Crónicas sobre un “tour” gastro-cultural al México “lindo y querido”

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Lunes 4 de noviembre de 2019
El 23 de octubre pasado en horas de la mañana salió hacia Ciudad de México en gira gastro-cultural organizada por doña Virginia Dalmau un grupo de siete amigas y relacionados: Angelina Hernández Dalmau, hija de doña Virginia, Luisa Pérez Viñas, Raquel Vicini, Iris Malla, Ramonina Brea, Teresa Martínez, chicana, amiga de doña Virginia y quien viajó a la capital azteca desde Berkeley, San Francisco, para unirse al grupo; y, finalmente, el autor de estas crónicas.
¿Por qué comenzar el relato el 4 de noviembre y romper, contra toda lógica temporal, la cronología del relato? Ah, porque dice Cortázar en alguna parte de una de sus obras que lo cotidiano es lo maravilloso, lo fantástico. Y lo que nos ocurrió a Luisa, Ramonina y a mí la noche del 4 de noviembre fue una coincidencia radicalmente histórica, únicamente por estar en el momento adecuado en el lugar adecuado.
Esa noche memorable del “tour” gastronómico cenamos en el restaurante Hacienda Los Morales, en la colonia Polanco. Los platillos, al decir de los comensales, estuvieron maravillosos y el servicio impecable. Al término de la cena, nos dividimos en dos grupos para salir en dos taxis Úber. El primer grupo salió delantero. El segundo grupo, formado por Luisa, Ramonina y el cronista no pudo salir de inmediato, porque ya una batería de yipetas de alta gama estaba estacionada en la puerta de salida del restaurante bloqueaba a nuestro Úber. Un hormiguero de gente de seguridad rodeaba todas las yipetas y demás vehículos que componían la comitiva. Se les veía nerviosos, tensos y en continuo movimiento. Como cuando Danilo Medina se apea de su yipeta. Así estuvo nuestro grupo un buen rato hasta que, de pronto, bajó la escalinata un personaje rodeado de una comitiva que conversaba con dicho personaje. Cuando pudo divisarle ya más de cerca le dije a Luisa y Ramonina: –Pero si es el presidente electo de Argentina, Alberto Fernández. Claro, le tenía yo en la retina, porque el domingo en la noche, en mi habitación, Ramonina y yo habíamos visto la transmisión del cómputo de las elecciones presidenciales. Ante mi afirmación, Luisa, que le tenía de frente, le llamó: Señor Fernández, Señor Fernández, y él la miró, se le acercó, y ella se presentó y presentó al grupo, la saludó con un beso y le dijo: “Felicitaciones por su elección, tiene usted una misión difícil, esperamos que usted sacará a la Argentina del lodo. Le dio las gracias y le dijo que eso era lo que le esperaba. Luego el presidente electo Fernández saludó a Ramonina con un beso. Yo le felicité por su elección y le dije que mi esperanza era que sacara a la Argentina del tollo en que la había colocado el Macri, para usar una expresión del español oral argentino, chileno y andaluz. Y le recordé que Juan Domingo Perón, el fundador del justicialismo, vivió exiliado en la República Dominicano entre 1958 y 1960 cuando los militares de dieron el golpe de Estado en 1955.
–Así es, bello país. Me dio las gracias y volvió al grupo de la comitiva.
Con mi olfato periodístico, le sugerí a Luisa que le pidiera al presidente electo Fernández que nos permitiera tomarnos una foto, pero tanto ella como Ramonina dijeron que no era prudente. El asunto murió ahí.
El presidente electo abordó su vehículo y desapareció junto a su comitiva en medio de la oscuridad de la noche.
Antes de su derrocamiento, Perón había estado exiliado en Panamá y Venezuela. Al salir de la República Dominicana viajó a España, desde donde organizó su vuelta al poder en 1974. Américo Barrios ha descrito el exilio de Perón en Santo Domingo y su relación y sus conversaciones con Trujillo y también las actividades políticas del General en España.
Y, finalmente, pudimos tomar el Úber que nos dejó en nuestro hotel, Lombardo Suites, en la calle Víctor Hugo 60, en la frontera de las colonias Anzures y Polanco. Allí le contamos la aventura al resto del grupo.
Miércoles 23 de octubre de 2019
La llegada a la capital azteca fue a las 12h31. Al hotel, llamado Lombardo Suites, así como suena, con sintaxis del inglés americano, fue a las 14h30. Entre desempacar maletas y descansar se nos vino la tarde encima y a eso de las 6h30 y 7 de la noche, el grupo decidió cenar temprano, pues al día siguiente se iniciaba, temprano, la primera gira por la ciudad. La cena fue en un restaurante italiano al doblar de la esquina Víctor Hugo con Leibniz. Para salir del paso, aceptable. Solo fui una vez, porque preferí, para efecto práctico, uno mexicano que quedaba frente al italiano, de nombre El Fogoncito.
Algo en lo que no reparé en mis viajes anteriores a Ciudad México fue que casi todas las calles de las colonias Polanco y Anzures están dedicadas a los grandes poetas, filósofos, escritores e intelectuales de la Antigüedad, del Clasicismo, el Renacimiento, la Ilustración, el Romanticismo. Por ejemplo, vi calles con los nombres de Homero, Platón, Aristóteles, Arquímedes, Dante, Descartes, Shakespeare, Tolstoi, Goethe, Comte y las arriba citadas Víctor Hugo y Leibniz. Para citar solo estas pocas.
Pero en el centro de la capital azteca también está el homenaje a los más grandes rectores de la cosa pública y a los poetas, escritores e intelectuales prehispánicos, de la época colonial y de la época republicana.
Desde Moctezuma a Cuauhtémoc y Cuitláhuac y desde Sor Juana, Carlos de Sigüenza y Góngora y Juan Ruiz de Alarcón hasta los prohombres del porfiriato y la Revolución. Y de estos intelectuales de la Revolución de 1910 vi, al pasar en bus o caminando a pie, las calles que honran a Alfonso Reyes, Antonio Caso, Craviotto, Castillo Ledón, Acevedo, Parra, todos miembros del Ateneo de la Juventud y de la Sociedad de Conferencias, profesores de la Preparatoria o de la Universidad. Y flanqueando a todos ellos, en la colonia Los Reyes de Coyoacán, la avenida Pedro Henríquez Ureña, el Sócrates dominicano, formador de aquella juventud intelectual que desestructuró la ideología de los científicos positivistas comteanos en la que se basó el porfiriato. No pude pasearme por esta avenida, como hubiese deseado.
Con razón dijo don Justo Sierra, ministro de Educción e Instrucción Pública de don Porfirio: “¡Cuánto sabe este Ureña!”, refiriéndose a don Pedro. (Continuará).