De impuestos a todos, ¿necesarios para qué?

http://hoy.com.do/image/article/329/460x390/0/6327C4F8-7DE6-45C3-AB73-B583DC9959E7.jpeg

JACINTO GINBERNARD PELLERANO
Miriam Ariza, mi esposa, apenas puede contener la risa conmiserativa cuando me manifiesto indignado por asuntos menores de nuestra Patria.

¿Con tantos grandes problemas nacionales, donde impera la injusticia, donde paga uno, como toda la clase media, precios inmorales por artículos de primera necesidad, sean alimentos o medicamentos, porque no existen controles en los precios y los comerciantes, con eventuales anuncios oficiales (ciertos o no, “globos de ensayo” o no) en cuanto a nuevos impuestos dotados de nombres nuevos y difíciles de siglas (Ej. CEDEE ¿quién es capaz de pronunciar tales repeticiones de letras?), cuando los impuestos que pagamos no son retribuidos dentro de un marco lógico, y la recepción de electricidad no es constante, como debería serlo por lo alta de la facturación, en el peor de los casos, ya que es cosa sabida que sin energía eléctrica no hay progreso ni competitividad internacional posible.

No existe Seguridad Social. Atención a los enfermos pobres, que cotizaron durante penosos años. ¿Para qué se pagan impuestos? ¿Para antojadizos gastos del alto Gobierno, cuyos beneficios aún nos resultan un enigma insondable? Llegarán millones de dólares que beneficiarán a los más necesitados -nos anuncian, con una alegría que recuerda los caudales que saldrían de “Charco Largo”, con el cual se burlaron de un hombre bueno como el presidente Antonio Guzmán- y a cada momento nos hablan gravedosamente de monumentales inversiones de árabes y asiáticos.

En otros países he pagado impuestos con tranquilidad y hasta con alegría.

Cuando, viajando de París a Roma por la Autoroute du Nord y luego por la Autoestrada del Sole, debía pagar peajes, porque transitaba por una autopista formidable que acogía “volontieri” los casi doscientos kilómetros por hora que era nuestra velocidad de crucero para llegar a tiempo a los funerales de Paulo Sexto en la Plaza San Pedro, designado por el Gobierno dominicano en día anterior, mediante un escueto telegrama: “Queda nombrado representante del Gobierno dominicano funerales del Papa”. Pero (nada de viáticos) había huelga de trenes y aviones italianos. Miriam y yo nos alternamos frente al volante de un flamante Peugeot 604.

Pero aquí ¿ve uno los resultados de los impuestos?

Les voy a hacer un breve relato.

El hijo mayor de Miriam, Juan José, es un amante de España, más que nada de Madrid. Miriam se esforzó en convencerlo de que viniese a estudiar aquí con grandes facilidades y oportunidades, porque se trataba de una carrera técnica y, además, teníamos contactos para ubicarlo bien.

No quiso abandonar Madrid, a pesar de las dificultades de obtener un buen trabajo allí. Algún tiempo después enfermó de Hepatitis “C”, en Madrid. Y resultó que la Seguridad Social lo mantuvo en tratamiento todo el tiempo necesario, con inyecciones que aquí costaban cuarenta mil pesos cada una (RD$40,000).

Simplemente, se hubiese muerto.

¿No paga uno con gusto, impuestos cuyos resultados se ven, se perciben y accionan?

Juan José vive porque rehusó venir.

Muy posiblemente, nosotros vivimos porque él nos evitó el dolor de una terrible impotencia y una desgarrante frustración.

Dicen que Dios escribe derecho con las líneas aparentemente torcidas.

Aquí ha venido, años después, sano y feliz, a gozar playas y familiares.

Se trató de uno de esos actos inconcebibles del Creador. Tal vez con el solo propósito de que confiemos en sus designios.

Pero, entendámonos.

Queremos.. así mismo… queremos.. que nos cobren impuestos lógicos, según lo que ganamos, aunque no seamos ricos ni menos millonarios, pero necesitamos el incentivo de que nos retribuyan justamente.

Quienes invierten en un negocio, digamos un supermercado o una gran farmacia, buscan ganancias. Pero ¿tantas y tan incalculables?

Esos descuentos de los cheques gubernamentales ¿adónde van? ¿Al dispendio alegre de los funcionarios?

He cenado en el Maxim’s y La Tour d’Argent parisina invitado por exitosos funcionarios gubernamentales dominicanos, quienes veían los billetes de diez mil francos como un simple papel.

O sea, el asunto no es nuevo.

Pero hay que corregirlo en más de un aspecto.

El Estado debe cobrar (de eso vive) pero debe devolver honorablemente.

Lo que irrita es el dispendio, los caprichos, la parla, las reuniones, la “búsqueda supuesta” de consensos “sin senso”. Nos estamos cansando de palabras y fantasmagorías. Es tiempo de decisiones valientes, nobles y efectivas.

Todavía confío en que Fernández corrija rumbos.