Crítica
De la simulación

Dificulto exista más embarazosa tarea para el hombre que aceptar sus propias limitaciones. Propendemos a cultivar una imagen idealizada de lo que somos. No desperdiciamos ocasión de que quienes nos rodean fijen su mirada en nuestros rasgos positivos, adviertan los atributos reconocidos como “buenos” que exornan nuestra persona, mientras que, simultáneamente, nos esforzamos por ocultar ante ellos y ante nosotros mismos los aspectos de nuestra conducta y temperamento que desmienten a las claras la imagen que –condescendamos a un lenguaje comercial de moda- deseamos “vender” a quienes con nosotros se relacionan.

Así vamos por el mundo disfrazados, con una sonriente máscara sobre el rostro, porque en lo más profundo de nuestro ser tenemos miedo, un miedo espantoso a contemplarnos tal cual somos, a que acierte el vecino a enterarse de nuestras flaquezas y manías y seamos entonces objeto de rechazo.

 Parejo temor hace incurrir al que lo sufre en hipocresía, hipocresía de la que sólo estará a medias consciente ya que si bien importa fingimiento para con sus allegados, también implica fraude y superchería para consigo mismo. Solemos comportarnos, se me antoja, al modo de esas mujeres que creyéndose poco atractivas viven constantemente maquilladas y peinadas como si acabasen de salir del salón de belleza o se encontrasen siempre a punto de dirigirse a una fiesta de gala social. De modo semejante, la mayoría de los hombres deambulamos de un lado a otro maquillados interiormente, atentos día y noche a la impresión que nuestra apariencia y bien ensayada actuación de glamorosos provocan entre quienes se nos acercan.

Y, para empeorar las cosas, sucede que nada resultará más arduo que prescindir de dicho simulacro. Pues no es preciso haber estudiado psicología para entender que en tales circunstancias la única vía de que dispone el simulador para disminuir en alguna medida su inseguridad personal, es escuchar de manera reiterada los elogios y mensajes estimulantes de cuantos se hallan a su alrededor, en particular, de aquellos que, por una u otra razón, son importantes para él.

Por descontado, el referido comportamiento, amén de arriesgado y fatigoso, conduce a un círculo vicioso infernal que desgasta y enferma… Actuar en función de resultar grato con el fin de ser bien acogido sólo puede llevar a un alejamiento cada vez mayor de la verdadera naturaleza y de las auténticas necesidades del individuo. Semejante situación, al prolongarse, repercutirá suscitando una mórbida sensación que se manifestará exteriormente de muy diversos modos: nerviosismo, ansiedad, angustia, depresión, agresividad, impulsividad, indiferencia, inestabilidad emocional, etc. No es mi propósito, sin embargo, elaborar ahora una lista detallada de las dolencias psico-somáticas a que suele inducir la conducta de ocultamiento que he traído a colación, ni mucho menos profundizar en el análisis de cada una de ellas. Mi cometido, por el momento, es harto más modesto: describir un modo de obrar generalizado que dé pie a algunas lucubraciones acaso no del todo infundadas.

El hecho es que los seres humanos, sin excepción, necesitamos desesperadamente que nos amen, que nos acepten, precisamos caer en gracia, gustar para poder sentirnos bien. Mas ocurre que hemos edificado una sociedad en la que para no ser pisoteados nos vemos compelidos a competir unos con otros, una civilización de ganadores y perdedores, de los que están arriba y los que están abajo, una cultura en la que, por consiguiente, no es posible escurrir el bulto a la refriega, a la confrontación ni dejar de vigilar al que a nuestro lado pasa si es que en algo damos valor a conservar intacto y saludable el pellejo. Pareja lección se nos inculca desde que venimos al mundo… ¿Qué sucede entonces con nuestros impostergables requerimientos de afecto y cariño? De una parte, es imperioso ir a la búsqueda y conquista del amor y, para ello, volvernos atractivos, embellecernos; pero, de la otra, es menester andar a la defensiva, pues hasta la saciedad nos ha mostrado la experiencia que de no estar ojo avizor no faltará el quídam que se aproveche de tu desprevención y te apalee. Es entonces inevitable que prospere una actitud de suspicacia que alimenta nuestra tendencia a observar con lente de aumento las taras ajenas y a minimizar en los que nos rodean sus notas encomiables.

A nadie escapará que el cuadro que acabo de dibujar a trazo grueso entraña una  insalvable contradicción, una erosiva ambivalencia que en buen número de casos culmina en frustración y, por supuesto, en neurosis.

Que haya tantos neuróticos sobre la faz del globo no debe ser atribuido a las travesuras del azar. La simulación es la responsable en no escasa medida de pareja abundancia. Porque es ella, a no dudarlo, el mecanismo defensivo al que con más frecuencia recurrimos. La sociedad en que vivimos –quedó registrado renglones atrás- es una escuela de simulación. Todos –sospecho- hemos sido instruidos en ese arte. Algunos han alcanzado la maestría. La supervivencia –ruda ley- impone que simulemos, que finjamos, que corramos un velo sobre nuestros defectos y carencias, que nos mintamos a nosotros mismos –sólo a medias, es cierto- y engañemos a nuestros semejantes, de ordinario a medias también.

Proporciona la simulación doble ganancia: permite seducir al prójimo mediante el expediente de exhibir siempre los aspectos más favorables, encubriendo los que hacen sombra; estrategia de la que se deriva una reconfortante sensación de seguridad, de tener agarrada la sartén por el mango, habida cuenta de que dispone el adicto a la superchería de una información esencial que el resto de la gente desconoce o de la que se figura no tienen los que se le avecinan ni la más remota idea.

Al cabo y a la postre, de lo que se trata es del traslado de las tácticas bélicas al plano de la interrelación personal: Busco al enemigo cuidando que no me descubra, y cuando lo tengo en la mirrilla del rifle, disparo. ¡Lástima que después de haberle quitado la vida va a ser muy difícil que me brinde el afecto que yo necesitaba! ¡Lastima que los muertos no puedan gustar de nosotros! ¡Lástima que entre el verdugo y la víctima sólo quepa encontrar un látigo y no un beso de amor!