¿Cuándo dejaremos de insultarnos unos a otros?

POR JOSÉ BÁEZ GUERRERO
Una de las más desafortunadas características del debate público dominicano es la propensión a insultar, a ofender al interlocutor o al adversario provocándolo e irritándolo con palabras o acciones, generalmente cuestionando su carácter o su honorabilidad, como si la descalificación personal restara mérito a la obra u opinión de la víctima del insulto.

La meditación me vino cuando leí un artículo del brillante economista Jaime Aristy Escuder, quien al regresar de una gira con el candidato del PRD por América el Sur, se despachó un artículo en que endilgó al presidente Fernández estos calificativos: “inescrupuloso, mentiroso, abusivo, corrupto, incapaz, indolente, predestinado”.

La verdad es que hay muchas maneras de insultar. Por ejemplo, decirle a alguien muy bruto que está mal acompañado cuando está sólo, podría ser un desperdicio del ingenio. Para que sea efectivo, el insulto debe ser comprendido por su recipiente. Tal fue el caso de un hombre que alegaba deberle todo cuanto era a sus padres, y un enemigo le sugirió enviarle cien pesos a sus progenitores para saldar esa vieja cuenta. De manera parecida, un insulto fino fue el que una elegante señora, muy católica, profirió al sufrir los embates de un necio durante una recepción en el Arzobispado. Le dijo: “Tras conocerle a usted, he cambiado mi posición sobre el aborto; ¡ahora lo favorezco en casos de incesto!”.

Tras leer y releer la filípica de Aristy Escuder, quien es a Andy Dauhajre lo que Robin a Batman, me vino a la mente la situación del candidato presidencial Nicolás Sarkozy en Francia, quien hace pocos días acusó a sus rivales de suplir con insultos su falta de argumentos. Sarkozy dijo: “Los insultos, las mentiras, las insinuaciones; me ha sorprendido que puedan inventar tantas mentiras sobre mí. Pero es lo que ocurre cuando los otros candidatos no tienen ideas, ni argumentos, ni convicciones, cuando no creen en nada y no trabajan, no tienen otro recurso más que el insulto”.

En la literatura, el insulto cobra ribetes distintos. En casi todas las obras de Shakespeare, sus personajes deleitan al lector o al espectador con muestras de chispeante originalidad. En Macbeth, uno dice a otro, “no te pierdas tan penosamente en tus propios pensamientos”. En inglés los insultos tienen otro sabor. La palabra misma posee mayores atributos, pues un insulto es sinónimo de un achaque de salud o trauma, aunque su acepción más común es, como es castellano, cualquier afirmación afrentosa o que desvalorice la persona. Pero en la cultura sajona, hay una deliciosa distinción. Y es que el insulto puede ser intencional o accidental. Por ejemplo, dar una explicación creyendo que es necesaria, puede insultar a quien la recibe, pues al ofrecerla se asume brutalidad o falta de sofisticación del otro.

En castellano, uno de los más antiguos insultos documentados fue el que un anónimo ofreció a Cervantes, al publicar en 1614 una apócrifa segunda parte del Quijote, en cuyo prólogo se explaya en desconsideraciones hirientes. El manco de Lepanto respondió publicando su propia segunda parte en 1615, y hoy sólo los estudiosos recuerdan al falsario, mientras el genio e ingenio de Cervantes resiste el embate de los siglos.

En esa misma época, el intercambio de insultos entre literatos era común. Quevedo y Góngora se odiaban. Quevedo escribió que Góngora era “docto en pullas, cual mozo de camino”. ¿Qué dominicano no sabe qué es una puya, el dicho con que indirectamente se humilla a alguien o la expresión aguda y picante dicha con prontitud? Ser “mozo de camino” era denigrante. Góngora también dedicó a Quevedo sus más estilizados cariñitos versificados, y cinco siglos después, en este paisaje hispánico del Caribe mucha gente dizque inteligente todavía desconoce el arte de insultar, reduciéndolo al estúpido acumulo de epítetos.

Entre los políticos dominicanos, quizás el mayor insulto manifestado en el último medio siglo fue aquel que Balaguer dedicó a un antiguo valido suyo, quien se benefició de designaciones en las más variadas carteras ministeriales para luego traicionarle desvergonzadamente. Sobre ese personaje, retirado de la política tras reiterados fracasos, dijo el estadista de Navarrete: “Vale menos que un papel higiénico usado”. En boca de un hombre que pocas veces insultó a nadie, la rareza cobra importancia que trasciende lo anecdótico.

¿Será el más descarado insultador moderno Chávez, cuyo clímax fue oler azufre en el podio de la ONU tras estar allí Bush? Quizás Bush quiera ser más fino. Nunca menciona al presidente venezolano por su nombre, creyendo talvez que esto pique más en Caracas que todos los argumentos bolivarianos que puedan oírse en Washington. Pero comoquiera.