Cuántas verdades en pocas palabras

Escuché a un sacerdote decir: “si las cosas de Dios estuvieran presentes en las acciones humanas, sean éstas  gubernamentales, políticas, educativas, deportivas, económicas, empresariales, familiares, etc.,  la humanidad viviría mucho mejor. Agregaba: “si sus enseñanzas fueran tomadas en cuenta por todos, especialmente por los que  dirigen o controlan, probablemente seríamos sociedades felices y satisfechas no solo espiritualmente, sino con las soluciones fundamentales requeridas por los humanos, resueltas”.

Aclaró el sacerdote que no se refería  a una sociedad bajo la influencia de las iglesias. Solo lamentaba que no se toman en cuenta esas enseñanzas de las buenas costumbres. De las reglas dictadas desde hace tiempo a los humanos, pero que muchos se resisten a acatar, sobre todo cuando ocupan posiciones superiores o encumbradas, pues casi siempre se olvidan de los mandamientos y las  bienaventuranzas,  aún cuando dan apariencias de ser cristianos.

Cada vez se alejan las normas de las buenas conductas y se ensancha más el canal de conducción ético moral de la sociedad. Cuando se crece con parámetros de conducción  estrechos, ceñidos a normas  hogareñas estrictas, reforzadas en las escuelas y vecindarios y con actuaciones públicas  ejemplares, los resultados fueran diferentes, pero lamentablemente las acciones que sirven de canal de referencia en casi todos los lugares, especialmente en las esferas de poder, han perdido la orientación como los límites de esos canales conductuales.

Los dramas de miseria y los problemas cotidianos de la gente, sumados a las malas prácticas que cometen los que dirigen, difundidas por algunos como ejemplos, han permeado gran parte de las sanas tradiciones y han roto muchos muros de contención.

Si estuvieran presentes las enseñanzas moralizantes en las acciones humanas, especialmente en las que realizan las cúpulas dirigentes, ciertamente que el sacerdote tiene absoluta razón, porque el resultado de lo que se ve y se escucha hoy día,  está cada vez más lejos de dichos predicamentos. Lo que vale es el poder,  el dinero y las oportunidades a cualquier precio. Qué se le puede pedir a un pueblo cuando sus líderes o dirigentes actúan de forma tan escandalosa, desmesurada, corrupta o desorientadora. Qué se le va a endilgar a gente que sin tener nada,  tienen que partirse los brazos para subsistir o  lograr un plato de comida, sin garantías de ninguna especie, o a  quienes teniendo resueltos muchos de sus problemas no se sienten protegidos, bien representados, ni mucho menos orgullosos de quienes deberían ser ejemplo de conducción moral.

“Cuánta falta le hace a la humanidad que su cúpula dirigencial actúe conforme a  lo que enseñó Jesús”. Sin necesidad de ser creyentes y sin tener confesión alguna. Solo aceptando esos principios como su norma de vida o como canal de conducción ético y  moral.