Crédito agrícola

Mi amigo Esteban Hernández llegó hace poco de Yamasá. Venía hasta nosotros para traer a un sobrino-nieto para el que busca trabajo. ¿Y por qué no te ayuda en el campo?

“¡Jesús, María y José!”, arguyó con espanto. Y a seguidas comentó: “El campo está abandonado. Yo quiero buscarle un empleo a ese muchacho para que estudie. Si la familia lo deja allá, lo condena a morirse de hambre”.

¿Responde a la verdad ese panorama? Hace un tiempo me encontré con Luis Toribio, un contertulio político de la Provincia Santiago Rodríguez. Es propietario de unas tierras en una localidad a la que han dado en llamar “Las Naranjas del Burro”. Cometimos el error de preguntarle por el campo, pues al igual que Esteban ahora, también Luis abandonó su antigua fuente de ingresos. Ahora trabaja en la capital de la Provincia, San Ignacio de Sabaneta, en una estación de gasolina del ex senador Juan Rafael Peralta Pérez.

Toribio asegura que quien siembre tiene que buscarse apoyo policial permanente. Para responder a mi extrañeza me dijo que la última pieza de yuca que sembró fue cosechada por ladrones. El único que no supo si aquellos esquejes sembrados se reprodujeron, fue él.

Pagaba limpieza y fumigación. A la hora de la cosecha, le dejaron la rabiza.

Alguien, antes que él, penetró una noche en la propiedad y se llevó el fruto de su sudor y sus inversiones.

Y ambos, Esteban y Luis, aseguran que si lo vivido no bastase, ahora tampoco es posible buscar dinero para sembrar. El dinero para la agricultura está muy caro. Eso mismo dicen cabezas de los sectores agropecuarios como el Dr. Cesáreo Contreras y José Ramón Peralta. El primero es presidente de la Asociación Dominicana de Hacendados y Agricultores. Peralta, presidente de la Junta Agroempresarial (JAD). ¿Y cómo es posible que ello ocurra cuando el presidente Leonel Fernández prometió apoyo económico a la agropecuaria?

Quizá, sin que exista una propuesta formal, estemos fomentando el éxodo del campo a la ciudad. Si quienes abandonasen los predios fueren personas como Contreras y Peralta, esa emigración carecería de importancia. Contreras, que es médico, hace tiempo que es hombre de campo y ciudad. Peralta es empresario de asegurado porvenir. El sobrino-nieto de Esteban, en cambio, vendría a la capital a sobrevivir con un empleo de salario mínimo. ¿Dónde podría vivir un agricultor con pretensiones de estudioso, con salario mínimo?

En algún cuchitril, y en el mejor de los casos, con un pariente tan escaso de posibilidades como él. Y todos, engrosando el cordón de miseria de la capital de la República.

¿Por qué? Porque hemos abandonado al agricultor a su propia suerte. Y porque imprevisivas políticas de crédito les impiden financiar siembra o cría con apoyo y protección del Estado Dominicano. Porque el Estado, como sabemos, no está para eso, sino para comprar computadoras.