Cuerpo de Cristo

PEDRO GIL ITURBIDES
La forma en que se guarda esta festividad habla de los cambios que se producen en las sociedades. Por supuesto, debo admitir que es una celebración propia del calendario litúrgico que seguimos los católicos cristianos. Sin embargo, también hemos de recordar que su establecimiento alude a un hecho propio de la vida de Nuestro Señor Jesucristo. Porque con ella se recuerda el día en que estableció la Sagrada Eucaristía.

A muchos ha chocado que tenga lugar en mayo, aún antes del día de las madres. Ocurre que esta celebración del cuerpo y la sangre de Jesús es fiesta móvil. Tiene lugar después del domingo en que se recuerda la trinidad de Dios, y éste día, a su vez, ocurre el domingo después de Pentecostés.

Entre las lecturas bíblicas de este día se encuentra aquella del evangelio de san Juan, en que Cristo reclama que comamos su cuerpo y bebamos su sangre. Entre los presentes, muchos se preguntaron cómo podía invitar a que ello ocurriese, pues el pueblo judío había puesto fin, muchos siglos antes, al sacrifico humano. El anuncio del gran cambio -hemos compartido este pensamiento con ustedes-, ocurrió con Abraham y su hijo Isaac. La descripción de aquél suceso invita a ese pueblo a glorificar al Creador de otro modo que no sea por vía del homicidio sacralizado.

Ahora llega el nazareno, y en una de sus prédicas, les dice a las gentes que se lo coman.

–¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, dice san Juan que se preguntaron muchos asistentes a aquella reunión.

A los propios respondió Jesús en la noche de la pascua judía, cuando celebró lo que popularmente llamamos “la última cena”. Los evangelistas que recogen ese acontecimiento colocan a Nuestro Señor junto a aquellos a los que preparaba para difundir su palabra. Tenían pan ácimo y vino en la mesa, conforme las instrucciones que había dado a los dos discípulos a quienes encargó los preparativos. Contra la tradición judía, no pidió que incluyesen carne del cordero joven. ¡El era el cordero!

Reunidos, tomó el pan, pronunció la bendición, comió, lo partió y lo dio a quienes lo acompañaban. Les dijo: “tomad, éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros”. Luego sirvió vino en la copa, de nuevo pronunció la bendición, bebió y lo hizo beber a los suyos. En tanto lo hacían, les dijo:

“esta es mi sangre, sangre de la alianza, que será derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Luego les pidió que cumpliesen aquel rito en su memoria.

La exaltación de ese momento supremo, cuando Jesús les deja un rito y configura una liturgia para la unión de sus gentes, es lo que la Iglesia entrega hoy.

Pero hubo días en que el jueves de Corpus era como un Viernes Santo.

Solamente las actividades de carácter comunitario, esenciales a la preservación del buen ordenamiento y seguridad, o a la salud de las gentes, se mantenían. Todo lo demás cesaba como por encanto.

Fruto de este respeto que se mantenía hacia la instauración de la eucaristía, y hacia esta forma de celebrarla en día como hoy, fue el cuento del buey que habló a su amo. Hasta éste, apelaban a este recurso quienes deseaban que los muchachos nos tranquilizásemos en fecha tan solemne, le había dicho a su amo que en este día no trabajaría. Pero el mundo se ha secularizado de tal forma, y se ha perdido tanto respeto a las cosas sagradas, que ya ni del cuento se acuerda nadie.

Ni siquiera en el día de la fiesta del cuerpo y la sangre de Nuestro Señor.