De Amín Abel al golpe de Estado

Yo solo sé que esta noche/ no brillan las estrellas en el cielo.
Esta noche, Amín, todas escaparon/ y solo tu, lucero incandescente/
Llenas los espacios siderales./No comprenden, acaso,/los torpes asesino/
Que las ideas ¡no mueren con la muerte!
Con solo un día de diferencia, hace 46 años que conmemoramos dos hechos históricos ocurridos en el mes de septiembre: el bárbaro asesinato de Amín Abel Hasbún, en presencia de su mujer y su hijo más pequeño, un 24 de septiembre que puso fin a la vida valerosa de un joven idealista, revolucionario, entregado a su causa con la integridad y el coraje que solo por un noble ideal se asume; y el fatídico Golpe de Estado contra el gobierno del Profesor Bosch, ejemplar discípulo de Duarte, el líder político y gobernante de mayor estatura moral, derrocado el 25 de septiembre de 1963.
Estos dos hechos trágicos, luctuosos, tienen, de común, las mismas raíces: El miedo. “El miedo es el enemigo más poderoso de la razón.” “Cuando el miedo desplaza la razón, el resultado suele ser odio y división irracionales.” (Al Gore, Vicepresidente de los Estados Unidos (1993-2000) “El Ataque Contra la Razón”, pág. 35). En lenguaje de García Márquez, el golpe de Estado Bosch, fue la crónica de una muerte anunciada, del miedo cerval al cambio indeclinable que su recia personalidad garantizaba. Antes de llegar al poder, azuzada por el miedo y la pasión irracional, el sector conservador, vencido en las urnas, conspiraba. Sus prédicas conciensando al pueblo, denunciando sus males y sus causas, provocó el pánico en la oligarquía y la casta dominante. Y Bosch lo sabía, no podía ignorarlo. Fue advertido, pero no podía renunciar a sus principios. Claudicar, darse por vencido. Traicionar su propia vida, la Constitución que había jurado cumplir y hacer cumplir. Retener el poder a toda costa, no era su precio.
Consciente del papel que le reservaba la historia, no debió sentirse menos cuando no aceptó la ayuda norteamericana, ni siquiera el respaldo del grupo de oficiales leales a su uniforme y a la democracia, encabezado por el Coronel Fernández Domínguez. Tampoco le resta valor la intención de renunciar, antes de provocar con su tozudez un derramamiento de sangre que de igual manera se produjo cuando el miedo, ese “heraldo de la muerte” ya en desbandada, acudió a las tropas invasoras, renegando la democracia, la auto determinación, la libertad y justicia de un pueblo sublevado.
El miedo esa vez fue vencido, al igual hizo la clarinada de los expedicionarios del 14 y 20 de junio contra Trujillo, la insurrección del 1J4 y Minerva, el alzamiento de Manolo y la Guerrilla de Caamaño contra el régimen despótico del Dr. Balaguer. Pero la política del miedo que veladamente ofusca y confunde, subsiste. Adopta nueva forma. “Puede convertirse en una fuerza destructora que aniquila el carácter de una nación.” Es ese miedo taimado y cómplice, incapaz de enfrentar la corrupción, la violencia criminal, la impunidad. Fortalecer las instituciones democráticas, abandonar los oprobios que, efectivamente, a cuenta gota, van aniquilando el carácter de la nación que enaltece el Himno Nacional…