Danilo y una imprevisión imperdonable

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Hace una década tuve el privilegio de iniciar el primer experimento nacional de lectura de noticias en radio a través de dos computadoras instaladas en el locutorio de Noticiario Popular. Los contenidos eran enviados electrónicamente desde la redacción central, que yo dirigía. Los presentadores de noticias, aunque de primer orden, no pudieron disimular las tensiones ante la novedad del “telepromter”. El dueño de la empresa, el innovador Rafael Corporán de los Santos, ejecutivos medios y periodistas se agolparon emocionados detrás de los locutores. Aquello fue un espectáculo para la historia.

Como precaución frente a cualquier falla técnica, cada locutor tenía a su lado una copia impresa de las noticias que corrían en pantalla, a la cual apelarían para garantizar el ritmo del noticiario. Y así lo hicieron cada vez que ocurrieron inconvenientes desagradables.

Herbert Schlafly (fallecido este año), a petición del estudio de cine de Twentieth Century Fox, inventó ese aparato hace poco más de 60 años para facilitar el trabajo a los actores, presentadores, oradores…  Pretendía con ello, resolver tres aspectos básicos: “más naturalidad frente a los públicos, controlar y mejorar el mensaje verbal, y mejorar aspectos de la comunicación no verbal”.

Desde entonces, son muchos los que la han pasado mal con el también llamado “promter o autocue”. Desde Eisenhower hasta Bush y Obama, en Estados Unidos, donde inventaron el dispositivo. Ni hablar de otros escenarios.

Aquí, el Presidente Fernández fue el primero en estrenarlo, en 1996. Y desde entonces se las ha lucido; por muchas razones: su carácter y su personalidad; su abonada oratoria; su experiencia docente vinculada al mundo de la comunicación; su carisma. Él ha sabido lidiar con las espinas que la susodicha tecnología le ha puesto en el camino.

Pero no todos los políticos reúnen esas fortalezas comunicacionales. No tienen por qué tenerlas para ser políticos, aunque fuese lo  deseable. Urge, eso sí, que estos identifiquen sus debilidades para no caer que la que cayó este domingo 27 de noviembre el candidato presidencial Danilo Medina durante el acto de proclamación de su candidata vicepresidencial, Margarita Cedeño, en la Arena del Cibao: el promter (o quien lo manipulaba) le hizo una mala jugada.

Y  peor fue su salida, al detenerse, resaltarlo y esperar hasta la corrección de la falla. El público presente y los miles que le seguían a través de la televisión y la radio no eran culpables; por tanto, no tenían que soportar la sanción.

El candidato debió tener una copia del texto en una tableta o, en su defecto, impresa, para resolver eventualidades como la presentada. Para algo deberían servir las experiencias de otros. Quizás algún tecnofílico asesor le echó un pelo al sancocho al asumir que la “perfecta tecnología” mandó al carajo al ser humano (soberbio despropósito), por tanto, era innecesaria una copia analógica.

Medina necesita trabajar sobre sus fortalezas, que son muchas. Su texto fue sustancioso pero muy largo, como el de Margarita (necesitan aprender del maestro de la charla radiofónica Juan Bosch).

El discurso no es solo la parte escritural. A Medina le urge salir de la simple lectura de un texto para empatar con los públicos, integrarlos más, impactar más; y eso no se logra con tantas formalidades. Le urge dramatizar, atender más a su dinámica gestual; hablar con Chepita la que vende té en la esquina y con Pedrito mastica chiclets. Ella y él deberían entenderlo aplicando la “ley del menor esfuerzo”, y deberían emocionarse con ello. Porque de ella y de él pende su triunfo el 20 de mayo. Un discurso político no deja de ser tal si adopta variaciones en función del “target”. Leerlo nada aporta a públicos ávidos de emociones, de contagio.

El del domingo fue un acto tal vez irrepetible donde Danilo debió lucírsela agitando a los públicos. Volvió a ser monótono y seco cuando debió ser más actor. Por suerte para él, aún le queda tiempo para cambiar.