Costo social de la Deshonestidad Personal

Los gérmenes de la crisis integral de la que tanto hablamos, acusando a las clases políticas gobernantes de ser sus portadoras y reproductoras, son los mismos que han reducido a su insignificancia política actual al movimiento social, democrático y revolucionario del país, dejando el modelo vigente sin oposición, a la nación sin dirigentes, y lo peor descreída.

Estos patógenos comunes a ambos campos, nacen de la deshonestidad que ha corrompido el tramado social, expulsando a la moral y a sus valores de los mecanismos de elección y de las otras decisiones de los individuos, a causa de lo cual, se nos impone una civilización mineral, química, muerta; lujuriosamente consumista, hedonista, insensible, objetiva y sistemáticamente cruel; económica y políticamente oligopólica en su tendencia general, estructuralmente antidemocrática, decadente.

Regenerar una sociedad así implica un esfuerzo purificador, primero entre quienes predicamos el rumbo nuevo, para hacernos creíbles y acompañables entre nosotros mismos. Bastaría ejercitar en todo gesto, acto y en la marcha del proceso la honestidad, para diferenciarnos de la sociedad del engaño y denunciarla tan solo con estar en cualquier lugar, convirtiéndonos cada cual en su espacio en un referente opositor real.

Nuestra política, no es ser “políticos” y populares, vendiéndonos al público con discursos y documentos coyunturales, aunque eso hagamos. Nuestra política es o debe ser un empeño categórico, serio, por crear un crisol humano, moral e intelectual creíble para quienes deben redimirse y para ser necesariamente respetado por los amos de la granja global y sus furias armadas locales o internacionales.

Como abejas sin panal, miles de luchadores/as progresistas del país, forjados en las luchas que perdimos como nación envejecemos; quiero decir nos agotamos y acortamos cada día y a mayor velocidad la vida. Cada vez más próximamente vamos a enterrar a los otros como a un pedazo de nosotros mismos, rememorando nostalgias. Nos complacemos con encontrarnos con el pasado en la actualidad, citándonos aquí o en otras ciudades del mundo como profetas sin pueblos, o para como animales primarios olernos el grajo personal, teórico y expositivo, calentándonos del frío del aislamiento de nuestra desactualización y desconexión con un mundo real, que ya casi no cuenta con nosotros, al que queremos amarrarnos y además domar y mandar en vano, cuando lo que podemos hacer es sólo acompañarle sabiamente.

Otros hay que cultivan sus pequeños huertos políticos, sus ghettos, sus “cercaos” reclutando y aparcelando en ellos como los encomenderos a los indios, a aquellos que quieran aprisionarse allí en sus comunas, aislados del proceso productivo y del movimiento social dominante.

Este estado expresa una atrofia moral que se muestra en una grave competencia entre los reductos que intentan hegemonizar el todo, socavando unos la iniciativa de los demás, maltratándonos, siendo deshonestos contra quienes no lo son, en cierta forma abusándolos, llenos de suspicacias y prejuicios propios de los “políticos” que en cada acto del espacio en el que se proyectan, primero calculan su poder o las perspectivas de camarillas, las que tantos daños causaron antes al proceso local.

Las tareas que nos retan en América superan las grandes que vencieron Toussaint, Bolívar, Washington, Morelos, Juárez, Duarte, Martí, Gómez, Luther King, etc., etc. Desde la insignificancia de miras que poseemos, estos próceres nos miran con desdén, dentro de nuestro círculo vicioso. No me excluyo de él, sólo que tengo conciencia que debemos salir de la secta, trascendiéndonos, iniciando un camino de unidad que conduzca al de las fuerzas sociales. De ver que se nos hace imposible, entonces deberíamos retirarnos, entregándole la antorcha a los nuevos actores o sujetos sociales, que de todas maneras están presentes como generación para relevarnos, para que ellos hagan esa tarea.

Si podemos superarnos, la nuestra debe ser la de abrirle a los “pinos nuevos” el escenario de la historia futura y acompañarles a subir a el con gusto, mostrarles nuestra deficiencias, enviarles nuestros prejuicios, vivir el júbilo de su entusiasmo y entregarles el mundo sin dividírselo ni malearlo más, con suelen hacer los malditos, y los viejos resentidos y bellacos.