Cultos a los santos y a la magia

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POR ÁNGELA PEÑA
Es una reserva de misterios y secretos, una cadena de grutas y formaciones naturales que parecen milagros, metamensajes del Señor que las creó o señales de la naturaleza que tal vez las ha alterado queriendo expresarse en lenguaje místico.

Es santuario, lugar de retiros y magia, escenario de ritos y arrobamiento, de aguardiente y palos. Es belleza conservada casi virgen. Es, lamentablemente, la más patética demostración de indiferencia y abandono.

A pesar de sus encantos y de su historia, la Cueva de Mana de La Mancha, entre San Cristóbal y Yaguate, es un punto olvidado, descuidado, de difícil acceso. Tal vez por eso es tan desconocida para la mayoría de los propios dominicanos. Hay que tener una gran dosis de fe, temperamento aventurero, resistencia y espíritu de sacrificio para poder llegar a ella, descubrirla, poseerla e inquietarse intentando descifrar el enigma de sus interminables túneles y asombrosos relieves, o calmarse para encontrar la paz que proporciona su vecindad con el cielo, su incomprensible alejamiento.

Hace muchos años, más de medio siglo, una reconocida vidente seguida por multitudes en busca de sanación, llegó a esas cavernas que luego abandonó dejándola impregnada de sus recuerdos mesiánicos. Allí estuvo curando durante años. Su nombre es venerado como de santa. Los lugares escogidos para consultas, internamientos y diagnósticos, sus métodos curativos, sus tratamientos, son tradición, leyenda que forman parte del espontáneo recorrido que dirigen Niña y Mercedes Cabrera, José Isabel de los Santos, Demetrio Mateo Rodríguez (Pasito), Gloria Carvajal, Puro Valdez (Rafael) y José Altagracia Ramírez (Michael).

No son arqueólogos, guías turísticos, historiadores o sociólogos. Son lugareños que acuden eventualmente a limpiar y cuidar las veintiuna cuevas adornadas con imágenes de todos los santos, y a las que dan variadas interpretaciones, todas mágico-religiosas. “Existen veintiuna divisiones y aquí hay esa misma cantidad de altares”, expresa Niña. En eso, prácticamente, se ha convertido la Cueva de Mana de La Mancha: en altares dedicados a San Miguel, San José, La Altagracia, San Santiago, La Milagrosa, La Dolorosa, Santa Clara, San Lázaro, Los Santos Médicos, La Mano Poderosa, Las Mercedes, San Andrés, San Elías, Santa Martha, San Martín de Porres, San Gregorio, La Santa Cruz… Unos los llaman según el santoral católico y otros los identifican por el ritual profano: Anaísa, Belié Belcán, Candelo, Metré Silí, Ogún Balendyó, Damballah… Los atabales y las fiestas de palos se prolongan hasta por tres días para conmemorar las fechas de esas divinidades.

“Pasito” subió con su grupo Los Araucanos de Boca de Mana para cantarle y tocarle a la Virgen, a Bibiana: “Adió mis amigos ¿cómo tan utede? / Vamo a ver subiendo a la Virgen de Mercedes / Unos van subiendo, otros van bajando / A La Mercedes la van coronando. / Virgencita de Altagracia que no puedo, oh, oh, eh eh/ Virgencita de Altagracia que me muero. / Virgen de Mercedes, compañera mía / llévame a mi casa donde yo vivía./ Le mandó a decir Bibiana a toda su romería / Levanten el firmamento que se está llegando el día”.

EL PIE DIVINO, LA EXTRAÑA CRUZ

Para llegar a las cuevas hay que subir una empinada loma accidentada, salvando pedregones inmensos, cambrones y otras plantas silvestres que bordean el estrecho camino recorrido en caballos, mulas, burros, para descender y escalar una segunda cuesta, más pequeña. Algunos se animan a llegar a pie. Cuando el ciclón David, el santuario fue refugio de treinta y dos familias a las que llevaban alimentos en helicópteros.

Hay varias cruces a la entrada y pronto se está frente al salón principal con el altar mayor. Ahí, Niña Cabrera lleva el ritmo de los palos con su pañuelo verde dibujando el aire, transportada al son de dos alcahuetes, una güira y un palo mayor. Vuelve a la realidad con el último toque para inclinarse reverente ante las imágenes y exclamar, ya calmada: “Gracias a la Misericordia”.

Luego va mostrando secciones de la cueva que parecen interminables: un túnel profundo, oscuro, donde supuestamente Bibiana hacía sus curaciones. Hay que iluminarlo con linternas para apreciar sus santos y sus velas en el fondo. Al avanzar, una cruz formada en los muros y José Isabel que explica: “Esa cruz no la hizo hombre”. Como tampoco son obra de varón el imponente altar en que colocaron a Jesús bautizando a San Juan ni el pie divino que según ellos, cura. Tiene en la parte superior un asiento y las piezas restantes representan una pierna y un pie que sirve de estribo al que lo ocupa mientras Niña pasa su paño, orándole, tal como lo hacía Bibiana, asegura.

Después, entre golondrinas, murciélagos y esplendorosos resplandores de luz se llega a otros templos, santuarios, a dormitorio y cocina. En el trayecto se observan amontonadas botellas vacías de ron, whisky, cerveza. “Aquí se prenden de noche tantas velas y velones que parece de día”, confiesan.

Bibiana tal vez no quiso estos ritos. Era católica y atrajo sacerdotes a su refugio. El sociólogo Dagoberto Tejeda Ortiz refiere en su “Monografía de un Movimiento Mesiánico Abortado”, que la dama devolvió la vista al padre Marcelino Borbón y que tenía amistad con curas que periódicamente iban a oficiar misa. Pero eso era ya en Mana, donde levantó el templo que aún perdura junto al llamado Pozo de la Virgen donde hacía sus curaciones, en cuyos alrededores viven devotos descendientes que reverencian su memoria y cuentan testimonios de aquella que el pueblo tornó en “diosa-leyenda”, a la que llamaban cariñosamente “La Patrona”, “La Virgen”, “la Vieja, o sencillamente “Bibí”, escribe Tejeda.

Las Cuevas, en cambio, atraen metresas y luaces, “facultos” y “misterios” que van a tomar posesión de “caballos” y “materias”. Seducen a curiosos, turistas, estudiosos interesados en descubrir los orígenes ocultos de esas cavernas inauditas, preciosas, en las que todavía no reparan los jefes de Turismo y Medio Ambiente. En lo que la acondicionan y le construyen la carretera que demanda su atractivo natural, su importancia histórica, merece la pena el sacrificio de visitarla, admirarla, y seguir a Niña en éxtasis ondeando su pañuelo hasta que “Pasito”, cansado o embriagado, se despida: “Adió mis amigos, / señores, adiós, / queden con los santos / yo me voy con Dios”.