Daños incalculables

Fueron cuantificados los daños ocasionados en el norte y el noroeste por las ríadas que sucedieron a las torrenciales lluvias de la semana tras anterior. Sabemos que cerca de una decena de moradores de las riberas de ríos y arroyos se ahogaron o están desaparecidos a causa de las mismas. Y los técnicos hablan de mil millones de pesos en pérdidas ocasionadas a la agricultura, viviendas y negocios. Miles de moradores permanecen fuera de sus viviendas, lo cual ocasiona ansiedad y tensiones de intangible valor material, pero de terribles efectos emocionales.

Existen otros daños de mayor magnitud, vinculados a los niveles de regeneración ecológica, recreación de los sistemas productivos y recuperación de la confianza en el trabajo cotidiano. La Naturaleza, que siembra el pavor entre sus criaturas, tiende a recuperarse, dándonos ocasión de fortalecernos. Marchamos a su zaga, en cambio, y no siempre impulsamos aquello que ella o nosotros hemos destrozado. Y entre aquello en que tarda nuestra acción reconstructiva figura la esperanza de en renovar lo dañado.

Una acción pública tan rápida, como suficiente, eficaz y pertinente permitiría el crecimiento de la fe en el mañana. Una acción pública tanto tardía, cuanto mezquina y roñosa, parcializada y excluyente, sepulta la creencia en la recuperación. Entonces sobreviene el éxodo de los más aventajados y diligentes, y permanecen en las zonas afectadas los menos aptos y hábiles para reconducir el proceso de recuperación.

Ocurre ello en todas partes, y ha pasado en todas las oportunidades en que las tremendas e inescrutables fuerzas naturales eclosionan para poner a prueba el temple de la raza humana. Los elementos fundamentales el agua, el aire, la tierra y el fuego han sacudido el planeta desde el principio mismo de la creación. La especie humana pudo atemorizarse en aquellos días iniciales, como tiembla todavía ante lo desconocido.

Pero escondidas en el alma virtudes como el amor y la solidaridad, la entereza de ánimo y la templanza, afloraron en instantes de dificultad para catapultar a los sobrevivientes. Pero han necesitado siempre, del amor y la caridad entre cuantos sobrevivieron a las tormentas, y de la solidaridad que de estas virtudes dimana. La acción social, el peso de las fuerzas sociocéntricas, han sido claves en la obra de dilatar el porvenir.

El Arzobispado de Santiago y el sufragáneo Obispado de la Diócesis Mao/Montecristi apelan a estos sentimientos. Han llamado a la obra del samaritano en los caminos orlados de dolor entre casas y sembradíos arrasados, y entre esperanzas derruidas. Pero es la acción pública, que sintetiza y explica la inclinación social de la especie, la que tiene que soportar el peso de esta obra reconstructora.

El sector público no puede recomponer lo dañado con raciones alimenticias, frazadas y colchonetas. Por supuesto que este auxilio tranquiliza a los desgraciados y consuela a cuantos perdieron muchos o pocos bienes materiales. Y es plausible que esas entregas se cumplan puntualmente, como expresión primera de la inquietud que el daño despierta en el administrador público.

Pero abonar de esperanzas los ánimos frustrados requiere de políticas que apunten al crecimiento de esas subregiones del Cibao, con un sostenido trabajo de apoyo a la agropecuaria, inversión en infraestructura social, y un gasto social dedicado a la salud y la educación. Es la única forma de lograr que aquellas otras pérdidas de mayor magnitud, las que no están sujetas a avalúos financieros inmediatos pero que son susceptibles de dejar huellas emocionales permanentes, pueden ser compensadas.

Es hora también de reordenamientos de esos grupos humanos que retan al peligro construyendo en lechos de cañadas y arroyos secos y en riberas de ríos dormidos. Muchos, se afirma, se ubican en laderas ribereñas para explotar la devoción social por la pobreza irredenta. Y es probable que estas características sean propias de algún empresario de la damnificación.

Pero todavía es verdad más grande, la de que la postergación de los programas de promoción humana conduce a centenares a vivir en el filo de estos peligros.

Enfrentar los incalculables daños que resultan de las pérdidas de predios, herramientas y medios de vida, es, por consiguiente, la principal tarea del Gobierno Dominicano en las zonas afectadas por los desbordamientos de los ríos en las recientes semanas.