“Cuando sentí que no merecía ser maltratada supe que era el fin”…

“Cuando sentí que no merecía ser maltratada supe que era el fin”…

Lo peor de la violencia contra la mujer es que es una actividad de orden privado. Los agresores suelen cerrar el círculo para salirse con la suya.

Testimonio de una sobreviviente. Víctima de violencia machista

“Estando casados usualmente me quedaba callada. Durante el noviazgo discutía con él. Soy una persona con mucho carácter, pero acabó ‘comiéndome viva’ y llegó un momento en el que me volví indefensa y débil”.


Quien habla es A. R. M. (hemos acordado utilizar sus iniciales para salvaguardar su identidad), una mujer que con tan solo 25 años empezó a sufrir diversas agresiones por parte de su pareja, con la que estuvo casada siete años.


Él tenía por aquel entonces 32 años y su relación duró siete años. Siete años de sufrimiento. “Creo que tampoco era consciente de la gravedad. Yo me dejé llevar por él, tenía fijación, creo que no era ni enamoramiento. En esa época no pensaba en nada más que en él, ni siquiera pensaba en mí”.

“Me di cuenta que al principio todo era muy bonito, pero poco a poco él iba cambiando su forma de ser”, dice.
Se volvió controlador, lo primero que le prohibió fue la amistad con seudónimo Ana, una mujer independiente, madre soltera de tres hijos y quien fue la primera en advertir que algo en la pareja de su amiga no le gustaba.

“No entendía por qué quería buscar pleito todo el tiempo y tampoco por qué me hacía sentir tan mal con ciertos comentarios o insultos sobre mí y sobre las cosas que me gustaban, como, por ejemplo, mi carrera (estudié idiomas)”.

Hasta los momentos más íntimos se convertían en una lucha de poder.
“De verdad creo que me odiaba y una prueba de ello es que nunca quiso tener hijos conmigo”.

“Loca, hija de tu maldita madre o perra eran los insultos que más me decía”. Sin embargo, el agresor se mostraba como el marido perfecto delante de su círculo de amistades y familiares.

“A mis amigas nunca les gustó para mí”, relata la joven, pero yo siempre decía que era a mí que me tenía que gustar, al final era mi marido”, le contestaba.
Mientras su familia ignoraba el círculo de violencia en la que vivía la joven: “mis padres lo querían mucho y mis dos hermanas también”, nos relata.

A veces le daba rabia y resentimiento porque su familia ignorara su situación. “Pero bueno, ellos tampoco sabían cómo estaba yo con él”, reflexiona.

A. R. M aguantó golpes, empujones e insultos hasta el final para contarlo, y lo contó, su mejor alternativa. “Yo quería convencerme de que él en el fondo era bueno”…

“Mi familia no iba a soportar eso, mi papá nunca me puso la mano encima y tampoco mi hogar fue violento, eso no se usa en mi familia”.


La víctima sostiene que era tan, pero tan dependiente de él que hasta su estado de ánimo cambiaba con una simple discusión con su pareja: “cualquier discusión me hacía estar mal en todos los sentidos”.

En el caso de la entrevistada, ella no sufrió un aislamiento, de hecho, sostiene que cuando salía nunca le prohibió nada, sin embargo, el carácter del agresor cambiaba. “Yo sabía que no le gustaba que saliera. Siempre que salía acabamos en pleito”.

La última pelea

Para suerte y desgracia de A. R. M. en su edificio se mudó una amiga de su hermana mayor. “Un día en el parqueo él me empujó, mi vecina se lo contó a mi hermana y esta enfrentó a mi exmarido”. Llegó furioso al apartamento. Él empezó a reprocharme y poco a poco la discusión se fue saliendo de tono. Me dijo que si mi hermana seguía hablándole disparates hasta ella iba a llevar. Eso me enfureció y le fui arriba”.

“Me empujó contra la pared y me dio una galleta (bofetada) tan fuerte que yo la sentí en la cara completa, me dobló un brazo y me dio no sé cuántas trompadas. Lo último que recuerdo es que arrancó un abanico para darme, por suerte las puertas estaban sin seguro y salí corriendo casi desnuda”.

A. R. M se llenó de valor y gritó fuerte, salieron los vecinos y la auxiliaron. Él nunca salió del apartamento, “mis vecinos no fueron indiferentes”.

Cómo lo hizo

Los vecinos que la albergaron, un matrimonio adulto mayor junto a uno sus hijos, la calmaron, le prestaron una muda de ropa y llamaron a su familia.

“Llegaron mis hermanas y ellas fueron con uno de mis cuñados. Cuando llegué a casa, mami pensó que me habían atracado y papi gritó ¿qué te dije fulana? Que a esta muchacha le estaba pasando algo que ni se peinaba ya y parecía la más vieja de las tres.

Después de llorar de impotencia, su papá le cargó en las piernas y le preguntó ¿Qué quieres que hagamos? “Papi, yo no quiero ir a poner querella y que todo el mundo ahora lo sepa. Mañana voy por mis cosas”, dije.

Su papá respondió: “No, usted no va a buscar nada, está es su casa y aquí mis hijas no pesan”.

Intento de reconciliación
Todos los estudios sobre violencia de género dicen que el agresor siempre va a intentar rescatar esa relación haciendo alusión a todas las emociones o situaciones románticas.
“A la semana empezó a pedirme perdón, a decirme que se le había ido la mano, que lo sentía, que no iba a volver a pasar, que me quería mucho”.

“Debo ser honesta, no lo dejé por voluntad propia, mi familia se volvió “policía” y me protegieron de mí misma.

Transformación

Luego de una larga batalla de divorcio, una amiga la invitó a un retiro de Emaús y ese fin de semana entendió todo lo que le había pasado. “Lo perdoné, me perdoné a mí misma por permitir que me maltrataran y decidí empezar de cero”.

Hoy, tres años después del divorcio, puede decir que ya está libre de eso y asegura estar en paz, labora en una institución del Gobierno, sigue estudiando, aprendiendo cosas nuevas y le encanta viajar, ha recuperado el tiempo perdido en una relación tóxica. “Lo que más me está costando es volver a confiar en un hombre, no quiero repetir esa situación. Además tengo secuelas emocionales: me he vuelto muy sensible a las críticas, un poco agresiva. Me gustaría estar totalmente saludable”, finalizó.

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