Dan clases a 500 niños sin techo, piso ni útiles

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El abandono en el que está sumido el camino que lleva a la Escuela Básica Altos de Chavón, en Los Alcarrizos, es el mejor presagio de lo que encontrará quien llegue hasta las instalaciones en las que funciona el centro educativo.

Al llegar a ella, a pesar de la bandera que intenta ondear hacia el cielo, nadie podría suponer que allí toman clases más de quinientos niños. Repartidos en dos tandas, por las mañanas asisten casi doscientos estudiantes, mientras que en la tarde acuden más de trescientos.

Estos alumnos, a su vez, se dividen en cuatro espacios: dos aulas que funcionan en una rancheta de cemento y planchas de zinc y otras dos que están al aire libre, bajo el cobijo del sol y del viento.

El suelo, de tierra y piedras, se traduce en un incómodo polvillo cuando llegan los tiempos de sequía. Cuando llueve, sin embargo, la docencia se da por anulada: el lodo, sumado a los agujeros que tiene la parte techada, obligan a despachar a los niños.

Eso sucedió ayer, una jornada en la que las clases terminaron a las once y media de la mañana, cuando comenzó a lloviznar y el cielo se oscureció por culpa de las nubes.

[b]HEY, GUARDAME UNA SILLA[/b]

Eran poco más de las once cuando comenzaron a llegar. Vestidos de andar por casa, llevaban sus cuadernos, mochilas y otro tipo de útiles escolares. )La intención? Esperar que despachen a los niños de la mañana para poder reservar el pupitre que usarán en horas de la tarde.

“Yo soy de sexto y vine para coger una silla. Nosotros entramos a las dos de la tarde pero venimos a guardar nuestra silla. Cuando venimos le ponemos un libro o la mochila y así los otros saben que está ocupada. De esa forma no nos quedamos paradas”, expuso Karina Herrera.

[b]PESE A TODO, ESTAN MEJOR[/b]

Está en un maltrecho pupitre. Pese a ello, el director de la escuela, Pedrito Alvarez, agradece que hoy tiene dónde sentarse para hacer sus labores.

No parece el director. Con un folder en las rodillas, inclinado frente a un folder que equilibra en sus piernas, está ubicado fuera de la escuela. “Ahora estamos mejor”, comienza a decir antes de explicar que por lo menos este espacio es de ellos mismos. “Antes estábamos alquilados y el sitio era mucho más estrecho. Este solar lo donó la comunidad y tuvimos que hacer esa pequeña construcción. Desde septiembre estamos aquí”.

A pesar de la “mejoría”, la falta de espacio y de servicios es una molestia para niños y maestros. Para entenderlo, basta saber cómo están repartidos los cursos. En la mañana se juntan, en el único salón totalmente cubierto pero con escasa ventilación, ochenta y cinco estudiantes de los cursos de inicial y primer año de básica. Para las maestras, tal como atestigua Gertrudis Mercado, de primero, es bastante difícil impartir clases así.

“Aquí hay muchos estudiantes que están de pie, no tienen asientos. Ellos se apoyan en el escritorio de la secretaria que también está aquí. Es muy difícil trabajar así porque los niños de pre-primario tienden a hablar mucho y a cantar. En esos momentos no se puede dar la clase como se debe”.

Peor aún están los de segundo de primaria: les toca en el patio, a pleno sol, debajo de unos palos en los que a veces se coloca una lona. En el curso de al lado, semi-cubierto por planchas de zinc, están los muchachos de cuarto de primaria. Allí su profesora, Diega Núñez, se queja de que no tienen nada. “Aquí no tenemos sanitarios, ni luz ni agua ni teléfonos ni nada”.

Lo más caótico, a juicio de Mercado, es el asunto de los inodoros. “Los niños se hacen pupú ahí detrás de esa ventana (la que da al curso en el que están), ya esto hiede, hay un mal olor grandísimo y es por la falta de un baño”.

Volviendo a las aulas, los niños que toman clases por las tardes están en una situación peor: el espacio queda pequeño para albergar a un tercero, quinto, sexto, séptimo y octavo curso.

Así, en un ambiente poco adecuado pero propio, están los pequeños de Altos de Chavón, un lugar que en nada se parece al atractivo y mágico espacio al que le deben su nombre.