Crítica
Contando a mi abuelo en Argentina

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Domingo 3 de mayo. La cita, para la que había preparado el ánimo con asidua expectación, estaba fijada a las 7 de la noche. Buenos Aires, ostentosa, satisfecha, ronroneaba bajo el límpido cielo nocturno, y daba rienda suelta a su vena mundana, a su risueño y acaso trivial cosmopolitismo bohemio, aprovechando, todo hay que decirlo, condiciones climáticas inusualmente benignas para esta época del año

Salí temprano, muy temprano, cosa de no correr el albur de llegar a mi destino ya comenzada la función.  Nuestro punto de encuentro era “Silencio de Negras”, uno de de esos recoletos recintos del “underground” porteño en los que los espectáculos más iconoclastas y en ocasiones las obras  de más novedosa traza y conceptuoso cariz suelen presentarse. En efecto, en esta descomunal y seductora “Cabeza de Goliat” como la llamara en célebre ensayo el señero y para escándalo de las letras hispanas hoy casi olvidado escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada, en esta urbe de millones de almas que se ha negado siempre a reconocerse parte de la América mestiza y tiene a timbre de orgullo su viso internacional y europeo blasón, la persona que ande a la husma de propuestas escénicas diferentes ha de hacer a un lado tanto los tablados del sector oficial como los del publicitado y siempre concurrido vodevil y resolverse a explorar con ojo crítico la variopinta oferta de las innúmeras salas, algunas minúsculas pero casi siempre acogedoras, del circuito independiente. Una de ellas, sita en pleno corazón de Buenos Aires es “Silencio de negras”, nombre que aunque luzca fuera de propósito en rigor sólo quiere aludir a las teclas de ese color del pianoforte.

Contando a mi abuelo.  Allí la soberbia actriz, directora, dramaturga dominicana María Isabel nos ha convocado para obsequiarnos su más reciente espectáculo: “Contando a mi abuelo”. ¿Contando a mi abuelo? Bien, pero ¿quién es el abuelo que se ha impuesto llevar a la codiciada escena porteña la excepcional teatrista? Nada más y nada menos que el profesor Juan Bosch. Ella, la nieta del conspicuo político, intelectual y literato de nuestra tierra quisqueyana, nos congregó –no quedaba un asiento vacío- para celebrar a su manera en la metrópolis del Cono Sur donde reside el centenario del natalicio de su ilustre antepasado. Homenaje más acertado, oportuno y conmovedor no logro imaginarlo.

Apareció la actriz, el cenital la iluminó y a partir de ese instante el público que abarrotaba la sala fue la jubilosa víctima del hechizo del arte.  De la mano de la prodigiosa comediante pudimos entonces adentrarnos en el universo trágico y poético a un tiempo mismo que la pluma fecunda del cuentista pergeñara en tres relatos memorables: “Dos Pesos de Agua”, “Los Amos” y “El Algarrobo”.  Pudimos ser testigos así de la desventura de la vieja Remigia, quien luego de soportar inclemente y prolongada sequía, pereció ahogada en la inundación provocada por las lluvias que en respuesta terrible a su imprudente pedido de dos pesos de velas, las ánimas del Purgatorio le enviaran. Vimos también cómo Don Pío, el amo rapaz, explotaba por modo inmisericorde al humilde Cristino; y cómo Lico, el leñador, animado por el nacimiento de su hijo que tenía “color de camino”, se sintió con fuerzas para derribar el majestuoso algarrobo que monte adentro lo había poco antes desafiado.

Pero saberlo contar.  Hemos de tener por cosa averiguada que María Isabel – creadora en el sentido cabal del término-,  si bien se atuvo fielmente al texto de su abuelo tanto en lo que respecta al lenguaje como a la visión, fue capaz de ofrecernos una versión teatral de los referidos cuentos absolutamente propia, original, a partir de un enfoque dramático que discurriendo por el cauce de una ironía de sesgo expresionista rayana a veces en la caricatura, no se desentendía nunca  de un íntimo lirismo, ni nos permitía hacer caso omiso de la aciaga suerte de las criaturas que su portentosa versatilidad interpretativa encarnaba.

Es materia de asombro cuando no de perplejidad el camaleónico don de la actriz para hacernos creer en la verdad sustancial de cada uno de los múltiples personajes representados en ese afortunado unipersonal, en que las calamidades del mundo rural y primitivo del Santo Domingo de las primeras décadas del siglo pasado son expuestas con implacable trazo y descarnada autenticidad.

Es ganar la posteridad. Si al cabo estoy de lo que pasa, me veo en la obligación de confesar que “Contando a mi abuelo”  es montaje nacido para tocar a las puertas de la posteridad ; henos aquí ante un trabajo escénico que no dejará de desencadenar la risa y de arrancar las lágrimas a cualquier auditorio; trabajo que se afinca en la virtud del intérprete para traducir en expresivas metáforas corporales y modulaciones de la voz las más entrañables emociones humanas;  el parco juego de luces, la atinada selección de trozos musicales, un vestuario neutro y adaptable ajeno por completo a localismos de realista jaez, contribuyen a intensificar los sentimientos, a matizar valores, a precisar el sentido de lo que allí se nos relata; relatos que en buena hora no los aborda la actriz uno primero, luego el otro, y al final el tercero, sino que los entrevera, los intercala sobre el escenario, dando lugar  a un accionar simultáneo y unificado que introduce variedad y suspenso en lo que acontece  y coadyuva poderosamente a mantener un ritmo que progresa en crescendo arrebatando hasta el espectador menos propenso al contagio afectivo.

Concluido el espectáculo, la estruendosa ovación del público dio fe de que María Isabel había conseguido su propósito: que se conociera a Juan Bosch, el cuentista, el escritor, en los sureños pagos de Sarmiento.

Y lo hizo de modo tal que al favorecer entre los porteños el encuentro con su abuelo, el cuentista,  se encontró a sí misma en tanto que artista admirable de las tablas creadora de un estilo propio, único, inconfundible de hacer teatro.