Crónica del misterioso “cambio”

Emmanuel Ramos Messina
El mundo siente náuseas, mareos, tiene antojos, siente la novedad de que algo dentro se mueve: está encinta. Las cosas de antes se tornan obsoletas e inútiles. El pasado se va deshaciendo. Por todas las vías asoman nuevas cosas y costumbres. La era se torna digital. E

l arte se comercializa. Al pudor femenino de antes lo tapa menos tela. El cuerpo femenino resplandece. El ombligo desnudo sale al aire retozando; el pezón sensibilizado espera impaciente su turno. El desnudo va ganando la deliciosa partida. La música se torna en escándalo. La iglesia pide perdón por Galileo. (La fe confiesa su pecado). El calentamiento global y el monóxido llegan a los polos. El mundo se encoge, se achica en aldea global. Los jóvenes chatean hermanados en internet.

El amor mercancía vence al amor sentimiento. Los dioses de Oriente amenazan a los dioses de Occidente. Para no aburrirse se tiran bombas explosivas, incendiarias y de entretenimiento. Sí, hay aires de cambio. Pero ¿cuál es la razón del cambio, qué fuerza lo gobierna? Muchos jóvenes ingenuos, firmando cosas proclaman que desde los Beatles el cambio es su obra, que su república juvenil ha triunfado y es soberana, y exhalan el humo…

Lo que quizás no saben los púberes, los jóvenes, es que ese cambio fue gobernado, planeado por los viejos intereses y que sus tecnologías fueron escondidas en los sótanos secretos. Antes al cambio lo gobernaban las ideologías sentimentales de buena o de mala fe. Quizás el cambio hoy en día es una burla disfrazada. Quizás los jóvenes de la “liberación” fueron simplemente utilizados, fueron los tontos útiles del comercio. El cambio revolucionario de la música por los Beatles fue un negocio; el cambio de la vestimenta fue un negocio de modistas; el cambio sexual fue un negocio para vender anticonceptivos y viagras.

Quizás tras el cambio de moda, tras los jeans, tras los mecánicos y el bikini, están los zorros de siempre. Todo esto fue un gancho contra los inocentes. La generación comercial disimuladamente se impuso a la generación sentimental.

Antes, la historia la gobernaban César, Constantino, Napoleón y Alá. Tras la palabra cambio está “made in Wall Street” y/o “made in Taiwan”, “made in China”.

Ahora discretamente pasamos a la palabra cambio, al “cambio” de ahora. Unos señores políticos dondequiera hoy día hablan de su “cambio”. Antes se prometía justicia, abundancia y felicidad, ahora se promete sencillamente “el cambio”, palabra confusa, vaga, imprecisa, que lo abarca todo. Pero ¿quién decide qué es ese cambio? ¿Será el cambio una revolución, otra utopía o un bluff? ¿O será ésta una palabra mágica como el “ábrete sésamo”? ¿Será una palabra honesta? ¿Por qué vías mágicas llegará? ¿Quién se atreve a traerlo, o inflarlo o desinflarlo? ¿Será acaso una palabra de feria o una mutación hacia adelante o hacia atrás? A lo mejor el cambio consiste en no cambiar nada, en ponerle nuevos nombres a los viejos cachivaches, en una superchería de gitanos… ¿Será así?

Pero estas son preguntas imprudentes, porque ellos dicen que el cambio es una piedra filosofal para convertir las cosas en oro; y alegan tener en el bolsillo la fórmula maravillosa. Te ruegan otra vez que les creas y les entregues tu fe. Hablan como dioses y parecen sinceros… ¿No ves que su imagen buenamoza, maquillada, sonriente y bondadosa brilla dondequiera? Amaneces oyendo sus nombres, sus promesas. Ellos prometen que tu voto, tu futuro, te lo devolverán enriquecido, orificado, fructificado y que te vayas a dormir, que “abandones el martillo, la pluma y el arado”, y el maná te caerá del cielo.