De Convite a Latin American Idol

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No pretendo estropear la fiesta del triunfo de Martha Heredia. Ella merece reconocimiento por su voz, su pasión, y sobre todo, su  atrevimiento y fortaleza para competir internacionalmente. Nada fácil aunque se lo gozara. Pero la muerte de Luis Días la misma semana del final de Latin American Idol me llevó a hacer esta reflexión sobre el cambio en los tiempos. Hace 40 años se desarrolló en América Latina uno de los fenómenos musicales más importante del último medio siglo: la Nueva Canción.

En los años 60 y 70, la juventud latinoamericana se embriagó con la música de Víctor Jara, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y muchos más.

En esa época, tocar guitarra era un arma para luchar por una América más solidaria, más humana, menos desigual. Las cuerdas prendían el espíritu, electrificaban el alma y movían voluntades. En República Dominicana surgieron voces que se unieron a ese movimiento. Sonia Silvestre, Víctor Víctor y Luis Días son figuras emblemáticas.

Como grupo musical, Convite fue su expresión más importante. Un proyecto socio-musical que contó con el impulso del sociólogo Dagoberto Tejada y el talento de un grupo de músicos jóvenes, entre ellos, Luis Días.

El momento culminante dominicano fue la celebración en 1974 del Festival Internacional de la Nueva Canción, “Siete días con el pueblo”. Recuerdo el Estadio Cibao repleto, donde a golpe de canciones se expresó oposición al balaguerismo represivo.

Música y revolución caminaron juntas en aquellos tiempos; al final quedó la música sin la revolución.

En los años 80, la Nueva Canción se hizo melancolía, sueños aniquilados o pospuestos, época quizás irrepetible por su contagiosa ilusión.

Hoy tenemos mega artistas, manufacturados por operadores de talentos que colocan en un pedestal para la idolatría; enjaulados al estilo Michael Jackson para que mueran en su propia prisión.

La idolatría no es nueva en el mundo; es tan vieja como las primeras formaciones humanas. Ha cambiado el foco y el estilo.

Latin American Idol es la extensión en América Latina del programa American Idol que debutó en la televisión norteamericana en el año 2002, después del éxito de Pop Idol en Gran Bretaña en el 2001.

El objetivo de estos concursos es establecer una competencia entre cantantes novatos para elegir un ganador o ganadora que se convierte en estrella del mercado musical después de pasar el juicio público.

Abrir la votación es un mecanismo de marketing utilizado ampliamente hoy en la radio, la televisión y el internet para mantener una audiencia cautiva y activa por la posibilidad de votar u opinar.

Digamos que los concursos de ídolos son una especie de democracia electoral guiada por los productores para que las estrellas sean adoradas y salten al mercado de la música, donde las compañías patrocinadoras obtienen ganancias.

American Idol tuvo gran audiencia en Estados Unidos en sus primeras ediciones, en parte por la comiquería de los desafinados. Pero el concurso no tiene un referente nacionalista como ha sucedido con Latin American Idol.

En las últimas semanas, la República Dominicana fue testigo del fenómeno cuando el pueblo pujó por el triunfo de Martha. Por varias semanas, el país estuvo inmerso en un entretenimiento unificador, que cayó bien, en medio del hartazgo que producen las disputas entre los candidatos en las primarias de los partidos.

En la algarabía por el Latin American Idol, los políticos entrometidos hasta quisieron hacer proselitismo repartiendo tarjetitas.

Ahora que Martha es la ganadora enfrenta el mismo desafío que los políticos: ¿qué hacer con su triunfo?  ¿Para qué servirá? Y el pueblo, ¿mostrará la misma unidad de propósito para enfrentar asuntos de importancia que agobian el país?