De la hembra al varón

Federico  Henríquez Gratereaux

He sostenido siempre que organizar la “rutina apabullante” de la vida es esencial para escritores, científicos, pensadores. A menudo esa organización de las rutinas laborales la establecen las mujeres: madres, esposas, amantes, preocupadas por la salud de hombres vehementes que se muerden la cola. Creo más en la “estabilidad burguesa” de los escritores norteamericanos de comienzos del siglo XX, que en la bohemia desenfrenada de los artistas vieneses. Alguna vez dijiste de ellos: “estos tipos practican la autofagia”.

Los chacales de Hungría que mencionas son animales en camino de extinguirse. Pero no ocurre así con los “carniceros” de la política doméstica. Ahora tenemos allá unos sujetos detestables con la codicia del capitalismo, el autoritarismo comunista y ninguna de las ventajas relativas de ambos sistemas. Me entero desde Hamburgo porque visito un restaurante húngaro donde venden periódicos de Budapest. En lo que mejoran los asuntos políticos -mejoría que podría tardar mucho- doy largos paseos por los caminos que rodean la ciudad. Navego en el lago los fines de semanas; luego me sumerjo en trabajos de traducción de los que vivo en este momento. Desde

mi casa en Blankenase veo con placer los barcos cargados de furgones que entran y salen por el río Elba. Resido en la Calle del Aburrimiento, como podrás ver en el sobre de esta carta. En realidad me gusta hacer el trabajo que hago. Durante el día disfruto con los problemas que me plantea el director de “Dichtung-Verlag”. En las noches, en soledad, siento que pierdo el tiempo contado que Dios concede a las mujeres que nacen en Hungría. Y, momentáneamente, sufro.

Quiero insistir en que a las mujeres no les gustan los explosivos ni las guerras; a la mayor parte de nosotras no se nos puede engañar con abstracciones matemáticas ni de otra clase. Intuimos que no es bueno “hacer ofrendas a la geometría”, expresión que usabas en otros tiempos con frecuencia. Ustedes los hombres son como los mineros: se internan en un pozo obscuro, luego se arrastran por galerías estrechas con la lámpara de la lógica amarrada en la cabeza. Al final salen del túnel, con la cara tiznada y las rodillas llenas de raspones. Después se reponen con ayuda de las mujeres. (Ubres-2008).