Crónicas de la India

12_10_2019 Areito 12-10-19 Areíto6

Un intenso olor a cúrcuma. El roce de la seda contra la piel en el apresurado caminar de las hindúes. Olfato y oído anunciándole al ojo lo que ha de esperar: un estallido multicolor de personas sacadas de las Mil y Una Noches. Los hombres con sus kurtas, perlas falsas y falsos rubíes. Las niñas, ya calzando la cadenita en el tobillo que ha de marcar su paso por la vida.
¡Hemos llegado a la India!, camino al Festival Mundial de Poesía. Poema -país donde el guacamayo palidece. Predominio del rojo, el mamey y el verde en todas sus tonalidades más brillantes.
Cualquier mujer hindú parece una princesa sacada de mis cuentos infantiles; cualquier hombre el Sultán que puede transformar tu vida en una existencia de ensueños, aunque algo hay en el tono nasal de su idioma que de inmediato despierta el distanciamiento. El hombre dominicano es masculino en todo y eso lo olfateamos las mujeres desde el sonido de las palabras, apenas un preludio.
Namasté, saludan, Namasté respondo, las dos manos unidas como en oración, y una ligera inclinación de la cabeza. El hombre y la mujer hindúes son amables por naturaleza y serviciales.
Ando con demasiada preocupación por el extravío de mi maleta y por ende de mi lap top. La India parece decirme que no tendré tiempo más que para el silencio, que mis preocupaciones cotidianas se quedarán en el aeropuerto, para que el silencio me permita escuchar lo que sus dioses y diosas tienen que decirme.
En cada templo, y han sido muchos, es la creencia que cuando atraviesas la puerta dejas detrás las malas energías. Me pregunto si cabrán por esa puerta la República Dominicana; el gethoe literario; la vulgaridad; la envidia; la avaricia; el lugar común; la pretensión de significancia social en los y las insignifcantes; la competencia; los celos familiares.
Entro con esa carga a cuesta. Me decalzo para que la energía entre por los pies, me lavo el rostro con el agua del Ganges y de pronto, en torrente, comienzo a llorar por todos, por los tantos que me cohabitan.
Jaipur. Los únicos elefantes y camellos que alguna vez vi estaban en los zoologicos. Por eso sorprende encontrarlos en medio del tráfico en Jaipur, y que los choferes circulen a su alrededor como lo más cotidiano del mundo.
Lo único que nuestro conductor nos advierte es que si a algún elefante le interesara saber quiénes somos se acercara a exploranos y que lo mejor es bajar los vidrios y dejar que meta su trompa por la ventana y nos olfatee. Entonces, imperturbable, continuará su lento camino, reafirmando su intuición inicial. Pasear en uno de ellos fue hacer realidad la secreta ilusión de una niña de setenta.
Los camellos son otra cosa. Permanecen en cuclillas a la espera de quienes se atreven autilizarlos como taxis. Nos ofrecen abordarlos, pero mido la altura y se que no sobreviviría una caída de camello sin quebrarme las piernas.
Las vacas y búfalos transitan por doquier, en medio de motocicletas, camionetas, monotaxis, autos y camiones. Nadie los embiste so pena de cinco años de cárcel y si por pérdida de control lo hacen jamás los tocan, porque aquí nadie se come lo sagrado.
Estamos llegando a Jaipur, la “Ciudad Rosa”, espléndido escaparate de la rica cultura de Rajastan, capital anterior de los Kachhawabas, en la sierra de los Arawelli. Ciudad rodeada por una fortaleza impresionante, que se remonta al 1699, cuando el Maharaja Jai Singh ascendió al trono de Amber y fundó Jaipur en 1727.
Poeta, matemático y astrólogo, era además un constructor y la ciudad es un tributo a su pericia en todos los planos. No era su intención que la ciudad fuese rosada, pero en 1863 visitó la ciudad el príncipe Albert, esposo de la reina Victoria y en su honor (el rosado era su color favorito…) la ciudad se vistió de rosa.
De Jaipur nos interesaba visitar el HawaMahal, o “Palacio de los Vientos”, construido en 1799 por el rey, también poeta, Pratap Singh, para que sus concubinas pudieran disfrutar la vida cotidiana de la ciudad desde 152 pequeñas ventanitas, colocadas en 953 nichos, disimulados por finas pantallas de encaje de alabastro, con balcones de celosia, bóvedas y capiteles. Elaborado panal de abeja que me encantaría si no hubiera sido también una rosada cárcel para las 900 concubinas del Sultan.
El Fuerte Amber. Antes de llegar al Fuerte Amber, un sendero escarpado nos conduce al palacio de uno de los tantos reyes de la India. El polvoriento camino, al que solo se accede en yip, no nos preparó para lo que encontramos. Un palacio cuyos vitrales harían palidecer cualquier intento occidental. Paredes tapizadas con diseños florales, todo pintado a mano por familias de artesanos y en dos de las salas muebles de plata solida y de oro.
El palacio está lleno de fotos de sus antiguos dueños, cuyos descendientes alquilan los palacios para el turismo mientras habitan en cualquier lugar del mundo en fabulosos pent-houses. Llama la atención su atuendo, sobrecargado de perlas, oro y piedras preciosas, y el hecho de que no hay una sola foto de mujer. “Es que los príncipes no querían favorecer a ninguna de sus esposas, por eso no figuran en las fotos”, explica el edecán.
El Taj Mahal. “Sueno en Mármol”. Pieza exquisita de lírica belleza, el Taj fue construido como la tumba de Muntaz Mahal, o “elegida del palacio”.
Cuando se construyó costó treinta millones de rupias y la infatigabe labor de 22,000 arquitectos, artesanos y trabajadores. Se inició en 1631, un año después de la muerte de la reina, y está precedido por una estructura de arenisca roja de tres pisos, incrustada con inscripciones del Corán. Un canal de agua y fuentes de bronce dividen el camino empedrado que conduce al mausoleo, entre una doble fila de cipreses. Los canales de agua se colocaron para reflejar la belleza del Taj, calificado como un monumento de “carácter femenino” por su delicadeza plástica. Su belleza radica en el hecho de que refleja la luz de cada hora y en noches de luna llena.
Todo su encanto se minimiza cuando conocemos la historia del “amor” que motivó el palacio y descubrimos que la elegida del palacio murió a los 37 años dando a luz a su decimocuarto hijo, a pesar de que su esposo tenía otras 300 consortes y podría disponer de las 900 de su padre.
El Taj se construyó en 22 años, por 22,000 trabajadores, tiene 22 cúpulas y 22 escalones que conducen a la bóveda donde están los ataudes, narrando para conocedores la historia oculta, o esotérica, del monumento. Lo que lamento es que el sultán no pudiera iniciar el Taj negro, cuyos jardines aún permanecen.
El deconsolado Sultán habría de sucumbir a la ambición de su tercer hijo, quien asesinó a sus hermanos y lo encarceló hasta su muerte. Gajes de la monarquia que hoy contemplamos con el horror de una mujer occidental, que curiosamente se llama Sherezada, y que gracias a su madre Maria Luisa Sanchez, Salome Ureña, Camila Henriquez, Julia de Burgos y Aida Cartagena, nunca ha sido victima de las Mil y Una Noches.