Cuando ellas pierden… y ellos ganan

En nuestra columna del domingo 2 de este mes, concluíamos señalando el efecto pernicioso que ha tenido en nuestra sociedad el abandono de los hijos.

Abandono derivado, en esos casos, de la irresponsabilidad maternal.

Craso error considerar que en estos tiempos de modernidades y licencias, sólo el hombre es culpable del abandono de la cría.

Insisto, so pena de que los moralistas me conduzcan a la hoguera, que ciertas leyes proteccionistas han sido mal interpretadas por una parte de las féminas.

Liberarse del yugo no consiste en pura y simplemente dejar el hogar, condenar al abandono a “los muchachos” para ir en búsqueda de un sueño que nadie tiene reservado en un cofre de oro, en tierras extrañas. Dar por terminada una relación tormentosa no tiene, necesariamente, que tener como destino final Holanda, Italia, Suiza o Argentina. Ellas pierden cuando dejan todo “a la suerte de Dios” y enfilan camino hacia Europa, y ellos ganan al quedar aquí al cuidado de los hijos… con abuelas y tíos. Sabemos que decisiones de esa naturaleza están fundamentadas en la estrechez económica de la familia, pero siempre será mayor el daño que se le hace a un niño abandonado, sobretodo cuando el infante o adolescente ninguna culpa tiene de su infortunio. No todas, desde luego, incurren en el gravísimo error de abandonarlo todo sin reparar en consecuencias.

Muchas asumen el sacrificio con voluntad y perseverancia;  evitan así mayor degradación a una sociedad que no resiste más daños.

 Recomponer el país moralmente costará trabajo.