CRÓNICAS DEL SER
Bases éticas de la novela, ¿qué hacer?

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Para Chernishevski la vida humana se despliega como una sucesión continua de razonamientos y cálculos mediante los cuales los humanos vamos realizando, en todo momento, valoraciones que versan sobre los beneficios que podríamos recibir por hacer, omitir o desviar determinadas acciones o comportamientos respecto a otros posibles.

Piensa el escritor que actuamos ineludiblemente guiados por el egoísmo. El móvil de toda actuación se derivaría del aprecio primario que tiene toda persona por sí misma, que la conduce a buscar, inmediatamente y de modo natural, satisfacer el propio interés vital frente al de los otros.

Desde esta constatación, postula Chernishevski que sería posible establecer, en sentido lato y en general, tablas combinatorias de situaciones y deseos donde podríamos contabilizar -si observáramos con la debida atención nuestras actuaciones- las consecuencias de la realización o no de cualquier acto sea de carácter espontáneo o ponderado.

Si nos sometiéramos a semejante ejercicio podríamos llegar a comprender que a pesar de que los actos inaplazables nos ofrecen una instantánea y superficial gratificación, éstos podrían producir una satisfacción de menor intensidad, que si nos decidiéramos por efectuar otra actividad cuya ejecución y gratificación fuese diferida en el tiempo. Por ejemplo, podríamos decidirnos por el ahorro, privándonos de comodidades momentáneas con el fin de lograr hacernos con un bien de mayor calidad y más necesario en el contexto de la economía vital.

Si el bien y lo deseable se eligen naturalmente en función de un interés egoísta, lo bueno y el bien, concretamente, derivarían de lo que se pueda considerar como lo más útil o funcional para lograr nuestras metas existenciales.

Asumido esto, cabría preguntarnos, ¿Cómo establecemos, concretamente, la jerarquía de los fines y de los bienes en la vida humana y social?

Para Chernishevski nada es más fácil de comprender. En el lugar más alto el humano coloca lo que es útil y funcional para la afirmación y el desarrollo de la humanidad como un todo; luego, poco a poco, se desciende a aspirar la consecución de los fines y propósitos de la propia nación, los de la propia clase, los de la familia personal y, finalmente, a los deseos y anhelos del individuo mismo.

De la concreción e imposición universal de esta jerarquía de necesidades y valoraciones Chernishevski no percibe hesitación alguna: “Esta gradación no da lugar a dudas, pues no es más que la aplicación de los axiomas de la geometría a los problemas sociales”.

Esto significa para él, que la ética se resuelve -como decíamos al inicio- en una especie de cálculo que asume como válidos determinados postulados, circunstancias, cadenas de acontecimientos, capacidades y oportunidades mediante los cuales se podría predecir, con cierta exactitud, los modos y formas de reaccionar y de proceder humanos ante específicas situaciones. Por esto, el pensador intuye que la moral científica es simple, evidente y completa, y como tal ofrece una “respuesta inmediata y cabal a casi todas las cuestiones importantes de la vida”.

“¿Cómo entonces -cuestiona el autor- habría que mirar la vida? Tienen razón los hombres fríos y prácticos que sólo se guían por el beneficio o la utilidad que pudieran obtener en cada actuación.

En efecto, los llamados buenos sentimientos y las aspiraciones ideales vienen a reducirse a nada en la vida vivida, de frente al esfuerzo individual dirigido a alcanzar la propia ventaja; y, en el fondo, también esas aspiraciones nobles no son otra cosa que tendencias sublimadas que apuntan hacía lo utilitario.”

El personaje Lopuchov niega que la visión de la vida humana a que conduce esta doctrina sea “una vida gélida, indiferente y prosaica”: “No, señorita Vera. Esta teoría es fría, pero enseña al hombre a calentarse. Esta es una teoría despiadada, pero al seguirla los humanos no serán miserables objetos de una vana piedad. Esta teoría es prosaica, pero nos enseña los motivos «verdaderos» de la vida, y la poesía está donde se encuentra la verdad.”

Para el filósofo, el pensar conduce y permanece siempre a la praxis. Consiste en “escoger con ayuda de la memoria entre las posibles combinaciones de sensaciones e imágenes, las que corresponden a las necesidades del organismo pensante en un momento dado. Así se procede a escoger los medios de acción y las imágenes con las que se podrá alcanzar un resultado en lugar de otro.”

La ética de Chernishevski se reduce al acto de discernir lo que es útil para alcanzar los propios intereses y como decidirse a alcanzarlos. Sin embargo, reconoce que los humanos elegimos y actuamos mal, es decir, actuamos en contra de nuestros propios intereses.

Un ejemplo doloroso de esto, en Rusia, lo constituye el hecho que las masas campesinas acepten el yugo milenario que les impone la autoridad y no se atreven a tomar para sí la tierra que necesitan para vivir y prosperar. La situación real de explotación en que viven les ha sido velada, oculta. Lo que conformaría su bienestar se lo presentan subvertido, y ellas mismas han sido pervertidas por las condiciones exteriores que les impone el sistema de organización tradicional, que existe, precisamente, para explotarlas.

Es así como surge la pregunta que da titulo a la novela: ¿Qué hacer? ¿Qué habría que decidir y realizar para cambiar semejante situación inhumana, irracional e injustificable moralmente?

La novela pretende constituir una especie de manual -algo útil para mejorar la vida concreta en Rusia-, de fácil acceso y de general entendimiento para instruir a los jóvenes que despiertan del letargo de siglos en que tiene postrada la sociedad el zarismo y su injusto sistema de organización socioeconómica, política y religiosa. Busca erigirse como una guía para educar a “los hombres nuevos” para que estos puedan posteriormente tender un puente entre ellos, la «intelligentsia», y la gran masa campesina, para preparar su liberación.

El elemento liberador será la juventud, que instruida y preparada por la ciencia en las verdades evidentes para el conocimiento, intentará primero liberarse a sí misma del sistema, para más adelante, pasar a auxiliar a las masas campesinas haciéndoles comprender que es lo que realmente les conviene.

Al actuar de esa manera los jóvenes contribuyen para que Rusia pueda asumir el lugar que le corresponde en la historia de la humanidad: ser un faro de luz justiciero que señalaría a los seres humanos del futuro el camino para lograr, de una vez por todas, la liberación de la explotación del hombre por el hombre.