De antropología y razas

A pesar de que entre los años 1859 y 1870 fueron fundadas sociedades antropológicas en París, Londres, Nueva York, Moscú, Florencia Berlín y Viena, fue un aristócrata del Segundo Imperio, orientalista amateur y diplomático de carrera, quien conmovió a Europa con la tesis de que la hermandad humana, proclamada por la Revolución Francesa, no era sino un vano, vacío y repugnante sueño, ya que estaba basada en la feliz creencia de la igualdad humana.
Ese aristócrata, el conde José Arturo de Gobineau, escribió en su “Ensayos sobre la inigualdad de las razas humanas” (1853-1855) en cuatro volúmenes encaminados a probar la supremacía de la “raza nórdica” (entre los muchos equivocados admiradores de Gobineau estaba Richard Wagner, quien creyó encontrar en el conde las pretendidas bases científicas para sus ‘prejuicios raciales y sus violentos escritos sobre las diferencias humanas. (Stein; “El pensamiento racial de Richard Wagner”).
Unos cuarenta años más tarde, Houston Steward Chamberlain, yerno de Wagner, lanzó de nuevo los puntos de vista de Gobineau en una obra intitulada “Las fundaciones del siglo 19”. Esta obra, descrita como uno de los libros más estúpidos jamás escritos (entre otros, por Oakesmith en “Raza y nacionalidad”) gozó de enorme popularidad en Alemania. El kaiser Guillermo II lo llamaba “mi libro favorito” y lo propagó ampliamente.
Se tiene entendido que estas dos obras, la de Gobineau y la de Chamberlain, son las progenitoras espirituales del “Mein Kampf” de Adolf Hitler, del que, por cierto, recientemente se ha autorizado una nueva edición, con todo lo que esta pueda implicar.
Dice John Oakesmith su obra citada: “La esencia de la teoría racial especialmente como es mostrada por los escritores de la escuela de Houston S. Chamberlain, es profundamente inmoral, así como innatural e irracional. Esta asevera que por virtud de pertenecer a cierta ‘raza’, cada miembro individual de la misma posee cualidades que inevitablemente lo destinan a la realización de ciertos fines; en el caso de los alemanes, el fin principal es el dominio universal, estando todas las demás razas dotadas con cualidades que de modo inevitable las destinan a la sumisión, la esclavitud a los ideales alemanes y a los amos alemanes. Esta estúpida concepción ha sido la causa o raíz de ese enfermizo egoísmo nacional cuya exhibición durante la guerra, ha sido a la vez el escarnio y horror del mundo civilizado”.
Alemania estaba sumida en un hondo sentimiento de frustración, luego del fracaso de la Primera Guerra Mundial. El toque genial de Hitler fue proveer a los alemanes de una nueva mitología, haciéndolos creer que pertenecían a una raza superior o “Herrenvolk”. Hitler también les ofreció toda la visión filosófica general del mundo o “Welstanshauung”. Willen A, Bonger, en su libro “Raza y crimen” apunta: Si uno pregunta si esos partisanos (los nazis) tuvieron siquiera un éxito parcial en la prueba de su tesis, la respuesta tiene que ser un decido “no”. No hay realmente ninguna teoría, sino una religión de segunda clase. Las cosas no han sido probadas sino alegadas.
El mismo Hitler, según una conversación personal mantenida con Herman Rauschning, que él publicó en su obra “La voz de la destrucción”, dijo: “Yo sé perfectamente bien, tan bien como todos esos intelectuales tremendamente inteligentes, que en el sentido científico no hay cosa tal como raza, pero usted, como granjero y criador de ganado, no puede crear una cría exitosa sin la concepción de raza. Yo, como político, necesito de una concepción que permita abolir el orden que hasta ahora ha existido sobre las bases históricas y reforzar y darle bases intelectuales a un orden nuevo y anti-histórico… con la concepción de raza el nacional-socialismo llevará afuera la revolución y remodelará el mundo”. Hasta aquí Hitler.
Con sus absurdidades raciales, bien larga le quedaría la cara cuando Jesse Owens, aquel atleta negro ganador de cuatro medallas de oro en las Olimpiadas realizadas en Berlín de 1936 venció a sus atletas de “raza pura”.