De los maestros, por los maestros, hacia los maestros

Ortega –por supuesto no Nicasio Ortega sino don José Ortega y Gasset– escribía en sus Meditaciones del Quijote: “Quien quiera enseñarnos una verdad, que no nos la diga: simplemente que aluda a ella con un breve gesto, gesto que inicie en el aire una ideal trayectoria, deslizándonos por la cual lleguemos nosotros mismos hasta los pies de la nueva verdad”.

Y yo digo, como si preguntara: ¿Quién puede colocarnos en el camino que nos permita alcanzar el ordenamiento mental que conduce al triunfo, al triunfo verdadero y bueno, sano y noble para unos y para otros?

El maestro.

Ahora bien, ser maestro es difícil profesión, desde siempre mal retribuida y en multitud de aspectos, pobremente valorizada y respetada. El hecho de que todavía existan personas que se entusiasman con la acción de sembrar conocimiento, dejando de lado otras actividades que se ven más beneficiosas para la economía y el reconocimiento, nos alienta a pensar que no todo está perdido en la humanidad.

Sin embargo, observo que los Estados no se interesan en ocuparse en modificar la mentalidad social, en transformar la pedagogía para enseñar a pensar; porque conste que quien educa racionalmente no busca guiar ciegamente hacia una pretendida felicidad triunfal, sino que se limita a dar los instrumentos para que cada uno la busque por su cuenta y a su ritmo.

Hay que enseñar desde la infancia el valor de la disciplina. Enseñar “método”.

Motivar a la investigación, a la originalidad, hacia el respeto a la unicidad irrepetible que poseemos todos los seres humanos. No ser, como dijo Kipling en un bello poema, “ganado conducido sino un héroe en la contienda”. En la contienda personal. Y es que no hay lucha mayor que la interminable batalla de combatir contra sí mismo, contra lo que nos daña, nos envenena y nos frustra.

Es que para los países, para los conglomerados, los pequeños héroes son más importantes que los grandes héroes.

Durante mi estancia en Hannover, Alemania, en los años sesenta, el alcalde de la ciudad me regaló un libro titulado “Füntzen Jahre” (Quince años). Se trataba de un tomo totalmente basado en fotografías de la ciudad, arrasada por los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial. Se podía ver una zona de desastre que se perdía en la distancia. Escombros y horror por doquier.

No quedaba prácticamente nada en pie.

En quince años, los alemanes la reconstruyeron, prácticamente regalando su trabajo como recios obreros y técnicos.

Esos son los pequeños grandes héroes.

Como los japoneses, que en 1945 tenían un país destruido y hambriento y cuarenta años después ya eran uno de los más poderosos centros creativos del planeta y hoy son una portentosa potencia multidisciplinaria.

Enseñanza, disciplina. Buenos sistemas magisteriales.

Los dominicanos hemos demostrado, y estamos demostrando, nuestra capacidad en cada área en la cual podemos presentarnos ante el mundo, inicialmente en el béisbol, después en otros deportes, luego en la literatura, en las diversas artes, en la ciencia…

Pero tenemos que modificar los criterios educativos. Enseñar lo que hay que enseñar. Alentar la carrera magisterial dignificando a sus integrantes.

Nuestro porvenir está en una poderosa elevación educativa.