¿Cuestión de derecho o de deber?

MARLENE LLUBERES
Día a día vemos cómo en nuestra sociedad el interés individual prima ante el interés colectivo. Cada individuo lucha por lo que desea, realizando acciones que lo impulsan, producto del egoísmo, a reafirmar sus derechos en contra de quienes lo rodean, como única vía de establecer superioridad y dominio.

En los últimos años se ha incrementado la exaltación del “YO”, pues ésta es inculcada desde muy temprana edad, lo que ha acentuado el aislamiento de los hombres llevándolos a tener un vacío existencial provocado por el hecho de que el ser humano no fue creado para vivir solitario, sino en sociedad y, dentro de ella, para servirse unos a otros.

Producto de esta enseñanza, es común que las posiciones de autoridad sean usadas para maltratar, minimizar y hasta despreciar a quienes son subordinados, sin tomar en cuenta sus necesidades y prerrogativas, a pesar de que los derechos humanos han sido establecidos para todos, independientemente de su estatus social, raza, nacionalidad, rango o poder. Esta situación no afecta únicamente las relaciones laborales, sino a todo tipo de vínculos interpersonales, incluyendo a los de pareja y a la familia, núcleo más importante que da base a toda sociedad.

Dios creó al hombre y a la mujer en igualdad de condiciones, por lo cual debemos conducirnos sin hacer distinción entre unos y otros, tratando siempre de amar al prójimo como a nosotros mismos, entendiendo como prójimo no sólo a los que visiblemente padecen necesidad, sino también a todos los que conforman nuestro entorno, independientemente al tipo de relación de que se trate.

En estos días mucho se escucha hablar de la necesidad de exigir nuestros derechos, sin embargo, si prestáramos más atención al ejemplo que nos legó Jesús, nuestro enfoque cambiaría ya que nos orientaríamos menos hacia la lucha por nuestros propios derechos y más hacia llevar a cabo nuestras responsabilidades, luchando por hacer cumplir los derechos de los demás. El Hijo de Dios fue falsamente acusado, injustamente condenado, brutalmente torturado y finalmente crucificado, negándose hasta el final a defender o exigir sus derechos, y todo esto con el propósito de beneficiar a la humanidad.

Es Dios que nos ha mostrado que la verdadera grandeza debe ser entendida en términos de servicio, no mirando cada uno lo suyo propio, sino que nos enseña que el que dirige debe ser como el que sirve. Al hacerlo, experimentaremos el sentir que hubo en Jesús, no haciendo las cosas por vanagloria o contienda, sino en humildad estimando cada uno a los demás como superiores a si mismo, no mirando por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.

El hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. (Mateo 20:28)

mlluberes@hotmail.com