Círculo vicioso

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BONAPARTE GAUTREAUX PIÑEYRO
Debe ser motivo de alarma que nuestra sociedad sea tan permisiva que acepta la repetición de errores capitales como si se tratara de una gracia o de una chanza. Creo que el señor Marx (Carlos) fue quien dijo que la historia se repite como tragedia o como comedia.

La nuestra se repite de las dos formas. Ello así, porque hay situaciones que son risibles, dada la carga de estupidez que se requiere para volver a cometer los mismos errores.

En la formación de nuestra sociedad se conjugaron una serie de situaciones que, al cabo de los siglos, debieron ser superadas.

La intolerancia importada de esa España clerical, clasista e ignorante, continúa rampante en nuestros días. Algo peor, forma parte del sustrato mental de nuestro cuerpo social.

Esa intolerancia que impidió el comercio libre, con mentiras que aún repetimos en escuelas y universidades, nos aisló del mundo porque la corona española no era capaz de suplir las necesidades más perentorias.

Entonces el contrabando y la evasión vistieron sus mejores galas para enriquecer comerciantes que formaron escuela y hasta hoy  continúan sus malas prácticas.

El irrespeto constante a la naturaleza, la falta de empuje para resolver los problemas, la búsqueda de extranjeros para que exploten nuestros recursos naturales, son algunas de las constantes que no hemos sido capaces de erradicar.

Tengo para mí que no hemos sido capaces ni siquiera de examinarnos, de intentar determinar quiénes somos y cómo somos, de qué podemos hacer.

Algunos “pensadores” de los que hemos tenido, se han ocupado de escribir y airear sandeces que otros papagayos culturales han repetido hasta la saciedad.

Algunos de esos “filósofos” decadentes han establecido, como si se tratase de una verdad absoluta, que los dominicanos somos haraganes, incapaces de albergar un solo sentimiento noble.

Basta con leer a José Ramón López, Américo Lugo y otros notables intelectuales descubridores del hilo en bollito y del ajo para romper el hilo de las chichiguas.

No sé si se trató de lecturas mal asimiladas o de lapsus mentales que llevó a esos dos y a otros “intelectuales”, que no pensadores, a esgrimir como fruto de sus reflexiones, lo que ha sido una línea de filosofía de la dominación de los países poderosos: que el criollo es vago, haragán, pendenciero e incapaz de sentimientos nobles. Lo peor del caso es cómo se repiten esas posiciones como si se trataran de verdades absolutas.

La misma política de ninguneo se sigue con el huaso chileno, el gaucho argentino, el jíbaro puertorriqueño, el Juan Bimba venezolano, el campesino, el roto de todos los países.

Los “pensadores” dominicanos que “descubrieron” lo que llaman “el pesimismo dominicano” leyeron en algún sitio las características que les atribuyen los países poderosos a los débiles, a fin de que creamos que ellos son mejores.

Parte de la realidad de la actitud del pueblo llano se debe a una natural resistencia a la explotación del hombre por el hombre.

Hay un círculo vicioso que es preciso descontinuar.

La motivación y la autoestima, acompañadas de un régimen salarial justo, son materias pendientes.

Es vieja la necesidad de que comencemos.

¿Qué esperamos?