Cuba y el destino manifiesto

R. A. FONT BERNARD
El día 20 de mayo del 1902, Cuba inauguró su Independencia, pero no su soberanía. Nació ese día la República, y con ella murió la Colonia. Era un remedo de Estado, que se denominaba República, porque es mucha la diferencia entre una República independiente y un Estado soberano. Se inició la República, pendulando entre las imposiciones de la Enmienda Platt, (el senador Orville Platt), y los intereses financieros de Wall Street.

Cuba había sido objeto del interés de los Estados Unidos de América, desde el año 1854, cuando a solicitud del Presidente Franklyn Pierce, se había formulado un proyecto de contrato, tendente a su eventual adquisición a España. Ese proyecto contemplaba una erogación de cien millones de dólares, y dos argumentos lo sustentaban. Uno de ellos, de carácter económico, expresaba que “debido a la situación geográfica, que controla la boca del río Mississippi, y su comercio que se incrementa anualmente, debe buscarse un camino de expansión en el océano”. Y el segundo, de carácter racista, señalaba que “nos traicionaríamos ante la posteridad, si permitimos que Cuba se africanice, y se convierta en un segundo Santo Domingo, con todos su horrores, para la raza blanca, poniendo en peligro la blanca textura de la Unión”. Se advertía además, que Cuba pertenecía naturalmente, a la gran familia de Estado, en los que “la Unión es tutela providencial”. Era la doctrina del “Destino Manifiesto”, basada en la idea de expandir sus fronteras, temiendo que sus recursos naturales disminuyesen en breve tiempo, por lo que se imponía, como una imperiosa necesidad, encontrar otras fuentes en el exterior, particularmente en los países del litoral latinoamericano.

Ya para el año 1854, la Unión había adquirido mediante compra La Luisiana, y se había anexado el territorio de Texas, tras la Guerra del 1848. Y el año preindicado, el Presidente Pedro Santana había firmado un tratado secreto, mediante el cual se le cedía a los Estados Unidos la Bahía de Samaná.

En la primera mitad del siglo 19, se había iniciado la “Marcha hacia el Oeste”, y coincidiendo con ella, se inició la era de los grandes capitanes de las Finanzas: Morgan, Rockefeller, Vanderbilt, y la banca Morgenthau. Y en el área de las transformaciones industriales, James Retti había inventado la máquina registradora, William Burrought la máquina calculadora, Edison la bombilla incandecente, Alexander Graham Bell el teléfono, y Andrew Carniege había instalado la primera planta siderúrgica de los Estados Unidos.

Fue esa la etapa en que el senador Albert Beverige señalaba que la Unión estaba cosechando más de lo que podía consumir, y más de lo que podía usar. Por lo que, como advirtió, “debemos encontrar mercados nuevos para nuestros productos, ocupación nueva para nuestros capitales, y empleos nuevos para nuestros trabajadores”.

Por su parte, el Almirante Alfred Mahan postuló, que una potencia militar efectiva en los mares requería entre otras cosas colonias, por lo que se debían adquirir bases defensivas en el mar Caribe y en el océano Pacífico, con el señalamiento de Cuba y la isla de Hawai.

De tal manera, al iniciarse en Cuba la Guerra de la Independencia, el año 1895, la suerte contra su soberanía estaba echada. El tiburón, como lo diría muchos años después don Juan José Arévalo, estaba detrás de la sardina. Cuba, como lo editorializó el periódico “Word”, era un futuro prometedor para los Estados Unidos, “ya que se conocen sus riquezas minerales en cobre, hierro, carbón, oro, manganeso, y posiblemente petróleo”. “Los bosques y las tierras cultivables de Cuba, – añadió Word”, ofrecen grandes beneficios a los inversores que sepan cultivarlos”.

Con la peregrina excusa de la explosión del crucero Maine”, atracado en el muelle de La Habana, en una “visita de cortesía”, el Congreso de los Estados Unidos decidió la declaración de guerra a España, con la consideración de que, como se proclamó “Cuba es, y de derecho debe ser, libre e independiente”. Una consideración calificada como “buena y obligadamente moral”.

Vencida militarmente, España fue contreñida a firmar el Tratado de París, del 10 de diciembre del 1898, conforme al cual España cedió, mediante una compensación de veinticinco millones de dólares, Cuba, Puerto Rico, las islas Filipinas, y el islote de Guam, en el océano Pacifico.

Finalmente, Cuba obtuvo su libertad, el año 1902, pero no su plena soberanía, porque quedó mediatizada por la Enmienda Platt, que le prohibía firmar tratados con otras naciones, y autorizaba a los Estados Unidos a adquirir tierras sin limitaciones, y a mantener bases navales en ciertos puntos específicos de la isla. Un estado de servidumbre semejante al impuesto a nuestro país, el año 1905, con el Laudo Arbitral.

Si tuviese aún vigente la Enmienda Platt no tendría aplicación, porque, desde la aprobación del Texto Constitucional del 1976, “la República de Cuba repudia y considera ilegales y nulos, los tratados, pactos o concesiones concertados en condiciones de desigualdad, o que desconocen o disminuyen su soberanía, sobre cualquier porción del territorio nacional”. Una decisión constitucional afincada en el principio martiano que reza: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea, el culto de los cubanos, a la dignidad plena del hombre”.

José Martí, el Marti, objeto primario de mi devoción.