Cuento de Navidad
El niño que no pudo ser censado

http://hoy.com.do/image/article/479/460x390/0/F838F3B7-D4AD-4403-AD6A-E0DAF6CEF53B.jpeg

El emperador César Augusto había dictado un decreto ordenando un censo general de población. La vida del imperio necesitaba ordenarse, cuantificar el número real de sus habitantes, organizar los tributos, determinar la cantidad de extranjeros que habían emigrado a esas tierras en busca de nuevos motivos de vida; establecer, en fin, medidas reorganizativas que permitiesen fijar nuevas vías presupuestarias y moldea perfeccionados esquemas de gobierno que garantizasen un mejor destino para todos los habitantes, incluidos los reinos socios de Roma, que manejaba Herodes.

Llegado el día, luego de poner en práctica mecanismos de propaganda que informaron a todos sobre la necesidad de empadronarse y de cumplir con esta resolución oficial, válida para todos los ciudadanos, cada uno cumplió la encomienda, inscribiéndose en el registro de la ciudad a la que pertenecía. Empero, los judíos no vieron con agrado aquella disposición y protestaron airadamente ante Cirino, Gobernador de Siria. Uno de los líderes judíos, Judas Galileo, de hablar ruidoso y de maneras fértiles para la disidencia, se enfureció de tal manera que dirigió una sublevación contra el censo y contra el gobierno que lo patrocinaba, aunque sin resultados eficaces.

Aún así, muchos judíos buscaron la forma de cumplir con los objetivos del decreto imperial, y salieron hacia la ciudad de David, llamada Belén, para empadronarse. Los romanos, en esta parte, respetaban las costumbres provincianas contrarias al desarraigo y al abandono del lar nativo.

Por eso, los judíos volvían siempre a la ciudad de sus orígenes, que era Belén, por ser el solar de todos los hijos de David, sin importar cuán lejos muchos se encontrasen viviendo de ella. Entre los que subían de Galilea, específicamente de la ciudad de Nazareth, hacia Judea, para llegar a Belén, se encontraba un humilde carpintero y su esposa: él, pacífico, obediente, leal a su estirpe y a las leyes vigentes, trabajador infatigable, de mirada serena y de caminar pausado y silencioso; ella, mujer de grandes arrestos, hermosa e inteligente, vivaz y sencilla, cuya enorme capacidad para enfrentar los imprevistos del destino con estoico apremio contrastaba con su vehemente personalidad, abierta siempre a innumerables interrogantes pero al mismo tiempo subordinada a los dictados del corazón y de la gracia.

Ella, María; él, José. Ella, encinta desde hacía ya casi nueve meses; él, dispuesto a cumplir su tarea de padre en potencia, y sin embargo dudoso de las formas como se habían presentado las cosas, sobre todo después de que María, temerosa y vacilante, le contase lo sucedido con aquel Ángel enigmático y risueño que le había comunicado la noticia de su embarazo y de su futuro alumbramiento, sin mediar pasiones.

José ya había superado las largas semanas de rechazo que siguieron al momento en que el vientre de María comenzó a expandirse, pero seguía igual de dubitativo tras aquel inexplicado suceso, muy a pesar de nuevas presencias anunciadoras y calmadoras del Ángel que no hicieron más que producir en él nuevas dudas e interrogantes. De pronto, justo cuando llegaban a Belén para el empadronamiento, María sintió los primeros dolores de parto. Avisó a José, mientras cabalgaba en un jumento tierno y sumiso que había cumplido, no sin dificultades, la encomienda de traerlo a Judea para cumplir con el censo. Inútilmente, José clamó por ayuda en posadas y mesones de la comarca, sin que nadie pudiese darle cobijo y ayudarle a preparar el momento del parto de María. Ella se desesperaba, mientras calladamente musitaba una oración que repetía una y otra vez, al tiempo que lloraba tenuemente y el frío congelaba su cuerpo a punto de abrirse a nuevas realidades.

Al fin, desesperado, José encontró unos pastores que le abrieron hueco en un establo, donde yacían animales de distintas especies, que los diligentes cabreros limpiaron con inusitado interés, mientras acotejaban pieles y pajares para que María cumpliese allí su destino de madre, frente a un esposo que, llegado el momento supremo, había perdido su ecuanimidad, le brotaban chorros de sudor aún en medio de aquel frío tenaz y se mostraba nervioso mientras pasaba suavemente sus manos callosas por el cutis terso y bello de su mujer.

Cuando el bebé lanzó su primer grito de dolor a su llegada al mundo, José sintió un desvanecimiento similar al de su mujer, pero ambos sacaron fuerzas de sus adentros y se dispusieron a cuidar de aquel niño que había alumbrado María en circunstancias excepcionales, llenos de un gozo extraño y, al mismo tiempo, ignorando que estaban

protagonizando un momento sin precedentes en la historia de la humanidad.

Uno de los pastores, cuyo nombre no recuerdan las crónicas, oyó clara la voz de un desconocido que gritaba, con alegría desbordante, una frase que con los siglos pasaría a formar parte del catálogo de iconos verbales de la gente de fe y de virtudes:

“Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

José, sin embargo, aunque algunos relatos memoriosos del suceso hechas por testigos oculares y por colaboradores anónimos del alumbramiento digan lo contrario, estaba tan apurado atendiendo al retoño de María que no tuvo tiempo ni oído para escuchar ese clamor. Lo supo después, cuando los pastores contaron en el establo a él y a María la historia de los ángeles que estuvieron merodeando por el lugar, casi clandestinamente, en la hora del parto, quienes afirmaban que en ese corral de pobrísima estampa, estaba naciendo El Salvador. María, mientras tanto, permanecía callada, a pesar de las interrogantes que con la mirada le hacía su esposo. Ella estaba decidida a guardar todo en su corazón, a meditar sobre el suceso que se le había anunciado de forma intempestiva y sin mediar razones, nueve meses atrás, y a asumir en lo adelante su rol de madre y protectora del ser que había procreado, a sabiendas de que, pese a todo, le esperaban en lo adelante años difíciles y contratiempos insólitos. Sobre el pesebre, arropado con pañales que María trajo desde Galilea para su viaje censal, dormido, con un semblante risueño, frente a la luz brillante de una estrella que se colaba por una rendija del lugar, yacía el niño que no tuvo tiempo para ser censado. Le llamaron Jesús, y en el momento en que María recordaba a José el nombre con el que debía ser reconocido, pudo observar cómo su esposo, iluminado por una extraña luz, se recogía en un rincón del dornajo mientras rezaba bajito uno de los preciosos salmos de David, cuya única estrofa audible por su mujer fue aquella que decía:

“Cantad a Yavé un cántico nuevo, porque Él ha hecho maravillas con nosotros”.

(Basado en el evangelio de Lucas, Cap. 2, vers. del 1 al 20).

 “Cantad a Yavé
un cántico nuevo,
porque Él ha
hecho maravillas
con nosotros”.