De la balanza a la espada

JULIO CÉSAR CASTAÑOS GUZMÁN
La espada, sin balanza, es la fuerza bruta; y la balanza, sin la espada, es el Derecho en su impotencia-la frase es de Ihering-. Nada más gráfico e indicador sobre la racionalidad de cualquier sistema judicial, ya que, el Derecho sin la fuerza es una fantasía inútil. Pero la fuerza sin el Derecho es una calamidad. El Derecho impera cuando la fuerza desplegada por la justicia al sostener la espada es igual a la habilidad que se emplea en manejar la balanza. Vigor para empuñar la espada; destreza para pulsar la balanza.

Energía y pericia son precisas, cual yunta que desbroza el campo social a fin de que fructifique la Justicia.

El Derecho sin el constreñimiento es una ilusión; sin embargo, don Eugenio María de Hostos, veía además (en los dos filos de la espada) las fases visibles de la Justicia: el derecho y el deber. Y más allá del castigo, la espada que reivindica y liberta; o, que deshace el artificio de un embrollo, como Alejandro Magno, quien desafiando lo imposible desató en Frigia el famoso nudo del carro de Gordio, valiéndose de la potencia de su espada.

No pocas veces en la función jurisdiccional -que es imprescindible para la viabilidad del sistema político- el aparato judicial actúa ya con torpeza porque carece de habilidad, ya con pusilanimidad porque le falta firmeza en la imposición del castigo. Es que, no nos engañemos, la consecución del Estado de Derecho, la lucha por el Derecho, es un trabajo sin descanso.

Pero, la espada irracional es un azote; el mismo Jesús, la noche que lo arrestaron, le advirtió al irreflexivo Pedro –quien blandiendo una espada le cortó una oreja a Malco– que dejara la espada en su sitio, ya que, el que usa la espada morirá por ésta. Y Lincoln, en su juventud, convocado a un duelo con sable, se limitó a cortar las ramas de un árbol hasta que afortunadamente los padrinos intervinieron.

El Estado no puede mantener el orden legal sin luchar continuamente contra la anarquía que le ataca. El orden es a la paz, lo que el oxígeno a la vida; sin orden, no es viable la vida social. El progreso y el desarrollo resultan imposibles… “fallidos” como se dice ahora.

Pero la sociedad que el Derecho está llamada a regir se transforma a una velocidad pasmosa. Y de ahí la necesidad de reformas, la creación de nuevas instituciones jurídicas que respondan a las necesidades del orden social imperante. Entonces, aparece el Derecho, como un Saturno devorando a sus hijos, ya que, no le es posible renovación alguna sino es rompiendo con el pasado.

Por tales motivos no vale la pena llorar sobre los despojos del cadáver del viejo Código de Procedimiento Criminal, molido íntegro por el repudio social que abomina de las viejas fórmulas inquisidoras, y desplazado por las preferencias de un paladar social que exige acusaciones con pruebas y más racionalidad en las persecuciones. Sustituido, de un plumazo congresual, por una nueva versión que concita esperanzas, pese a que algunas de sus disposiciones han de ser acogidas Ad Experimentum.

El Derecho, siendo esencialmente prosa, se hace poesía una vez se convierte en lucha por la instauración del propio Derecho. La lucha por el imperio de lo jurídico es, ciertamente, La poesía del carácter. Bastaría para confirmar esta afirmación con rememorar el antológico discurso de los Derechos Civiles pronunciado por Martín Luther King, (I have a dream) a principios de los años sesenta, cuando expresaba:

Yo tengo un sueño de que un día… los hombres serán juzgados no por el color de su piel sino por el contenido de su personalidad.

Bastaría recordar además, a Juan Pablo Duarte declarando, ante el oprobio de 22 años de dominación tiránica para los Pueblos de la Parte Este de la Isla de Santo Domingo, que la República Dominicana sería libre e independiente, o se hundiría la Isla.

Este prodigio de sublime sensibilidad social se opera en el hombre mediante el dolor ante la injusticia; el dolor moral. Afección punzante que estremece la conciencia, y se expresa en sentimiento legal. Amor al Derecho como medio para la consecución de la igualdad y el equilibrio.

La fuerza del Derecho descansa en el sentimiento, y este sentimiento legal, se transforma en Bienaventuranza individual y comunitaria:

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Existe una energía poderosa que proviene de la naturaleza moral que protesta contra el antedato dirigido al Derecho. El sentimiento legal podría operar incluso en el ser humano transformación radical, una vez éste atañe a la parte más noble del ser humano.

Es esta raíz ética, que desliza su cofia en el alma de los pueblos libres, la que alcanza los nutrientes en la propia conciencia social para que el Derecho consecuente con sus fines viva y perdure, y para que a la postre, toda sociedad alcance su felicidad.

Es tarea obligada de los políticos sortear la tensión que existe entre los núcleos de fuerza equilibrando balanza y espada, porque, en gran medida la gobernabilidad depende del éxito que se alcance en esta función social.

Finalmente, la senda que conduce de la balanza a la espada, es el proyecto de la lucha social por el bien común. Y, en el imprescindible afán de la política, la lucha por el Derecho es el único camino que vale la pena.