De migraciones y consulados

ROMA, It., UE. Pocas afirmaciones me han hecho tan feliz como ésa de que la migración es un derecho sacrosanto, inalienable, de los ciudadanos. Por supuesto que no se referían a los ciudadanos dominicanos, ni a los cubanos, mucho menos a los haitianos. Se trataba de la puesta en circulación de un libro sobre la diáspora italiana en Argentina. De todos modos, creo que no debe haber objeción para dar carácter universal a ese planteamiento.

¿Por qué no tendríamos derecho a vivir donde mejor nos plazca? ¿No es cierto que, tal como los inmigrantes italianos en Argentina, muchas otras comunidades de extranjeros se han dejado sentir positivamente en la vida, en el progreso, en el desarrollo, en el cambio para mejor de sus respectivos países receptores? Las lacras también existen, pero no tienen que ver particularmente con la nacionalidad. Ese problema puede ser de origen familiar, social, económico y político, pero universal.

Entonces, ahora que me encuentro en la ciudad cuyos gobernantes en una época se llamaron cónsules y que todavía a estas fechas hay salidas de la ciudad que se denominan consulares, cada una con el nombre del gobernante que hizo su ruta de conquistas por ahí (por ejemplo, la Aurelia por Marco Aurelio, la Appia por Appio Claudio, la Cassia por Cassio, la Tiburtina por Tiburcio), me pregunto, en pleno siglo 21, si no habría que revisar y hasta justificar el sentido, la definición, la existencia misma de los consulados, al menos, los nuestros.

Cada día son menos los países del mundo cuyos ciudadanos requieren de visas para entrar a nuestro territorio. Que yo recuerde, Nicaragua, Cuba, Haití y Colombia. Con el Tratado de Libre Comercio, las facturas consulares se han reducido prácticamente a la nada. Bueno, también resulta que al haber no pocos de nuestros cónsules que han aumentado sustancialmente las tarifas, a los exportadores de esos países les sale más barato pagar las multas de Aduanas en la República Dominicana.

Quiere esto decir que el grueso de los usuarios de los servicios consulares son los dominicanos residentes en esos países y en países cercanos donde no hay cónsules acreditados. Los mismos dominicanos que envían las remesas a sus familiares en la República Dominicana. Exiliados económicos convertidos en proveedores.

Que ayuden a sus familias, ya me parece bastante injusto. Hay familias en las que nadie da un maldito golpe, esperando las remesas que les llegan de otros países donde ganar dinero, como inmigrante, no es necesariamente placentero. Ahora, si el dinero que generan los consulados fuera enviado a nuestro erario y absolutamente todos los servicios se cobraran a las tarifas oficiales, no tendríamos que tocar el tema para nada.

Señores, somos el único país de la bolita del mundo en el que los cónsules, que reciben sueldos iguales o muy parecidos a los de los diplomáticos, tienen derecho a disfrutar de los honorarios consulares. Mandan una porción al Tesoro Público, una limosnita a la Cancillería, y el resto, lo que corresponde a los honorarios, les queda a ellos. Para que se den una idea, la legalización de un documento, que cuesta cincuenta dólares, representa nueve dólares de sellos y cuarenta y uno de honorarios. Lo peor es que los sellos tienen impreso el precio de nueve pesos, no dólares.

Hay cónsules que cobran los servicios gratuitos, como las cartas de ruta y los certificados de nacionalidad (actas de nacimiento para hijos de dominicanos nacidos en el extranjero). Hay consulados que, sin expedir visas ni facturas consulares, apenas renovando pasaportes y legalizando documentos a dominicanos, dejan beneficios de muchísimos miles de dólares al mes.

Díganme ustedes si estamos hablando de un país al que le sobra todo ese dinero. O si nuestros cónsules a lo largo y ancho del mundo son héroes nacionales o ciudadanos que han hecho tantos aportes a la nación que de alguna manera debemos retribuirles y ni así les pagamos nuestra deuda de gratitud. ¿Recuerdan cuando un cónsul en Nueva York se inventó una carta que costaba cien dólares para cada infante que viajara sin por lo menos uno de sus padres a nuestro país, como si eso fuera de su competencia y no de las autoridades de Migración o quizás de las líneas aéreas?

Tengo que confesar que, cuando pienso en la edad que tengo, lo que ha sido mi vida laboral, mi desarrollo profesional, en relación a mi inseguridad económica, sueño con un consulado, así sea el más pequeño. Más de una vez lo he solicitado. Pero también confieso que me quiero caer muerta cada vez que, en representación diplomática, conozco un cónsul de otro país y me restriega la indecencia del nuestro por esos regalos que se otorgan a un número de ciudadanos y ciudadanas “para ayudarlos, para que resuelvan”.

¿Se imaginan dónde estaríamos si quienes cobran los peajes en nuestras carreteras o quienes legalizan documentos en diferentes instancias, llámense Procuraduría o Cancillería, pudieran alzarse con el producto de dichos servicios? Y estamos hablando de una chilata si se compara con lo que genera el más pobre de nuestros consulados. ¿Y si, por sólo mencionar uno, el cónsul americano en la ciudad de Santo Domingo tuviera acceso a los fondos que genera ese consulado, siquiera en un día, no hablemos de una semana, ni un mes, ni un año, ni cuatro?

¡Ah! El manual dice que en las ciudades donde no hay cónsules acreditados, el consejero es el encargado de los servicios consulares. Pues parece que se ha vuelto una moda y ojalá no quede en costumbre, que nombren ministros consejeros y consejeros como encargados de los asuntos consulares, seguramente porque los cónsules gozan de menos privilegios y carecen de inmunidad en los países receptores. No quiero entrar en el plano de que muchas veces estos nombramientos quedan en familia, para no herir susceptibilidades de quienes, si bien gozan de esos premios, no fueron los que se inventaron tan inefable práctica. Tampoco voy a tocar el punto de lo insensibles que se vuelven cuando se ven manejando todo ese dinero, para que nadie en particular se sienta aludido.

Aunque me cueste el pellejo, seguiré con el tema, pero ahora tengo que aprovechar el poco espacio que me queda para dar satisfacción al señor Eduardo Mañón, funcionario de Turismo en esta sede, quien me solicita desagravio porque no mencioné su nombre y porque, según me dice, sí ha estado en Roma todo este tiempo. La verdad, llevo un mes aquí y no lo había visto. Es que vive fuera de Roma. Asumo la ¿culpa? de no haber preguntado su nombre. Fello, el hombre está aquí.