Cosette Alvarez – ¿La (r)evolución de la especie?

Muchos de ustedes vieron en la reciente entrega de los premios Oscar que Robin Williams tomó de la mano a Billy Cristal, caminó unos pasitos con él y comentó que ellos parecían un adorno al tope de un pudín de bodas de San Francisco, California, en franca alusión a los matrimonios entre parejas homosexuales.

En un momento en que las parejas heterosexuales están demostrando claramente la inoperancia del matrimonio como institución, cuando proteger una relación para que dure puede significar que cada uno se quede viviendo en su casa y se encuentre con la deseada frecuencia, se desata la lucha abierta por el matrimonio de parejas homosexuales. Cuando demasiadas parejas heterosexuales prefieren no tener hijos y las mujeres reclaman su derecho al aborto, las parejas homosexuales luchan por las adopciones.

Hay que cogerlo con calma. En primer lugar, los hombres y las mujeres que prefieren ejercer su sexualidad con personas de su mismo género son producto biológico y social de parejas heterosexuales, esas mismas parejas heterosexuales que, sacando la comida aparte a las obligadas excepciones, fabrican a todos los demás seres humanos, con todas sus virtudes y, cada vez más, todos sus defectos, por muy heterosexuales que sean. Por lo tanto, no tenemos derecho a discriminar ni a hacer nada en contra de los homosexuales, que no sea respetarlos mucho.

Sin ánimo de ofender, me parece una gran irresponsabilidad del mundo heterosexual el rechazo a los homosexuales, como si no tuviéramos nada que ver con ellos ni con ellas. Total, Freud decía que lo único verdaderamente aberrante de la sexualidad era no ejercerla. En lo personal, no entiendo para qué rayos quieren casarse, que no sea por aquello de que nadie aprende en cabeza ajena, a menos que se trate de una forma ¿inteligente? de obligar a la sociedad a aceptarlos formalmente. Bueno, también está el asunto del patrimonio compartido y de la toma de decisiones en casos extremos, por ejemplo, de salud.

Porque, me imagino que junto a la obtención de aprobación de su derecho a casarse, tendrán que prepararse para enfrentar los divorcios, las infidelidades, la violencia doméstica, las irresponsabilidades, los patrimonios defraudados y demás acontecimientos de los tantos que nos enteramos todos los días dentro del mundo heterosexual. A menos que dispongan de alguna fórmula secreta que nos será mostrada oportunamente como prueba de lo diferentes que son en sus uniones a pesar de que son, como todos nosotros, puros seres humanos.

Entonces, ahí viene la otra parte. A pesar de que se han decidido por una vida sexual no reproductiva, quieren adoptar menores. Si bien me luce incoherente esta aspiración, debo aceptar que en estos tiempos, entre el in vitro, el clon, los vientres de alquiler y las adopciones mismas, la reproducción no siempre está ocurriendo por los viejos métodos. Hay que admitir que son demasiados los niños y las niñas sin hogar a lo largo y ancho de todo el mundo. No vale el argumento de que si esos menores imitan el modelo de sus padres o madres adoptivos terminarán con las mismas preferencias sexuales porque ya sabemos que los homosexuales, hombres y mujeres, son producto de relaciones heterosexuales, así que no hubo imitación, al menos en ese aspecto.

Tampoco sirven los temores sobre el nivel de educación doméstica porque de todo hay en la viña del Señor: así como hay tantos heterosexuales maleducados y peores que eso, hay muchísimos homosexuales de educación doméstica esmerada. Y viceversa. O sea, una cosa no tiene que ver con la otra.

La mayor parte de las noticias de violencia y abuso que leemos y escuchamos, incluyendo los nunca bien ponderados crímenes pasionales y las violaciones sexuales a menores, viene directamente de seres humanos de práctica heterosexual. Y, si seguimos por ahí, no terminamos hoy. ¿De dónde salen los corruptos, los traficantes, los asesinos, los ladrones, …? Del mismo sitio que salen los santos, los genios, los inventores, los luchadores: de relaciones heterosexuales. Debe ser por eso que la igualdad no es un invento.

Lo más triste es que en los escasos lugares donde ceden menores en adopción a los homosexuales, les entregan niños y niñas que las parejas heterosexuales casadas, ya sean estériles o generosas, no adoptan porque tienen limitaciones físicas o mentales, o por rechazos de corte racial, o nacidos con enfermedades crónicas, terminales. Niños y niñas que los heterosexuales casados se dan el lujo de rechazar, ya que a nosotras, las madres solteras, nos meten en la misma categoría que a los homosexuales a la hora de las adopciones, o sea, no nos permiten elegir.

Precisamente, a las madres solteras nos han puesto toda clase de títulos para considerarnos incompetentes, han llamado a nuestros hogares “incompletos”, nos han declarado afrentas familiares, en la iglesia nos tienen por pecadoras (pero sólo a nosotras, no a los felices donantes de esperma), en los sistemas sociales y políticos ni existimos, y no entro en la vida económica para no llorar, por orden del médico. Sin embargo, no son pocos los hijos y las hijas de madres solteras y de madres en otras situaciones especiales que representan orgullo para cualquier sociedad que tome en cuenta a sus ciudadanos y a sus ciudadanas. Por supuesto, como en “las mejores familias”, poco o mucho, hay de todo.

Posiblemente, nos estemos acercando a un nuevo diseño, un nuevo concepto de vida familiar. Tenemos que reconocer que el modelo “oficial”, el de las parejas heterosexuales, no ha funcionado todo lo bien que debía, ni mucho menos. Las parejas heterosexuales, en general, no han honrado cabalmente su rol en la sociedad. Repito que no entiendo para qué quieren casarse los homosexuales sin mirarse detenidamente en el espejo de los matrimonios existentes. Pero, sin entender completamente su vida, sus planes, sus fines, yo los respeto. Mucho.

Porque, la verdad, tampoco entiendo por qué no los dejan. Una de las razones que se enarbolan es que, de ser aceptado el matrimonio “gay”, habría que aceptar otras uniones más extrañas, como por ejemplo, los tríos. Como dirían los franceses, “n’importe quoi”. Si quieren casarse, felicidades, que les vaya bien. Ojalá nos den una lección, ojalá sirvan de ejemplo, ojalá sienten precedentes, ojalá se den a respetar. Ojalá que esta “revolución”, de paso, haga reflexionar a nuestros gobernantes y a nosotros, los gobernados de todo el mundo, en términos de sistemas inoperantes sustituidos por otros, que tampoco sabemos si funcionarán.