Cuando ir a al TV no es un placer

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POR MARIVELL CONTRERAS
Fue a través de James Bacon y su magnífico libro de anécdota e historias “Made in Hollywood” que conocí la información de que desde que Hollywood es Hollywood los grandes estudios fabricantes de estrellas se ha tenido mucho cuidado con el personal que labora allí.

A la hora de seleccionar el personal que labora en los mismos se tiene muy en cuenta la formación y las buenas maneras, de modo que cada persona que tenga contacto con ese mundo de all star forme parte de esa magia.

Estamos hablando no solo de técnicos y guionistas, sino también de quien que barre, sirve el café, abre y cierra las puertas, da la cara y despide a cada una de las personas o personalidades ligadas o interesadas en ese mundo.

A ello no escapa, por supuesto, la seguridad. La seguridad debe ser firme, pero no incómoda. Debe hacer sentir a quien la recibe que lo están protegiendo no que lo están inculpando, instigando o investigando.

No sé quien se opondría a un chequeo rutinario y respetuoso, pero si sé cómo se siente alguien cuando es objeto de una abusiva, desordenada y displicente revisión de sus objetos personales.

Los canales de televisión son como casas o como celdas.  Los que hemos estado ligados a este medio sabemos que durante años la mayoría de las horas de nuestros días transcurren entre esas cámaras, esos pasillos, esas luces y esos y esas muchachas con los que nos sentimos en familia.

Cada vez que volvemos a uno de ellos, lo hacemos como si tuviéramos un rápido y delicioso regreso a un lugar donde queda algo de nosotros y donde conocemos casi a todo el mundo y donde casi todos nos conocen y expresan cariño.

Los artistas esperan aún más que los que pasamos por la televisión o la radio como productores o comunicadores. Esperan ser recibidos como lo que son, por lo menos en ese momento, invitados especiales.

Se compran ropa nueva, van al salón, se maquillan, gastan gasolina y tiempo y probablemente van a regalar su talento a un programa y a un canal que gana dinero por eso y sin embargo es recibido y despedido con hostilidad.

Como si no fuera más que un presunto implicado en un posible robo o desfalco.  Abren puertas y tiran baúles, meten sus manos con indecencia en las carteras femeninas y  si hay alguna protesta se recibe en contestación palabras que por insanas despiertan sentimientos de impotencia y de rabia.

¿Quién quiere llamar a un director de un canal para decirle el nombre, el rostro y la ropa de la persona que en cumplimiento de sus “funciones” maltrató, hirió la dignidad e hizo galas de su mala educación y de su insoportable falta de respeto?

Yo no lo haría.  No lo hago porque no quiero sentirme culpable de que un padre de familia sea despedido con mi nombre o con el nombre de mi compañero por el medio.  No lo hacemos porque nadie sabe las circunstancias de nadie, pero me pregunto qué clase de familia debe estar levantando una persona con tanta cizaña y mal formación.

Aunque lejanos de Hollywood pienso que en el país existen personas que saben manejar la seguridad con amabilidad y que saben distinguir a unas personas de otras en el medio para el cual trabajan.

Aunque lejanos al chivato de aquí y de allá, pensamos que podría ser útil un sencillo entrenamiento que permita un mejor desenvolvimiento en las tareas de unos y otros…