De lo grande y lo pequeño, lo prudente y las vacas sagradas

Gustave Flaubert (1821-1880) el revolucionario de la novela que combinó el realismo crítico con la perfección del estilo y la profundidad psicológica, quien fuese llevado ante los tribunales acusado de inmoral por la crudeza de su famosa novela “Madame Bovary”, afirmaba que “En la vida no hay que temer a las grandes desgracias, sino a  las pequeñas”. Es decir, no nos hundimos por los grandes infortunios y desilusiones monumentales, sino que “vamos languideciendo por nuestras ininterrumpidas desesperanzas”, (en palabras del erudito español Martín Alonso).

No es tiempo de desesperanzas.

Ni de impaciencias.

Repetidamente he escrito y publicado que un Presidente de la República, o un mandatario de alto nivel no puede hacer lo que quiere, lo que estima justo y hasta urgente, si es que quiere cuidar su posición para disponer de tiempo para hacer lo justo.

Juan Bosch, terco reverenciable por su honestidad, maestro de teoría política, no pudo luchar contra sí mismo y aplicar las  aconsejables técnicas –de remota data– para mantenerse en el poder e ir modificando el Gobierno, la maquinaria estatal, con la cautela y prudencia que éstas requieren.

Tengo la impresión de que el presidente Medina comprende que para ser fiel al pensamiento de Bosch, debe servirlo, siendo prudente, cauto, con sentido de lo que permite un proceso de transformaciones que siempre perjudican en algún grado a los poderosos.

Retornando a Flaubert, ¿cuáles son o pueden ser ahora, aquí, las “grandes desgracias”, y cuáles las “pequeñas”?

Todas son grandes en este momento.

La medicina está en la prudencia, en el mantenimiento de un ritmo curativo sin prisa ni pausa, en el cual, realmente, no existan “vacas sagradas”, y al respecto quiero referir una experiencia personal en la India. Las vacas sagradas, a las cuales se les reverencia por razones religiosas tradicionales, se paseaban por los mercados de Bombay (fin de los años sesenta -no sé si aún-) sin reparar que aplastaban frutos y otros productos colocados en el suelo sobre papeles, cartones o alfombrillas. Pude notar que los mercaderes, discretamente, empujaban los sagrados animales con los pies, alejándolos de su frágil mercadería, con una inocultable actitud airada, enmascarada con una leve sonrisa inconvincente.

Algo así necesitamos hacer.

Nuestras sagradas vacas políticas ya están bien nutridas y pueden irse a descansar de inquietudes e intrigas naturales de su posición.

¿Puede uno transportarse en más de un vehículo, sentarse en dos asientos a la vez, comer siete veces al día, satisfacer a múltiples “queridas”, beber vinos y licores sin límite, usar varios costosos trajes al mismo tiempo, y que eso realmente sea placentero? Bernard Shaw lo negaba, aduciendo que la cotidianidad borraba el disfrute. Yo también lo creo.

Es necesario mantenerse firme en el rígido control de esos disfrutes desorbitados, de tan alto costo para la población que los paga sin enterarse.

Y  mantener un ritmo lógico, moral y estable en las correcciones.