De Las Antillas hasta la Antártica

FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
El húngaro escuchaba atentamente las palabras del periodista; tenía en sus manos una libreta de notas; sin embargo, no anotaba nada en ella. Sobre la mesa del lobby del hotel había dos tazas de café. – Cuando la conocí ya era vieja; pero no una vieja cualquiera.

Marguerite poseía hermosas piernas y un cuerpo tan bien torneado que lo desearía cualquier muchacha joven. En la cara sí se notaban los estragos de la edad; sobre todo en la boca y en los dientes. Los ojos, azules y brillantes, se les movían inquietos. La ropa que llevaba parecía muy usada pero era juvenil y de buen gusto. Entonces yo trabajaba en la redacción de la revista “Debate”. Ya le he dicho que la señora fue a visitarme a la oficina; y también le conté de la sorpresa del joven de la limpieza cuando trapeaba el piso y tropezó con las piernas de Marguerite de Bertrand. Dos recortes de periódicos acerca de mis entrevistas con ella envié a usted hace tiempo. En la ciudad de Santo Domingo hay un barrio residencial llamado Gazcue, un lugar arbolado con residencias que fueron lujosas a comienzos de este siglo; en esa zona estaba la redacción de “Debate”; cerca de allí vivía Marguerite. Ella y dos de sus hijos habían alquilado un pequeño departamento en el fondo del patio de la casa de una viuda. Cuando la viuda salía, Marguerite se sentaba en la terraza frontal de la vivienda. Las personas que pasaban por la calle llegaron a creer que era propietaria del inmueble.

– ¿Por qué hacía eso? – No lo sé a ciencia cierta. Podría ser el simple deseo de ver pasar a la gente y no estar confinada en el traspatio; tal vez un residuo de las pretensiones aristocráticas de su madre sobrevivía en Marguerite. Había en su temperamento ciertas ambivalencias. Llegó a odiar las injusticias y los abusos contra las clases humildes. Quizás por lo que vio en Rusia y lo que aprendió en las escuelas tolstoianas. Pero al mismo tiempo temía el furor de las masas encrespadas. Además, detestaba la vulgaridad y la grosería. Su padre, un hombre refinado, la había educado para el canto y la música culta. Por eso pudo trabajar en el llamado “palacio radiotelevisor” de La Voz Dominicana, una emisora manejada por un hermano de Trujillo. Ella organizaba “recitales” privados de canto, clases de baile, sesiones de gimnasia. Sus ingresos económicos procedían de esas tareas que cumplía entre las familias acomodadas de esa época; la mayoría encabezadas por funcionarios públicos. En general, Marguerite era una mujer de trato amable y cortés.

– Un año después de las visitas que me hizo, por pura casualidad, supe exactamente el lugar donde ella residía. A los hijos los vi dos o tres veces; uno de ellos era un gordito, de boca floral y andar melindroso, que me pareció un poco afeminado; el otro era un joven de pelo castaño, bien parecido, con ojos tan azules como los de la madre. Ambos daban por muerto al hermano mayor. De este último tengo una foto que le entregaré a usted. No se parecía a los otros hermanos: pelo negro, piel blanca, aspecto decidido, contextura fuerte. Era el mayor. Cualquiera lo tomaría por un español nacido en Cuba. Marguerite me decía, una y otra vez, que en el año 1965 había visitado todas las cárceles del país buscando a su hijo Ascanio. Consumada la intervención militar norteamericana, se abrió entonces la fase de internacionalización de la ocupación. La OEA, el “organismo regional”, apareció en escena. Marguerite afirmaba que vio varias veces a su hijo saltar, detrás de un grupo de presos, para hacerse notar por la parte alta de las rejas de la prisión. En la parte delantera y baja de las rejas era difícil identificar a una persona debido al hacinamiento de los reclusos.

– Como usted sabe, en aquella época se instalaron dos gobiernos: uno en la parte colonial de Santo Domingo, presidido por el coronel Caamaño; otro en San Isidro, dirigido por el general Imbert Barreras. El gobierno constitucionalista de Caamaño propugnaba por el regreso al poder de Juan Bosch, derrocado en 1963 por un golpe de Estado; el gobierno de Imbert Barreras, llamado de Reconstrucción Nacional, sustituía a una junta militar. La O.E.A., en defensa pública de los derechos humanos, permitía que los familiares de los detenidos visitaran las prisiones, atendieran sus necesidades o indagaran el paradero de los desaparecidos. Marguerite acudió repetidamente a estas peregrinaciones carcelarias, acompañada por diplomáticos norteamericanos y funcionarios de la O.E.A. Su hijo no fue encontrado nunca. Caamaño, como sabe, fue muerto en 1973, en las montañas de Nizao, tras el célebre desembarco de guerrilleros en la playa Caracoles. El caso es que Marguerite, años después de la salida de las tropas norteamericanas, vio una fotografía en el periódico El Caribe en la que logró distinguir a su hijo. El muchacho formaba parte de un grupo de hombres armados que intentaron tomar las Islas Malvinas. Fueron apresados y recluidos en la cárcel de Ushuaia. – ¿Cómo pudo llegar Ascanio a la Tierra del Fuego? Santo Domingo, R. D., 1993.