Creer en alguien

“¿Te lo dijo Fulano? Entonces no te quepa la menor duda de que es verdad!”

Da gusto cuando puede hablarse así de cualquier persona. Inspirar confianza es el mayor don de que puede ser dotado un ser humano, o una institución cualquiera. De igual manera que, a la inversa, lo peor que puede sucederle a uno es no gozar de la más mínima credibilidad.

“¿Quién te dijo eso? ¿Fue Mengano? Entonces no pierdas tu tiempo, olvídate y busca otro lugar para depositar tu confianza. ¡Esa persona nunca cumple, siempre miente!”… Esa es la otra cara de la moneda.

Cuando se pierde la credibilidad es muy difícil recuperarla. Solo a base de muchas demostraciones consecutivas puede borrarse la imagen de falsedad que se proyecta con un simple fallo una única vez. Un paso atrás equivale a diez pasos adelante.

Hay instituciones en la vida pública de un país que no pueden permitirse el lujo de sembrar la duda, por pequeña que sea. Una de ellas es la Junta Central Electoral. Sus actuaciones, más que las de ningún otro organismo público, tienen que ser prístinas, cristalinas, transparentes y firmes.

La actitud asumida por la JCE frente a la Comisión de Seguimiento que había sido designada por el Diálogo Nacional se aparta mucho de lo que debe ser el árbitro entre todos los ciudadanos a la hora de elegir a sus representantes legítimos para administrar el país. No pretendo que la JCE renuncie pura y simplemente a sus prerrogativas de designar a sus funcionarios internos, para dejarle esas facultades a la Comisión de Seguimiento, pero tampoco debe el alto tribunal electoral desoir olímpicamente las recomendaciones de dicha Comisión, basadas en el consenso logrado entre las principales fuerzas políticas de la nación.

Ha faltado receptividad y tal vez ha sobrado arrogancia. Pero nunca es tarde para rectificar. Y para recobrar la confianza pública, la indispensable credibilidad.