Creemos que lo pequeño nunca será grande

Los dominicanos tenemos una tendencia a ignorar que los problemas pequeños evolucionan hasta convertirse en grandes y pesados. Por eso, solemos no hacer caso a sus inicios. Los miramos de soslayo y solemos pensar que no molestan, que no hacen daño y posiblemente creemos que se quedarán siempre del mismo tamaño. Pero la realidad nos da en la cara todos los días. El conuquismo, la tala de árboles, la extracción de materiales de los ríos, los hornos de carbón, el nacimiento de los barrios marginados, el hacinamiento en las urbanizaciones de clase media, el desorden territorial de las ciudades, sobre todo de las más grandes: la contaminación de los ríos y otras fuentes de agua, el transporte público y la recogida y disposición final de los residuos sólidos. Estos grandes problemas que hoy nos atormentan y que afectan sensiblemente la calidad de vida de los dominicanos, y muchos otros, empezaron pequeños, como problemitas, como cosas pequeñas, a casi imperceptibles. Como tales los fuimos dejando y nos hacíamos de la vista gorda; las autoridades no se daban por aludidas y las leyes y otras normas eran letra muerta, hasta que se transformaron, por su tamaño y difícil o costosa solución, en problemas voluminosos de soluciones muy complejas, difíciles y costosas.
Tenemos que cambiar esta actitud o comportamiento frente a la realidad que nos rodea. El cambio debe alcanzarnos a todos los ciudadanos y ciudadanas, pero de manera particular, por su incidencia y capacidad de decisión, a quienes administran la ciudad, a quienes tienen la capacidad legal para tomar medidas y aplicar correctivos.
Pongamos un ejemplo que ha estado preocupando a importantes sectores de la opinión pública: el crecimiento de la deuda del sector público. A partir del 2013 esta deuda ha crecido a una velocidad superior a la que estaba acostumbrada la economía dominicana. Tanto la externa como la interna. Este fenómeno ha significado que entre 2013 y 2018, según estudios de la Cepal, la República Dominicana haya tenido que desembolsar casi 27 mil millones de dólares por el servicio de ese endeudamiento. Y ya sabemos que se ha hecho práctica habitual que todos los años tenemos que recurrir al mercado internacional a colocar bonos para suplir el déficit presupuestario. ¿Hasta dónde será esto posible? No lo sabemos. Por razones doctrinarias o partidarismo político, cada economista ofrece una opinión diferente. Lo cierto es que organismos internacionales han empezado a decirnos que tomemos cuidado sobre el tema. Pero las autoridades piensan que todavía el de la deuda pública es un problema pequeño. ¿Esperaremos a que se transforme en un gran problema que no podamos enfrentar con éxito por su complejidad?