Cultura financiera. Sin metas no hay paraíso

Muchas de las decisiones que tomamos tienen consecuencias que se extienden hacia el futuro. Escoger una carrera universitaria, formar una familia y cambiar de trabajo son algunos ejemplos. Lo mismo sucede con muchas decisiones que tienen implicaciones financieras: adquirir un vehículo o una vivienda, emprender un negocio.

Todas estas decisiones tienen en común que viviremos sus consecuencias – las buenas y, si las hay, las malas – por un tiempo bastante largo. Por tanto, el sentido común indica que decisiones de este tipo deberían ser tomadas solo después que nuestros objetivos de vida estén claros.

De otra forma, estaremos tentando a la suerte y tendremos muchas probabilidades de, más adelante, tener que desandar camino.

Precisamente, este es el pecado original financiero que cometemos muchos de nosotros: decidimos muchos aspectos de nuestra vida basados en supuestos – que por socializados se aceptan como verdades inmutables – y no en objetivos claros y propios que sean referencias firmes para nuestro rumbo. No es de extrañar, entonces, que nuestro presente financiero esté contaminado por las secuelas de decisiones de largo alcance tomadas sin un sentido de dirección consciente y que tome en cuenta los cuándo, los cuántos y – sobre todo – los porqué.

¿Y si nuestros objetivos no están claros? ¿Por dónde comenzar? Pues por aceptar que construir los objetivos es un proyecto en sí mismo, un proceso que puede tomar tiempo, por lo que no hay que apresurarse. Ni, tampoco, decidir nada permanente hasta haberlo hecho.