Crisis de partidos o partidos en crisis

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En el país, las organizaciones partidarias post Bosch, Peña y Balaguer se asociaron en la idea de estructurar la búsqueda del poder como fuente de acumulación que beneficia a un circuito de colaboradores y relacionados para eternizarse y/o extender sus beneficios en el Estado.
El PLD con sus largos años en la administración pública “entendió” que su proceso de acumulación establecería las bases de niveles de independencia para no necesitar a los grupos económicos tradicionales. Por eso, cuando los mecanismos institucionales colindantes con franjas de la sociedad civil hacen planteamientos tendentes a limitar el ejercicio del poder, la inmediata e iracunda reacción del oficialismo es la de vincular el reclamo a los intereses económicos no oficiales con propuestas opositoras o asociarlos al afán de liquidar el sistema de partidos.
En la lógica de control y liquidación de los sectores críticos, todos los partidos operan con el mismo instinto. En el poder, tratan de atraer con métodos indecorosos a los disidentes y hacen inversiones sustanciales en insertar a voces, escribas e intelectuales al poder de turno. Y conseguir ese objetivo, desde el punto de vista de lo coyuntural genera beneficios a los detentadores del gobierno, pero debilita el espacio de contrapeso necesario en todo modelo democrático.
Como todos se parecen en su operatividad, la natural tendencia es no distinguir entre la dirección y las estructuras media y de base. Eso no es justo ni retrata la realidad de los partidos debido al marcado distanciamiento existente en los niveles directivos que, intentan con bastante éxito, postergar la verdadera democratización de las organizaciones porque un reordenamiento los saca de circulación y liquida sus privilegios irritantes.
Los partidos no están en crisis, sus cuerpos directivos sí, debido al marcado interés de tener los aparatos como presa fácil de agendas muy distantes de los verdaderos objetivos. Por eso, la generalización es dañina. No obstante, reconozco que muchos exponentes de la renovación pretenden levantar sus voces para calcar posturas que consideran pecaminosas por ejercerla “otros”.
Lo que no se discute es la pobre calidad del producto partidario. Aquí tanto los emergentes como desprendimientos de fuerzas electorales clásicas andan esquematizando grupos que obedecen a una estrategia de sobrevivencia para en cada proceso conseguir una cuota de la piñata a distribuir por la fuerza partidaria ganadora que, salvo raras excepciones, transfiere al presupuesto nacional ésos partidos minúsculos. Con esa lógica se multiplican, dándole un expresión de diversidad a coaliciones construidas en medio de las campañas que sirven de manera burlesca al amplios espectro de “fuerzas” que se aproximan al candidato ganador.
Abordar la problemática de los partidos entra en crisis en la medida que los esquemas de sobrevivencia y acomodos llegan a la estructuración de la gestión gubernamental. Y es muy sencillo, si las reyertas y distribuciones no se extendieran a la dirección del Estado, los efectos dañinos podrían ser de menor impacto. La gravísima situación se presenta desde el momento en que el pago partidario implica, hacer de la retribución una acción desprovista del elemental sentido de respeto a los perfiles y capacidades para el justo desempeño. Aunque todos son necesarios para la victoria, todos no poseen la formación y preparación para el justo desempeño.

Desacreditados sí, están los cuerpos dirigentes de los partidos. Ahora bien, el derrumbe final podría llegar en la medida que éstos no hagan conciencia del nivel de impugnación ciudadana. De ahí, la necesidad de cambiar para que las organizaciones se parezcan más a los anhelos del pueblo y menos a las mañas de sus cúpulas.