De Martin Luther King a Barack Obama

Sentí una viva y larga emoción cuando este hombre negro (para nosotros, mulato o mestizo) asumía la presidencia de los Estados Unidos. Era la culminación de un proceso de siglos de lucha por la igualdad, al que asistimos presencialmente por décadas, mayormente mediante la prensa, el cine y la literatura. Presentimos que se inauguraba la era que preconizara Luther King. Por eso, cuando le entregaron el premio Nobel de la Paz, pensé que con el solo hecho de lograr ser el primer presidente negro de ese país, ya tenía méritos de sobra.
Nada de eso, sin embargo, afecta mi objetividad para observarlo como persona, político o estadista. No admiro hombres, sino la manifestación de Dios en cualquiera de nosotros. Tengo objeciones y dudas importantes respecto de su actuación como figura pública. Particularmente por comparecencias donde lució ignorante e irreverente respecto de temas bíblicos; y por su excesivo compromiso con el movimiento de homosexuales estadounidenses, y aún enviarnos una pareja a escandalizar y crear más confusión en nuestra sociedad y cultura.
Pero nada de eso impidió que sintiera cierto dolorcillo por no tener hombres de Estado como él. La claridad y firmeza de su lenguaje, producto de un ejercicio prolongado y autoconsciente de la primera magistratura de la nación más poderosa del planeta; la estructura y organización de los temas, tratados con profundidad y sentido de lo actual y de lo futuro, de lo local y lo planetario; y de su enfoque de los conflictos de intereses y de clases, diciendo lo que hay que mejorar sin mencionarle la madre a nadie, ni siquiera a las oligarquías estadounidenses y del mundo, sino explicándoles su rol a favor del desarrollo y la paz mundial, y su responsabilidad con el futuro de la humanidad y de su país.
Me edificó constatar la distancia existente entre un político en campaña hacia el poder y un estadista que se desliga de lo inmediato para enfocarse en el largo plazo del desarrollo de su país y de toda la humanidad.
Sentí nostalgia de lo que pudo haber sido, al recordar que hemos tenido prohombres (y mujeres), prospectos de estadistas que apenas han tenido chance de insinuarse en el escenario criollo.
Nos dio gusto su decisión terminante de reenfocar sus relaciones con Cuba y los países de América Latina, enrostrando las malas iniciativas de gobiernos anteriores respecto de nuestra región.
Pero nada de esas profundidades y elocuencias nos hace olvidar que nuestras dificultades de país en vías de desarrollo o de subdesarrollo, no son prioridades en el presupuesto de los Estados Unidos; ni siquiera Puerto Rico lo es. Los poderes hegemónicos no tienen misericordia, sino que tan solo conveniencias.
Por manso y humilde que nos parezca Obama, la defensa de los intereses nacionales solamente podemos asumirla los dominicanos. Pero es un gran alivio contar con la claridad mental, el humanismo y sentido de totalidad y de futuro que mostró en su discurso de despedida ante el Congreso, pues ese enfoque, por pequeño y aplazados que seamos, nos incluye.