Cuando el pasajero no se reconoce por la maleta

DIÓGENES VALDEZ
Llegué a Montevideo el 25 de junio de 1961. Es una fecha que nunca podré olvidar. Toda la odisea de aquel viaje lo narro en mi novela “Los tiempos revocables”, que obtuvo el Premio Siboney en 1983. Iba a estudiar Ingeniería Industrial y bien lejos estaba el pensar que sería allí donde descubriría mi vocación literaria. La ciudad se asienta en el fondo de una bahía, rodeada de pequeñas colinas. Todo allí es pequeño y hermoso.

Aquellas colinas, dicen algunos, que son las que le dan el nombre a la ciudad, y lo creo porque la leyenda me parece atrayente. Estas colinas (o montes), son seis (una menos que las de Roma), aunque durante el tiempo que viví allí, nunca me ocupé de contarlas.

Dicen que al entrar en la bahía por primera vez los españoles, Mauricio Bruno de Savala, fundador de la ciudad, al ver los seis montes, llenos de un verdor inmaculado, exclamó: “Monte VI Deo”, más o menos en el castellano de hoy: “Seis montes de Dios”. La costumbre dio por unir las tres palabras, y es así como tenemos “Montevideo”.*Otra versión de dicha frase es: “Ví los montes de Dios”.

En el aeropuerto de Carrasco debía esperarme el ingeniero Enrique Goyret, profesor de la Universidad de la República, quién fungiría de orientador y consejero, papel que ejecutó a la perfección, y más que esto, también fue como un padre comprensivo y bondadoso en aquellos duros primeros días.

Al salir del rutinario control de inmigración de entrada y del chequeo de las aduanas, muy leves si se les compara con tortuoso y agobiante proceso que se lleva a cabo en los aeropuertos dominicanos, sentí miedo. Era la primera vez que viajaba y por las horas de vuelo sabía que me encontraba lejos de casa. Temía que no hubiese nadie para recibirme. Hacía un frío enorme. En el hemisferio austral, junio es un mes invernal, antípoda a todos los junios que anteriormente me había tocado vivir, porque en Dominicana éste es un mes caluroso. Pero allí estaba un hombre de estatura mediana, de fuerte contextura física, su edad debía rondar la cuarentena, y expelía bondad en cada uno de sus gestos; “usted es Diógenes Valdez”, me preguntó. Hasta ahora yo sabía que “el pasajero se conocía por su maleta”, pero en ese instante yo tenía las manos vacías. Llegué a pensar que me había reconocido por el color de la piel. La mía era de una tonalidad cobriza, que se ha acentuado con el tiempo. Hacía tan sólo unas semanas que había cumplido veinte años. “¡Si señor!” respondí, “¿cómo se dio cuenta?”, me atrevía a preguntar. “Por la ropa que lleva”, respondió, dejando satisfecha mi curiosidad, “no es la adecuada para el clima nuestro”. En ese momento el pampero comenzó a azotar con toda crudeza, una forma de darme la bienvenida, casi inclemente.