política monetaria sucediendo luego lo que tenía que suceder. En la economía no hay fiesta gratis, al final se cobra el exceso de gastos con penosos ajustes.

Por ese motivo fueron tan sorprendentes e imprudentes las declaraciones de los dirigentes de la Asociación de Industrias de la República Dominicana en el almuerzo del periódico Hoy del pasado día 27, al criticar lo que ellos llaman el actual sobreajuste fiscal del Gobierno, que no es mas que el menor uso de pesos para el pago de la deuda externa con relación a lo presupuestado.

Criticar lo que ellos llaman sobreajuste es alentar al Gobierno a aplicar políticas expansivas pensando que eso es lo que quiere el sector privado. Lo correcto hubiese sido lo contrario, estimular al Gobierno a mantener lo que ellos llaman sobreajuste fiscal, pero que a su vez, este sea depositado en el Banco Central, para de esta forma permitirle a dicha institución mermar el potencial de una crisis futura, reduciendo su balance de certificados financieros con el sector privado y su déficit cuasi fiscal. En esto es en lo que los lideres empresariales tienen que insistir y no pensar en el cortoplacismo.