De lo popular, comercial y culto en la música

‘Popular’, ‘comercial’ y ‘culto’… he aquí tres escurridizos e impertinentes vocablos que, al igual que las cucarachas en los basureros, de modo inexorable nos tropiezan cada vez que el capricho nos lleva a aventurar en los dominios de la crítica de arte; y ahórreme el lector decir en qué agrado tales palabrejas se vuelven fastidiosas y encontradizas si, por azar, nuestros pasos se enrumban hacia los atestados litorales de la música y la canción.

Lo cierto es que de tanto aparecer en las columnas de la prensa y aflorar a los labios de cuanto comentarista de radio y televisión se empeña en sonsacar nuestra aborregada curiosidad, de tanto traerlos y llevarlos y estrujárnoslos en nuestras narices, los contumaces adjetivos mencionados corren el riesgo de perder su significado propio y admisible, y de esto ocurrir dejarían de tener –en lo que a la clara inteligencia y precisión del concepto atañe- la menor utilidad.

No es otra la razón de que en los escuetos párrafos que siguen me haya propuesto –usurpando un grave papel de lexicógrafo para el que no estoy en modo alguno preparado- brindar una que otra puntualización acerca de las tres locuciones que mi imprudencia acaba de colocar sobre el tapete.

Empecemos, pues, con la expresión ‘popular’… A las primeras de cambio no parece prestarse a confusión. Popular es, desde luego, lo que se relaciona con el pueblo. Mas ahí justamente surge el problema.¿Qué es el pueblo?… Todo el mundo. Por cierto que sí. Pero además de designar al conjunto de las personas que integran una comunidad, la voz ‘pueblo’ ha adquirido cierta connotación particular que, desplazando las otras acepciones de la palabra, asoma insistentemente apenas acude a nuestra boca. Dicha acepción trae a la mente a aquel sector mayoritario de cualquier sociedad cuyo nivel de educación es nulo, o cuando menos precario. Y parejo sentido del vocablo es el que, en materia de arte y de música, se ha impuesto. De donde ‘música popular’ viene a ser, en buen romance paladino, la música que la gente sencilla, sin preparación académica, sin letras, sin estudios, compone e interpreta para su propio solaz.

Parejo género musical suele ser muy simple en lo que a su estructura concierne, armada, por lo común, sobre patrones rítmicos. A nadie extrañará entonces que, dado el carácter iterativo y constante de sus marcados acentos, se preste casi siempre a ser bailada.

El nivel de excelencia de la música popular es variable, porque al pueblo le satisface indiscriminadamente lo meritorio y lo anodino. A veces resulta inspirada y poética; otras, trivial. En el llamado folclore de todas las naciones podremos encontrar, si a ello nos abocamos, nutridos ejemplos de aires y canciones de una ingenuidad conmovedora y de una espontánea transparencia expresiva, en virtud de lo cual semejantes frutos del genio melódico del vulgo logran encumbrarse, sin discusión posible, a la codiciada región de los hechos estéticos perdurables.

Pasando ahora al término ‘culto’, aplicado también a las composiciones musicales, nos daremos de bruces con lo que en nuestro país la gente de la calle ha bautizado –implacable ironía- “música de muertos”; pues en fechas luctuosas (verbigracia Viernes Santo) es la única que propalan los medios electrónicos de comunicación.

La música culta es, por antonomasia, la clásica, la orquestal y sinfónica. Le cae de perillas el adjetivo ‘culta’ en razón de que, efectivamente, nos las habemos con un arte sonoro de extraordinaria complejidad, parte de una coherente, larga y sofisticada tradición europea; la cual, para ser asimilada por los intérpretes, requiere muchos años de quemarse las pestañas con las cuerdas, los vientos o el teclado y, naturalmente, también con la teoría y el desciframiento de las anotaciones de la partitura.

Por otra parte, el paladeo de la música culta reclama un refinamiento de la sensibilidad y una capacidad para la apreciación del matiz armónico, de la coloración instrumental y de la riqueza melódica de los que el grueso de la población suele andar escasa. Para un espíritu rústico, no desbastado, acostumbrado a estímulos acústicos burdos y elementales, breves y reiterativos –estímulos que se dirigen antes al instinto que al corazón-, la música culta tiene por fuerza que aburrirle soberanamente. El artificio característico de todo arte, esto es, la fabulación emotiva que halla expresión airosa en una sonora arquitectura, se intensifica de tal modo en el caso de la música culta, que termina ésta por convertirse en un lenguaje de muy complicada urdimbre y sutileza, lenguaje que sólo descubrirá sus secretos a aquellas personas que han aprendido a descifrar su sintaxis y a familiarizarse con sus felices convenciones.

Y llega el turno de la música apodada ‘comercial’…

Plantar el calificativo de ‘comercial’ a una criatura de rítmico abolengo no es, a mi entender, -dificulto que el lector me contradiga-, tratarla con demasiada cortesía… Lo comercial –al menos cuando no se es comerciante ni preocupa la obtención del lucro sino determinar el valor artístico de una obra-, lo comercial, insisto, suena a artefacto de sospechosa calidad estándar, a producto industrial fabricado en serie y sin las debidas garantías.

La música comercial que nos acosa a donde quiera nos movemos, es hija del hipertrofiado desarrollo de la sociedad de consumo y del imperio siempre mayor que sobre las conciencias ejerce la comunicación electrónica masiva.

La magia de la tecnología, aunada a los intereses mercuriales y a la real necesidad de disipación de las tensiones de amplios estratos de la población que han accedido rápidamente al disfrute de bienes materiales que poco antes les estaban vedados, pero sin que paralelamente parejo acceso haya sido contrapesado por un similar enriquecimiento de la sensibilidad y del espíritu, todos esos factores conjugados han dado origen a ese plebeyo cuanto hegemónico género que hemos denominado ‘música comercial’.

Por definición, la música comercial es deleznable. Porque lo que la perfila en el ámbito artístico no es que se venda mucho o que todo el mundo la escuche (verdad que nadie osaría discutir) sino que, de manera calculada y sistemática, tales engendros melódicos, habida cuenta su cariz industrial invasor y sus propósitos de mera distracción, obedecen a paradigmas formales estereotipados de tan menesterosa catadura que el saldo expresivo será -¿cuándo no ha tenido rayas la cebra?- de una indigencia pavorosa.

No existe buena música comercial. Puede, sí, haber composiciones musicales exquisitas que, a su vez, sean comercialmente rentables y popularmente exitosas. Pero esto es harina de otro costal…

Con lo expuesto corramos el telón sobre un tema que –ni falta hace subrayarlo- estas cautelosas observaciones están muy lejos de agotar. Quede para más propicia ocasión el examen pormenorizado que la importancia del asunto que mi cálamo se ha complacido en debatir demanda… Acaso el lector benevolente me lo agradecerá.