Crisis frena ostentación de los ricos

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Las fiestas con esplendor de las mil y una noches que en la crónica rosa avivaban la fascinación ejercida por el glamoroso estilo de vida de los ricos, quedaron en suspenso, como remembranza de una época del mundo social dominicano en alucinante fasto.

La crisis económica las suspende o pospone. Arturo, un habitual de la alta sociedad, está consciente de que esto ocurre no porque la inflación duplicara o triplicara su costo, por no poder solventarlos. Dinero hay y sobra, acumulado en una febril competencia financiera más allá de toda inimaginable necesidad. Dinero sobra, falta el espíritu festivo, que se esfuma con la inestabilidad monetaria, la desconfianza e incertidumbre.

La élite social se repliega, la resguarda el pudor al caer de los más altos pedestales gente que nunca imaginaron. Las cíclicas crisis que socavan los estratos medios y bajos, pasaban sin rozarlos, pero esta vez los toca en carne propia, directa o indirectamente, en mayor o menor grado. Involucra a personas de su clase con el descalabro de tres bancos acusados de fraudes millonarios, el Banínter, Mercantil y Bancrédito, la devaluación y otras perturbaciones generadas por una crisis económica con mixtura política.

En estos días borrascosos los potentados están de bajo perfil, es tiempo de discreción, de mesura. El acelerado ritmo de enriquecimiento de los felices años noventa ha decrecido, salvo para exportadores, magnates del turismo y quienes amasan millones con la compra y venta de dólares.

Las riquezas, hace poco ostentosas, escandalosamente dispendiosas, están en resguardo, sobre todo las de dudosa procedencia o fácilmente ganadas, las nacidas de la corrupción, del contrabando, el narcotráfico o lavado de dinero.

No quieren exhibirse, se sienten cuestionadas o acechadas, amenazadas por lo que algunos definen como terrorismo fiscal, se protegen de quienes desde el país o en el exterior siguen el rastro de los bienes mal habidos.

La borrachera del consumo suntuario de los últimos años, que desbordó todos los parámetros, se mantuvo en el 2002 pese a la desaceleración económica, poniendo la crisis un dique al boom en la compra de aviones, helicópteros y yates, súbitamente frenado con la hecatombe financiera.

Amainó el consumo conspicuo, la adquisición desmedida de yipetas y carros del año, de costosas obras de arte adquiridas en galerías de París y otras capitales europeas, de mansiones urbanas y villas veraniegas cotizadas en cifras fabulosas, tan altas que parecían irreales en un país de tan bajo ingreso per cápita. Cap Cana, Palmilla, escenarios de lujo como Casa de Campo y otros proyectos turísticos de extranjeros, sustentados por un segmento con una economía en dólares.

[b]OSTENTACIÓN DESBORDADA[/b]

Desde los años noventa se produce una transformación en los patrones de consumo. La élite social y económica, poco más del 5% de la población, hizo gala de una ostentación desbordada. El dinero, heredado o fácilmente adquirido, se gastaba alegremente, mucho más que el capital de aquellos que forjaron su fortuna en largos años de esfuerzo. Estos hacen un uso prudente del gasto, aunque, contaminadas por el consumismo, las nuevas generaciones son más botarates que sus padres.

Más que los potentados de siempre, seguros en su añejo hábitat de abundancia, los nuevos ricos -excluidos de la élite social-, asumen una conducta exhibicionista, necesitaban reafirmar, pregonar su condición de gente adinerada con costosas extravagancias.

Entre ellos hay empresarios y políticos enriquecidos por la corrupción, peloteros y narcotraficantes. Son los que más derrochan, les gusta exponerse, mostrar sus adquisiciones, sus costosísimos yates, villas, carros, joyas. Mientras unos exhiben un Roll Royce o un Jaguar de más de RD$5 millones, otros van en un Audi de RD$4 millones.

–Los nuevos ricos -observa Arturo- marcaron la pauta del consumo superfluo, con la abundancia de boutiques, de tiendas muy sofisticadas. Consumían caviar, comidas importadas muy costosas, pero todo eso se ha ido ajustando a niveles más realistas.

Incluso ellos atenúan el dispendio. Como los de la élite social, perciben ojos extraños encima de su riqueza, se sienten señalados, fiscalizados por los que persiguen a los evasores de impuestos o los que desde el gobierno buscan dónde aplicar nuevos gravámenes. Procuran discreción en sus compras, que el chofer o el servicio doméstico no vean el importe, los miles de pesos gastados en una porcelana de Sévres o en un cristal de murano o baccará, equivalentes a uno o dos años de salario de alguno de sus servidores.

–Mándenme la factura en un sobre cerrado, grapado, piden también políticos millonarios, quienes, para esconder el dispendio de fortunas mal habidas, hacen compras a nombre de otras personas. El propietario de una tienda comenta:

–Nunca dan la cara ni el nombre. Ocurre algo curioso, aquí vienen políticos, clientes fijos, pero cuando su partido está en el poder desaparecen, no quieren que los vean gastando, compran fuera, traen sus furgones sin problemas. Es un fenómeno que se ha dado cíclicamente con cada cambio de gobierno.

Políticos, empresarios y otros millonarios tratan de no exhibir nada que concite la atención de los que podrían poner en riesgo su estabilidad económica, su tranquilidad personal.

Con rigurosas medidas de seguridad, a veces muy discretas, se protegen de secuestros, robos y otros actos delictivos incrementados en tiempos de crisis. Crece el temor, el sentimiento de inseguridad por sí mismos y su familia, pese a los sofisticados sistemas de alarmas, cámaras de vídeo y otros dispositivos en sus residencias, las altas verjas que garantizan su sosiego, su aislamiento social, su hermetismo.

[b]VIDA SOCIAL[/b]

En la “top class” se observan cambios de comportamiento en su vida social. No frecuentan los sitios donde se comparte con mucha gente, asisten menos a conciertos y cenas de gala, si están en Casa de Campo frecuentan poco La Marina y otros sitios públicos. Son menos asiduos a Fellini, Season’s, Mytos y otros restaurantes “top”, donde en una noche gastan RD$30 mil, RD$50 mil o más si descorchan vinos premium, algún champaña en los postres.

Las grandes mesas se recogen, los ricos permanecen más tiempo en sus casas. Se repliegan, también los acontecimientos sociales de relieve, las deslumbrantes fiestas, las bodas fastuosas. En grandes celebraciones hay que pensar antes del 13 de mayo, día de la denuncia del fraude del Banínter.

La sobriedad del momento la perciben decoradores que pasaron los últimos meses sin ornar grandes salones, y todavía a octubre no habían sido llamados por familias que siempre lo hacían con gran antelación para concertar la decoración de sus tradicionales fiestas de fin de año.

–No es que no se van a divertir -comenta Arturo-, lo harán con más recogimiento, darán fiestas pero no en grande, serán más esporádicas, más discretas. El que las podía hacer antes puede ahora, pero no quieren exhibición, aparte de que desean tener un resguardo, porque no se sabe lo que va a pasar.

Perviven aquellas bodas previamente programadas, por lo regular en el Santo Domingo Country Club, donde recrean ambientes exóticos, floridos, invirtiendo sólo en decoración más de un millón de pesos. Desde otros países traen flores, copas de baccarat, souvenirs de plata.

Arturo se deslumbró en unos quinceaños que a un nuevo rico costó diez millones de pesos. Se celebró en el Country, centro exclusivo con una barrera de RD$800 mil de inscripción a los advenedizos, escenario de fiestas millonarias, escandalosamente pomposas, que compiten o superan en fastuosidad a la de cineastas y potentados de países desarrollados.

[b]OTROS ESCENARIOS[/b]

Aunque con ánimo apocado algunos suspenden o postergan viajes de recreación al exterior, muchos prefieren ostentar fuera del país, y se van a esquiar como tradicionalmente hacen, acuden a los mejores hoteles en sus periplos por Europa o Estados Unidos, o se instalan en sus residencias en Miami o Nueva York. Frecuentan los mejores restaurantes y espectáculos artísticos en Nueva York, París o Berlín, teniendo algunos una anualidad pagada, por ejemplo, en la boletería de la Opera de París.

Sus grandes gastos se mantienen en el exterior, donde siempre se abastece la élite social, que crea sus fortunas en el país con cerebros y manos dominicanas mal retribuidas, pero no compran aquí, salvo regalos y algunos artículos para imprevistos.

Su consumismo, conspicuo o discreto, de calladas extravagancias, no es un dínamo del comercio local. Ropa, lencería, comida, bebidas, muebles, todos sus bienes los adquieren en sus viajes a otros países, los piden por catálogos o la internet, contrario a los nuevos ricos que sí se abastecen en tiendas locales.

Varios de estos magnates poseen aviones y sus esposas viajan con frecuencia a comprar a las grandes casas de moda, a las más selectas joyerías y boutiques. En su ajuar no faltan las marcas de moda o las famosas de siempre, Armani, Valentino, Belmain o Chanel, desean garantías de que el artículo sea original, evitar que alguien lleve la misma cartera o calzados, quieren exclusividad, proclamar que en su mundo todo lo que reluce, si no es oro, es un diamante. Adquieren lo óptimo, lo más costoso, un modo de excluir a los que no pueden.

Sin pensarlo, gastan US$50 mil o más en dos o tres conjuntos de Gucci, Versage o Tiffany, por una cartera Chanel pagan US$3 mil ó US$4 mil. Son clientas asiduas de Bal Harbor, centro comercial de Miami, desde donde las llaman al salir la última colección, la última cartera o zapatos, les preparan su talla, conocen sus gustos. En ocasiones, el traje no les entalla y apelan a algún modisto dominicano, uno de ellos expresa:

–La gente de clase alta sigue comprando su ropa en el exterior, cuando te tienen confianza te lo mandan para que le cojas el ruedo, lo que en Estados Unidos cuesta igual que lo que vale un vestido aquí.

No los aceptan, no por desagradarles sus creaciones, sino por preferir diseñadores extranjeros, también por retraimiento, se eximen del roce con gente que no sea de su nivel, una conducta que empieza como búsqueda de conveniencia o seguridad, y en algunos termina bordeando lo patológico.

Impulsadas por la veleidad o el deseo de invertir, adquieren joyas auténticas, diamantes, rubíes, y aunque la explosión de otros accesorios las desplaza un poco en la moda, las compran para guardarlas.

El costo de ese estilo de vida principesco de la cúspide de la jerarquía social cuesta hoy más del doble por su alto consumo importado. Mas, la crisis que asfixia a la clase media, en la generalidad no desplaza a los ricos en dólares a un estrato inferior, su riqueza tiene raíces profundas, antiguas.

Cierto que muchos enfrentan compromisos en dólares o una rentabilidad más baja, pero poseen fabulosas cuentas bancarias en el exterior y se les revaluaron sus instalaciones industriales y comerciales, residencias urbanas y casas veraniegas, entre otras propiedades en campos y zonas turísticas, que hoy valen dos o tres veces más. A la postre, el balance no será desfavorable.

[b]BARROQUISMO ABRUMADOR[/b]

Las fastuosas casas de los ricos exuman un despilfarro desmedido, unas son expresión de un exquisito gusto, otras de los excesos más espléndidos y absurdos, de un barroquismo abrumador, con mucho dinero en muebles, lámparas, alfombras. Poseen vajillas completas, una Versalles, de la que cada pieza cuesta un dineral, y otras de colecciones numeradas, que muchos compran para exhibirlas. Su mobiliario es importado, marcas finísimas, carísimas, pagan miles de dólares por cualquier pieza Bakers, buscan exclusividad, que un comedor o una repisa no se repita en otra casa.

Los ricos de siempre son más tradicionales, se inclinan por diseños clásicos, contrario a los de clase alta económicamente, que gustan de estilos modernos, extravagantes. Eligen muebles y accesorios carísimos, muchos compran un objeto no por su valor artístico, estilo o calidad, su referencia del valor de las cosas suele ser el precio, salvo si un buen decorador los orienta.

[b]UNA EXCEPCIÓN:[/b]

Una gran fiesta irrumpió en el silente mundo social. En su villa de Casa de Campo, con un decorado de bambúes, flores y velas, seiscientos invitados del “jet set” nacional e internacional festejaron el cumpleaños del jonronero dominicano Sammy Sosa, una figura mundial que trasciende los avatares del enrarecido ámbito criollo y no se inhibe en el derroche. Su fortuna se sustenta en más de 500 legendarios jonrones, un origen transparente como la champaña Cristal fabricada especialmente para él, a US$500 la botella, que a su salud brindaron.