Cuatro relatos de la realidad democrática

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El discurso político-particularmente cuando surge del imaginario democrático que lo legitima en una época cuya sociedad global se cree posterior a la verdad y a la modernidad- se preocupa porque los ciudadanos desvalidos y en estado de pobreza material puedan sobrevivir. Solo que para lograr tal cometidopresupone la bonanza del “Estado del Bienestar” (Barzun).
Esa nueva entidad estatal tiene por justificación proporcionar a toda la ciudadanía una amplia gama de servicios encaminados a dotarla de los recursos indispensables que satisfagan sus necesidades biológicas y culturales, amén del debido desarrollo humano. Por esa vía, sin embargo, la labor de distribución de los beneficios pasa a ser abrumadora y problemática. El recurso político se infla y la burocracia se hipertrofia, sin por tanto poder detener la espiral ascendente de corrupción pública y la reconducción judicial de un sinfín de procesos inconclusos.

No obstante ese panorama, los ciudadanos del siglo XXI, al igual que los de finales del anterior, han optado por no regresar a la mera libertad económica de los dos siglos precedentes con sus períodos de hambruna y ciclos económicos. Con esa ruptura queda atrás en la memoria el credo libertario, en función del cual solo ha de prevalecer la libertad individual de cada uno, no la de la colectividad políticamente organizada, a la hora de labrar su propio destino.

De esa opción y voluntad de progreso procede el surgimiento y auge revolucionario de la popular sociedad de consumo. En ésta hay que mantener los viejos apetitos en un alto nivel y fomentar los nuevos, de modo que ricos y pobres se reproduzcan con una constante sensación de privación y cada revolución tecnológica termine siendo, como acuñó Schumpeter, tan destructora del pasado como constructora del presente y del porvenir inmediato. Por demás, en la medida en que ricos y pobres tengan algo que conservar -como pregonaba con certero instinto político el industrial Henry Ford en medio de la pujante sociedad industrial estadounidense al ocaso del siglo XIX y alba del XX- ambos se vuelven cada día políticamente más conservadores y centristas.

Se ha llegado así a un mundo tan pragmático como el del mercado laboral de hombres y mujeres, radicalmente disímil del tradicional régimen de la división del trabajo y del cuidado familiar. De la mano de ese realismo eficiente adviene el reinado de las tarjetas de crédito para comprar mucho y tener que ahorrar menos, así como el predominio de la percepción de tantas ostentaciones y espectáculos, además del trastoque de valores y de prioridades existenciales y comunitarias.

En esa última civilización poblada por un nuevo orden de cosas, lo valioso y primero dejó de ser el grupo familiar, el comunitario o incluso el ideal nacional pues, en medio de fluidas realidades, devino único soberano el deseo de progresar individualmente y al vapor, sin culpas ni cargas grupales, comunitarias y por veces ni siquiera matrimoniales ni familiares.

A partir de ese momento emanan diversas narraciones de la realidaddemocrática contemporánea:

a.1 El relato del individuo. En una primera versión, todo lo que enfrentaba al individuo y obstaculiza su energía, crecimiento y desarrollo era objetable, pues la fuerza motriz residía en el individuo y el individualismo era ley, incluso, ante la formalidad del poder estatal inicialmente teocrático y posteriormente republicano.

a.2 El relato del bienestar. En una segunda versión más elaborada, el bienestar -disfrazado esta vez no de ascetismo y brío individual sino de consumo hedonista- se pone al alcance del individuo y de sus más cercanos allegados, pero no del colectivo nacional con sentido solidario. El derecho y la capacidad de consumir incluso artículos de lujo, independiente de su utilidad y necesidad, es lo diferente. Al igual que en el relato anterior, la prosperidad sigue dependiendo del empuje e iniciativa individual de cada uno, pero esta vez bajo el dominio soberano del mercado y de su poder encantador y de engaño. La ostentación pasa a ser dominante, como si la felicidad y el bienestar dependieran del verbo tener.

Se instaura así una época en la que la banalidad glorifica todo bajo la supremacía del hedonismo con el cual el mercado nos impone hábitos, estilos de vida y apariencias existenciales. Así como la felicidad y la satisfacción de necesidades es privativo a cada uno, según esta segunda versión nada se comparte ni reparte; ni la riqueza ni la fortuna. La amistad llega hasta el bolsillo. Las metas son privativas de cada ciudadano en sí y no pasan por acuerdos y soluciones políticas del conglomerado social.

a.3 El relato burocrático. El estado de cosas evoluciona y da pie a una tercera versión que incorpora el enredo burocrático de la vida pública.

En efecto, no todos los ciudadanos logran consumir todo lo que necesitan y/o aspiran, sin embargo, todos tienen derecho a recurrir su suerte y destino por medio de las urnas. Y por eso, cuantos se consideran desfavorecidos, en búsqueda de apoyo y socorro, contrarían el principio libertario del menor Estado político posible y favorecen -en recurrente búsqueda de asistencia- que crezca y se multiplique hasta llegar a los confines de las posibilidades del presupuesto nacional y de la capacidad del endeudamiento público. Por la relación gobernantes-gobernados que establece el voto popular, hasta nuestros días se propaga una sociedad liberal despojada de su semilla fundacional: la libertaria.

Tras ese despojo reaparece travestida como un fenómeno laberíntico -tan grotesco en su fingida filantropía e inimaginable en su subvertida organización- que ni siquiera la reconocerían la prosa elegante que expone el ogro de Octavio Paz o la enardecida imaginación que supone El Castillo de Kafka.

Es así que se impone en la esfera pública la vorágine de la hiperburocratización contemporánea de la vida. En vía contraria a la democracia directa avanza velozmente el engrandecimiento del aparato burocrático -principalmente gubernamental- que en su versión secularizada hace las veces en pleno siglo XXI del “Gran Inquisidor” de Dostoyevski. Como inquisidor desprovisto de cualquier virtud, la burocracia estatal pretende conducir la vida pública y se beneficia de la creciente indiferencia ciudadana en pormenores y pormayores políticos. De ahí, brota su más reciente interpretación:

a.4 El relato de los mediocres y de los desilusionados. El Estado benefactor, verdadero imán para inmigrantes necesitados, yace atrofiado de hecho y de derecho por su propio peso burocrático y por el afán consumista de la población. Tal y como consigna una cuarta versión de la misma realidad democrática, parece ser que ésta agota la iniciativa y capacidad individualista de la mayoría de los ciudadanos dando pie y riendas sueltas al agotamiento y a la desilusión democrática de la ciudadanía. Si bien su socorrido paradigma es el emprendurismo y arrojo individual, dicha auto exigencia conduce a una sociedad que comienza a dar indicios de “cansancio”, según el calificativo del provocador ensayo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

Y como quien no quiere las cosas, ese agotamiento es correspondido, tras la burocratización de la esfera pública y la industrialización del trabajo manual e intelectual por lo que el filósofo Alain Deneault califica de “mediocres”, que no son los mejores ni los peores sino -en términos dominicanos- los criollos aplatanados que se garantizan la autoridad.

A la luz de estas serie de versiones, la democracia occidental engendra en su propio seno la indignación y el malestar existencial contra la continua mediocridad, la incesante ineficiencia de los estamentos públicos y la ausencia de vida comunitaria contemplativa por parte de personas sin valores ni principios. Particularmente, en América Latina, donde sobresale esa mezcla peculiar de “esperanza y frustración” que tan bien sintetiza la narrativa latinoamericana a propósito de las “promesas incumplidas” (Shifter y Binetti) que lanzan a diversas poblaciones a protestar en las calles de nuestra América y desde las yolas de nuestras costas.

Pareciera ser que a falta de liderazgo democrático y carisma político, la ciudadanía está dispuesta a apearse y alejarse del tren que encauza la democracia. Así, desilusionada e incluso frustrada, preferiría refugiarse crédulamente en un mundo imaginario -en medio de tanta tecnología, distracciones y cibermundos- mientras cree poder dejar atrás la pena de Sísifo, es decir, ir y venir no de sima a cima, sino de oficina a otra oficina, de promesa a desencanto, de candidatos a funcionarios, de exculpar penas a padecer fatigas democráticamente interminables.

Las consecuencias últimas de esa nueva versión son, por el momento, impredecibles.

Fernando I. Ferrán es profesor-investigador de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)