De arte y arqueología

Federico-Henríquez-Gratereaux

Para que no se nos escurra la vida sin dejar rastros, disponemos del arte, la literatura, la poesía. Y de casi nada más. El historiador, el arqueólogo, el antropólogo, ejercen “profesiones reconstructivas”; ellos unen retazos de un rompecabezas que no se parece a la vida verdadera, ni es su reviviscencia efectiva; estos esfuerzos consiguen ser el remedo o la sombra de lo que fue. La mayor parte del cráneo del “hombre de Pekín” es un emplasto de yeso colocado por paleontólogos para empalmar pedazos de huesos sueltos muy antiguos. Hace unos días volví a leer, en mi computadora, los primeros capítulos de “El fenómeno humano”, el célebre libro de Pierre Teilhard de Chardin, investigador que participó en el descubrimiento del “homo erectus pekinensis”.
Leí ese libro en mi juventud por recomendación del licenciado Manuel Amiama, quien también me obsequió un ejemplar de “La aparición del hombre”, del mismo autor. Varias veces he releído grandes trozos de estos dos escritos; sobre todo después del viaje que hice a China durante el cual tuve la oportunidad de ver, en una vitrina de museo, la cabeza del “hombre de Pekín”. Parece que los campesinos chinos que sirvieron de guías a los paleontólogos franceses, rompían los huesos que encontraban para cobrar por cada fragmento. Los parietales que no había partido el tiempo, los rompía el interés, la ignorancia y las necesidades perentorias de los aldeanos de la “plaza arqueológica” de Zoukoudian.
Los historiadores dependen de las “pruebas documentales”. Si aparecen nuevos documentos, los anteriores quedan “en suspenso” o sometidos a revisión o “confrontación”. Los historiadores mismos tienen “métodos” de investigación que varían según las escuelas de sus maestros. Unos privilegian los datos económicos, otros los asuntos políticos; algunos prefieren estudiar “los patrones culturales”. Historiólogos e historiógrafos, fabrican ambos colchas de retazos; algunas muy vistosas.
Los artistas de la literatura y de las artes visivas nos ofrecen imágenes “enterizas” de la vida social. En ocasiones logran darnos la atmósfera que respiraban los personajes de una época determinada. Las emociones que transmite el artista no puede transferirlas el arqueólogo. Las vasijas, herramientas y momias, sólo pueden sugerir aspectos parciales de las vidas pasadas. Homero, Cervantes, Monet, Renoir, son mucho más abarcadores.