Cuando los dos pies están en el mismo zapato

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POR ARTURO MARTÍNEZ M.
Era la expresión del Presidente Balaguer, para decir que la política económica estaba cogeando, y es el mensaje que envía desde el cielo cuando observa los sobreajustes que se aplican y que aumentan la deuda social. Le debe preocupar que ambas políticas, la monetaria y la fiscal, tengan como objetivo mantener la tasa de cambio por debajo de treinta por uno, olvidándose del bienestar.

Nunca hubiese aprobado que al mismo tiempo las autoridades monetarias restrinjan el circulante de la manera más brutal posible, que de golpe bajen el tipo de interés, sólo para cumplir con una meta de déficit cuasi-fiscal, y que se reduzcan las inversiones públicas de la manera como se hizo en el primer trimestre del año. 

Un panorama insostenible en el corto plazo, y lo saben las autoridades, que debería mover a preocupación, entre otros, al economista-monetarista-diplomático y asesor, que el jueves 12 del presente mes y año, en un articulo publicado en este mismo periódico, defendió en forma muy extraña los sobreajustes. A ultranza defendió la monetaria,  lo hizo de tal forma que dejó sin respiración a lectores especializados, que esperaban respuestas más académicas y con menos contenido de conveniencia. Su artículo, como siempre cargado de preguntas más que de respuestas como lo demanda su trabajo de asesor, y de inconsistencias, probablemente impulsado por el deseo de explicar lo que no tiene sustento. Se refirió a la sostenibilidad de la deuda del Banco Central, a su política de acumulación de reservas, a la política monetaria del pasado gobierno, a la crisis bancaria y a la manera como se enfrentó.

Se interesó en conocer mis respuestas a lo que él llamó “contundentes cifras aportadas por la Lic. Olga Díaz sobre la recuperación económica”. Espero que haya leído las que le dieron los estudiantes en el 2025, con motivo de ensayos dirigidos por profesores que hoy son tecnopolíticos, algunos de los cuales defendieron la hipótesis del crecimiento del cuatro por ciento. Hay que ser justo, el economista Pedro Silverio no está entre los profesores que defendieron la hipótesis del cuatro por ciento, él dijo que se había producido “un crecimiento modesto”, sus declaraciones fueron públicas. Amigo economista, las de los estudiantes también fueron mis respuestas. ¿Cómo le quedó el ojo después de conocer las respuestas de los estudiantes?

Me pidió que me concentrara en analizar la sostenibilidad de la deuda del Banco Central (que él llama “recuperación”), y para dirigir mis respuestas,  me plantea dos escenarios bajo los que él cree no sería posible sostener lo que define como la actual “recuperación”: Sin una concertación entre líderes nacionales, ó en su lugar, y sin haberse dolarizado en el 2003 ó 2004, a través de un préstamo internacional, que eliminara los pasivos monetarios.  ¿Pero a qué llama “recuperación”? No lo dijo, interpreto que se refiere al aumento del endeudamiento del Banco Central de 89 mil a 135 mil millones de pesos, y a la brúsca baja de la tasa de interés pasiva de 50% a 15%, para mantener en 28 mil millones de pesos el déficit cuasi fiscal y aumentar las reservas internacionales por encima de lo requerido por el FMI, sin medir el costo económico y social en que se incurría. ¿Eso es “recuperación”?

¿Cuál es el peligro que su entusiasmo, que pocos entendienden, no le permite ver? Para la estabilidad el elevado nivel de deuda del Banco Central, que no para en crecer. Es decir, la sostenibilidad de la enorme deuda que crece y crece. Que no se engañe, tanto el nivel como su constante aumento, debilitan la confianza en el peso, independientemente del nivel de la tasa de interés. Se contradice porque admite que es necesario detener su crecimiento, entiende correctamente que vuelve más vulnerable las políticas macroeconómicas, pero habla de que la deuda es sostenible, y no le preocupa que se paguen intereses con nuevas deudas. Si le preocupa el monto, y pide que se detenga su crecimiento, es porque piensa que no es sostenible. Sigue en contradicción, plantea que las acciones de las autoridades van dirigidas a reducir la vulnerabilidad de las políticas, pero si le preocupa el aumento de la deuda es porque produce lo contrario, un aumento de la vulnerabilidad de la política. Entonces, las acciones de las autoridades están dirigigidas a aumentar la vulnerabilidad de las políticas.

La verdad es que no cree en la sostenibilidad de la deuda, en el fondo esta preocupado pero no se atreve decirlo públicamente. Sabe que es real la posibilidad de que en un determinado momento el inversionista diga bueno hasta aquí llegué, interpretando que la deuda del Banco Central es por un monto que supera cualquier expectativa, y que la defina “como inviablemente alta”. Sabe que el inversionista-y no el burócrata-es el que decide si la deuda del Banco Central es o no viable, y el momento también lo escoge él. En ese momento deja de ofertar recursos en las subastas semanales, se retira voluntariamente, en lugar de requerir mayor tasa de interés ó una extensión del período de vencimiento de las inversiones. De modo que, y en cuanto al problema de la deuda del Banco Central, de su monto, ya no serían los términos de los certificados, que siempre estarán en manos de las autoridades monetarias, sino la negativa a ofertar recursos, lo que eventualmente haría insostenible la situación.

La anteojera que le imposibilita una visión completa del panorama económico-financiero nacional, y que contribuye a su confusión, para no saber donde se encuentra y hacia donde debe dirigirse la política económica, lo lleva a ver pánico, fábulas, descrédito de cifras, entre otros intentos de lindezas. Preocupa que el amigo economista, de valiosas experiencias, tienda a dar respuestas simples cuando, en su calidad de asesor, se le cuestiona acerca de su teoría y de la solidez para enfrentar los vencimientos de las inversiones en certificados financieros de los próximos meses, que son por un monto muy alto. Refiriéndose al crecimiento de los certificados, dijo que si de enero del 2003 a agosto del 2004 se multiplicaron diez y siete veces, y no hubo colapso, porqué un aumento de apenas cincuenta por ciento debe ser motivo de espanto. Un monetarista experto (como lo es él) plantea escenarios y los estudias; no concluye de manera tan simple. Tampoco le luce que reste méritos a una gestión también de su co-responsabilidad, y que envíe piropos desproporcionados a las actuales, diciéndo no se preocupen que todo va muy bien, porque el mal pensado podría preguntar: ¿Qué está buscando?

La actitud podría explicar en parte porque no se dedica a estudiar el asunto de los vencimientos de los próximos meses, porque es previsible un aumento de la tasa de interés, del tipo de cambio ó de ambos precios. Desde su casa flotante, que es de piso de madera, parece que no está en condiciones de estudiar y aconsejar apoyándose sólo en su criterio profesional, está sumergido en un estado de confusión, por el mareo que le produce las constantes vueltas de su pensamiento, que lo lleva a justificar una política que claramente no conduce a nada, y que no resuelve el problema fundamental del déficit cuasi fiscal, por lo que corre el riesgo de naufragar en el mar de confusiones. En ese estado de insomnio no está en condiciones de asesorar con independencia de criterio, porque ve fábulas, tramas, malas intenciones, donde sólo existe el deseo de contribuir para el mejor desempeño de la política económica, claro sin lisonjear porque-y es mi caso-nunca lo he hecho y lo sabe el amigo economista, y mucho menos ahora cuando el tiempo y la naturaleza han dejado su estela.

Le recomiendo cambiar su anteojeara por un sextante, para una mejor navegación económica-financiera desde su bergantin, que por faltarle un palo, o porque ambos palos están en el mismo zapato y parece que le falta uno, es que da vuelta y vuelta sobre el mismo punto y sin avanzar, así como la política económica actual. Con el cambio, probablemente estará condición de combatir su mareo intelectual, vértigo que no le ocurría a los piratas y corsarios del pasado, también intolerantes, pero con la diferencia de que sabían dirigir su bergantin hacia puerto seguro. También estará en condiciones de dar una mejor asesoría monetaria, tomando como referencia, ya no la posición de la estrella mayor, sino la situación del ahorrista, y a partir de ahí definir con precisión un sendero cierto para la política económica actual. Sería más provechoso su trabajo de asesor para la “sostenibilidad”.

Comprenderá que no es pecado analizar la posibilidad de que el inversionista se niegue a ofertar recursos al Banco Central, y que no se incurre en desinformación, como falsamente interpreta el amigo economista, cuando se relacionan sus posibles raíces con la falta de confianza, porque la negación ha sucedido en otros países, cuando el inversionista cae en la sospecha, valedera ó nó, de que bajo determinada coyuntura no se estaría dispuesto a devolver lo ofertado. Es cierto, como afirma, que defendí la política de inversiones del pasado gobierno y que ataqué la monetaria, y que ahora estoy en contra de las dos políticas. En ambos casos expongo mis argumentos, puede que estén equivocados, pero lo hago con las mejores intenciones, y en condiciones de aceptar que me equivoqué si fuera el caso. Sigo sosteniendo que las dos políticas no pueden andar en el mismo sentido, dentro del mismo zapato; en el pasado gobierno la fiscal fue expansiva y la monetaria que también fue expansiva debió ser restrictiva, porque las dos no podían ser expansivas. Ahora no pueden ser extremadamente restrictivas, se cae en el otro extremo, que también es malo, ese es mi punto.

El amigo economista minimiza el “riesgo moral” de la política de endeudamiento masivo que se aplica; su lógica, que el gobierno  siempre puede sacar la institución del problema, porque en definitiva se trata de una deuda pública. De ahí surge su poca preocupación acerca de la política de pagar intereses con nuevas deudas, no lo dice pero se interpreta, que de todas maneras el Banco Central está fuertemente endeudado, y que el inversionista en certificados no tienen más camino que seguir prestándole dinero para pagar la deuda, es su interés evitar una falta de pago técnica. Parece que en ese sentido es un buen seguidor de la idea de Keynes, quién sabía de dinero pero su fuerte era el desarrollismo, cuando dijo: “si te debo diez libras, debo preocuparme; si te debo diez millones de libras, deberías preocuparte tú”.

 Es cierto, como afirma, que los bancos son los que principalmente ofertan recursos al Banco Central, pero no toma en cuenta que las autoridades monetarias no le dejaron otro camino, se comprometieron con el FMI con normas prudenciales y bancarias de dificil cumplimiento, conduciendo la economía a una peligrosa trampa de la liquidéz, y que erróneamente, dentro de sus alucinaciones, él dice se inició en el 2003. Cuando el mareo desaparezca recordará que en el 2003 los bancos prestaban sin problemas a sus clientes tradicionales, de modo que no podía haber trampa de liquidéz. Revísese amigo economista-monetarista. Su defensa llega tan lejos que quiere desarrollar una teoría de precio al revés, razona que la única subasta desierta fue porque el Banco Central así lo quiso, no le interesó bajar más la tasa de interés, para no perjudicar el ahorro, según él los ahorristas-incluyendo los bancos-ofertaron recursos incluso a tasas más bajas. Increíble su explicación. Diga la verdad amigo economista, fue lo contrario, las condiciones bajo las cuales se demandaron los recursos no llenaron las expectativas de los ofertantes, y por eso se retiraron. Parcialmente fue lo que sucedió la semana pasada (el miércoles 19 de mayo para ser específico), se ofertaron cuatro mil cuatrocientos cuarenticinco millones de pesos, a diferentes tasas y condiciones, y el Banco Central demandó mil cuatrocientos cuarenta millones de pesos, pero en condiciones diferentes. Es decir, que tres mil millones de pesos ofertados prefirieron quedarse en las calles, posiblemente mirándo el mercado cambiario, que invertirlo en certificados de relativos bajos rendimientos.

En cuanto al aumento de las reservas internacionales por encima de las exigencias, que él lo relaciona con la confianza y el buen manejo macroeconómico, muy bien sabe que bajo un régimen de cambio libre lo ideal es lo contrario, es decir, tratar de mantenerlas en el límite mínimo, porque son costosas para el país. Admite que la mayor parte de los certificados de inversión, a partir del 16 de agosto del 2004, fueron para acumular reservas internacionales. Entonces, ¿si hay confianza qué sentido tiene aumentar el déficit cuasi-fiscal comprando dólares en exceso? ¿No cree el amigo economista que se contradice, porque si hay confianza los gastos adicionales no se justifican, cuando se supone que el Banco está en una situación de control del déficit?.

Lo que pasa amigo economista es que el nivel de reservas internacionales se relaciona con la brecha entre la tasa de cambio de equilibrio y el veintinueve por uno, y como la apreciación de la tasa de cambio se sitúa en cuarenta por ciento, el exceso de reservas internacionales no debería ser menor, es parte del costo provocado por la sobre-apreciación del peso.  Es decir, en lugar de estar contento con la acumulación de reservas internacionales por encima de lo exigido por el FMI, que él calcula en más de seiscientos millones de dólares, debería sentirse insatisfecho y preocupado, porque implica que no se está seguro de que exista confianza en la política. Pero como él está seguro de la confianza, como asesor debería recomendar que se baje el nivel de las reservas internacionales, para contribuir con la reducción del déficit cuasi-fiscal, y dinamizar la economía que tanto lo necesita, porque la tasa de cambio tendería a su equilibrio. Si para las ventas del exceso de divisas se usa el ritmo o la manera como se sacó del mercado, no habría motivos de preocupación en cuanto a la posible apreciación del tipo de cambio, porque de todas formas el mercado sabe que el actual es un nivel artificial.

 Quiero finalizar refiriéndome al caso de Baninter. Dije y repito que la opción de que el Banco de Reservas se hiciera cargo de la operación, al final era menos costosa para la sociedad que la del rescate masivo de depositantes, sin discriminar monto y moneda, que fue una barbaridad. El amigo economista debe recordar que en ese momento el Reservas era el Banco número uno del país, en activos y en beneficios, con la más alta credibilidad, y con una dinámica en el número de agencias y sucursales nuevas sin precedentes. El Reservas era propietario de una compañía de seguro en crecimiento, de alta aceptación por los reaseguradores nacionales e internacionale. Tenía una estructura gerencial que nada tenía que envidiarle a la del mejor banco del sector privado, con un personal altamente calificado, proveniente del sector privado, totalmente alejado de la política. Era elogiado por la competencia, el gobierno y la oposición. No era el Reservas del período 1996-2000, que de la primera posición había bajado a la tercera, tanto en activos como en beneficios, y el que aprobaba todos los préstamos provenientes del gobierno, hasta el punto de que más del setenta por ciento de la cartera se concentraba en el sector público.

El Reservas a que yo me refiero, es el que le rechazaba préstamos al gobierno sino le era rentable, y el que de la cartera total redujo a menos de cincuenta por ciento el crédito al sector público. El Reservas que montó un departamento corporativo que pudo atraer los mejores clientes del mercado, que en el pasado no se atreveían hacer negocios con el Banco, por aquello de que era del gobierno. Amigo economista, sin dudas que ese Reservas, con el apoyo del prestamista de última instancia, y mejor que cualquier otro banco privado, estaba en condiciones de asumir Baninter y evitar la masiva devaluación del peso y la inflación que le costó el poder a Hipólito Mejía y al PRD. Claro, el prestamista de última instancia-el Banco Central-tenía que aprobar un plan especial para tratar parte de los cincuenticinco mil millones en pasivos sin activos productivos, lo que no era mucho pedir, porque la Junta Monetaria lo intentó con el Banco del Progreso.

Su apreciación no tiene fundamento, el Reservas de ese momento podía manejar la situación, y estoy en la seguridad de que hoy estaría en primer lugar, dentro del sistema bancario nacional, así como se entregó el pasado 16 de agosto del 2004. El problema fue la Junta Monetaria, el Organismo fue indeciso, a tiempo no supo elegir el mejor camino, y al final se llevó del experto extranjero, así como lo reconoce el economista amigo, produciéndose el desastre conocido. No quiero decir que era la única alternativa menos costosas, probablemente la que menciona el economista amigo era otra, la dolarización a través de un préstamo internacional que eliminara los pasivos monetarios. Pero República Dominicana no era México, que el Departamento del Tesoro, y con base a un Fondo de Estabilidad Cambiaria, le hizo un mega-préstamo en cuestión de días para que enfrentara su problema bancario. Irse por ese camino equivalía a meter los pies en el mismo zapato.