CRITICA
El canon

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LEÓN DAVID
Durante una de las instructivas  veladas que con celo admirable y no menos conmovedora devoción registrara para la posteridad la pluma siempre dispuesta y entusiasta de Juan Pablo Eckermann en su celebrada obra CONVERSACIONES CON GOETHE sucedió que, concluida la cena, mientras anfitrión y visitante se entretenían contemplando una serie de grabados en cobre, el insigne escritor alemán, a la sazón en la cúspide de su nombradía, -prestemos ahora atención a las palabras que el bisoño narrador emplea para dar cuenta de los hechos-, “Sólo me mostraba aquello que era perfecto y cumplido en su género y trataba de hacerme ver con toda claridad la intención y los métodos del artista, para que me fuera acostumbrando a pensar y sentir con los mejores.”.

Y prosigue Eckermann su historia rememorando: “De ese modo –decía Goethe- se forma lo que llamamos buen gusto. Porque éste no se puede formar en la contemplación de lo mediano, sino en la de lo más descollante.”.

La anécdota que acabo  de transcribir, y particularmente el juicio que Eckermann pone en boca de su ilustre interlocutor, si algo patentizan es que en el número de los que apuestan a la inexorabilidad e importancia de las jerarquías estéticas Goethe, sin ningún género de dudas, debe ser incluido.

Es notorio que tras la aseveración de que el buen gusto sólo alcanza a florecer en la contemplación de “lo más descollante” alienta una visión de la faena artística que reclama de todas la presencia de una escala de valores. En efecto, si de algo estaba convencido el eminente maestro alemán era de que, de faltar modelos indiscutibles de excelencia, de vacar de una tradición de creaciones ejemplares a las que el alma anhelosa de alzar el vuelo pudiera atenerse, habría sido absurda la pretensión de apercibir, en el firmamento de la belleza, ningún tipo de superioridad o de insignificancia.

Y, ocioso resulta traerlo a colación, en la república de la expresión estética y de la crítica de arte todo consiste en determinar qué posee mérito y en qué parejo mérito se afianza… Lo que, de fijo, nos coloca en los dominios del canon.

Canon es voz griega que  comenzó designando una vara para medir y luego, de manera traslaticia, pasó a significar ley o norma de conducta. A su vez, los filósofos alejandrinos dieron en llamar canon a un catálogo de obras escogidas por ellos en virtud de sus insuperables prendas lingüísticas, obras que, por descontado, no podían sino ser reconocidas en tanto que modelos dignos de imitación.

No muy lejos de esta acepción alejandrina, acaso no infrinja agravio a la verdad quien sostenga que el canon consiente ser definido como un conjunto de creaciones señeras que, por expresar de manera memorable facetas esenciales de lo humano, la tradición intelectual de los pueblos –no sin la participación decisiva de las elites del pensamiento y de las más encumbradas instituciones culturales- encarece y conserva.

De las múltiples funciones  que el canon cumple, tres se me figuran las menos prescindibles: 1, contribuir a la unidad cultural mediante el expediente de brindar a la población marcos de referencia comunes; 2, transmitir y favorecer la actualización constante del legado espiritual de nuestros antepasados, propiciando así el robustecimiento de la identidad colectiva; y 3, ofrecer pautas de excelencia, ideales de refinamiento, fuentes de inspiración.

Estos irremplazables beneficios que  el canon procura fueron los que probablemente indujeron a Pedro Henríquez Ureña a recomendar en un visionario pasaje muchas veces citado de Caminos de nuestra historia literaria que “Hace falta poner en circulación tablas de valores: nombres centrales y libros de lectura indispensables.”… Afirmación rotunda, irrecusable, cuyo sentido no es otro que el de insistir en que la cultura, en sus más conspicuas manifestaciones, sólo puede prosperar cuando con canónico ardor y rigurosa porfía el sector ilustrado de la sociedad instituye, cual faros en la costa para el navegante, insospechables normas de excelencia.

Luego de hacerse  portavoz de tan paladina verdad, el lúcido humanista dominicano, en orden a establecer en el panorama de las letras hispanoamericanas una intachable jerarquía de dignidades, continúa precisando su pensamiento: “Dejar en la sombra populosa a los mediocres; dejar en la penumbra a aquellos cuya obra pudo haber sido magna, pero quedó a medio hacer; tragedia común en nuestra América.

Con sacrificios y hasta injusticias sumas es como se constituyen las constelaciones de clásicos en todas las literaturas. Epicarno fue sacrificado a la gloria de Aristófanes; Gorgias y Protágoras a las iras de Platón.”.

Y cierra Henríquez Ureña con broche de oro sus perspicuas consideraciones en torno al indudable provecho que el canon reportaría dictaminando que “La historia literaria de la América española debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres centrales: Bello, Sarmiento, Montalvo, Martí, Darío, Rodó.”… Listado que ciertamente debe ser felizmente ampliado en los días que corren para incluir obras y figuras que en el momento en que el avisado hermeneuta caribeño redactaba los renglones ut supra transcritos estaban aún por dar sus más sazonados frutos o ni siquiera habían apuntado en el horizonte de nuestra literatura.

Mas, créalo o no el lector, la sensata opinión de que en materia de apreciación estética el canon resulta ineludible es objeto en la actualidad de furiosas embestidas.  Son inclementes los proyectiles de cuantos desafían la concepción canónica.

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