Cristo y el sufrimiento

Cristo al morir en la cruz del calvario nos enseña la manera de enfrentar los sufrimientos, los cuales son parte de la vida misma. La cruz de Cristo es sinónimo de sufrimiento, no es posible pensar en ella sin que nos sintamos sobrecogidos, al verlo clavado en una cruz sangrienta sufriendo crueles dolores.

Un episodio que nos describe la magnitud del sufrimiento de Cristo es el que nos relatan los evangelios sinópticos, cuando estuvo en el jardín de Getsemaní, Lucas,  Cap. 22:39-46, nos dice que Cristo fue sometido a una angustia mental mayor, que estaba en agonía y que su sudor era como grandes gotas de sangre. En esos momentos su oración al Padre era “Padre si quieres pasa de mi esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, de esa manera mostraba su determinación a acatar la voluntad del Padre, sin importar el costo y al mismo tiempo dejar de lado lo que eran sus deseos.

En ese sentido, Él había enseñando, antes a sus discípulos, en la oración modelo del Padre Nuestro: “Sea hecha tu Voluntad así en el cielo como en la tierra” con el objetivo que nos sujetemos a los propósitos divinos dejando de lado los nuestros que muchas veces son la de escapar situaciones dolorosas.

 Más adelante  en la cruz  exclamó  “Eli, Eli, ¿lama sabactani? que significa Dios Mío, Dios Mío ¿Por qué me has desamparado? El  hijo amado del Padre tuvo que sufrir el desamparo,  debido a que en la cruz, Cristo cargó el pecado de todos nosotros. Este hecho fue   lo que ocasionó en Él  la más grande desesperación, aquel que gozó de la más íntima comunión con el Padre,  tuvo que sufrir su abandono.

La Pasión y Muerte de Cristo nos inspira en el orden  que todos estamos llamados a compartir su misión para que la redención llegue a todos los rincones de la tierra y todos los bautizados en  su cuerpo que es la Iglesia se perfeccionen más y más al aceptarlo como parte intrínseca de la vida. Todos los cristianos estamos llamados a  aprender del ejemplo de Cristo y la manera de comportarnos cuando no podemos dejar de lado situaciones incómodas, esto es, cuando no nos podamos  liberar de alguna aflicción particular. Es una marca de un estilo de vida al que estamos llamados. Dios es quien nos aflige con las cruces, y Él es nuestro amadísimo Padre, y sin su participación ni la tristeza ni la alegría pueden tener lugar en nosotros. Sin duda, también, cualquier cosa que nos pase por voluntad suya es lo mejor para nosotros.

En consecuencia, aquellos que no pueden dejar de lado su cruz sin faltar deben considerar, no su presente sufrimiento, sino la corona que les aguarda, y cuya posesión más que compensará todas las aflicciones, todos los dolores de esta vida. «Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con lo gloria que se ha de manifestar en nosotros» fue lo que dijo San Pablo de sí mismo.

El sufrimiento es parte de la vida. Todos las personas sean cristianos o no  nos enfrentamos al sufrimiento. Si estás atravesando un momento en que no halla  respuesta a la situación en que te encuentras confía en el amor infinito de tu Padre Eterno porque después de la Cruz, llega la resurrección. No habría habido Domingo de Pascua sin antes haber Viernes Santo.