De nuestro merengue…de nuestra identidad

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Desde el momento en que Andrews y yo llegamos al apartamento de Crispín, nos arropó la satisfacción. No solo nos sentíamos en nuestra casa, sino que estábamos conformes con las informaciones que el maestro del saxofón nos proporcionó.

Con aquellos datos acerca del merengue y la forma de ejecutar los instrumentos básicos que intervienen en este, Crispín evitó que “mi pana gringo” tenga que dar vuelta a su país con una frustración. Y no es para menos, “el tipo” había venido a perfeccionar su español y a aprender todo sobre el merengue, para ver si podía incluir nuestro ritmo en el repertorio de la orquesta de salsa que tiene en Washington D.C.

Pero el segundo de los planes se le tornó difícil. Buscaba y no encontraba los datos suficientes. Tenía que conformarse con ir las presentaciones de orquestas y recibir algunas clases de piano de un amigo.

Andrés, como quería que le llamara, no se cansaba de darme las gracias por haberlo conectado con Crispín. Decía que, contrario a Cuba, República Dominicana no muestra su cultura musical, no la vende a los turistas.

-Si yo, que soy músico, he tenido dificultad para conocer las raíces de la música dominicana, qué serán los norteamericanos corrientes-me comentaba Andrés. No entendía porqué las cosas se le tornaban difíciles. Había ido al África a conocer diferentes tipos de cantos, a Brasil a descubrir el encanto y las tonalidades de Bahía, y a Cuba, movido por la euforia del documental Buena Vista Social Club. En esos lugares encontró rápida respuesta, una cultura musical al servicio de todos; pero aquí pasó “la de Caín”.

-Tienes razón -le comentó Crispín- cuando uno llega a un país queriendo saber de su cultura, lo primero que hace es buscar informaciones en los medios de comunicación, y se puede encontrar mucho. Aquí es más difícil, pero no te preocupes, que por escondida que esté, la verdad, está aquí…y Alexis y Yo te vamos ayudar a encontrarla.

Mientras ellos se envolvían en cuestionarios y estructuras musicales, mi pensamiento me aisló. Me abordó el síndrome de la vergüenza por lo dicho por Andrés. Y es que tiene razón cuando dice que nuestra cultura musical no está a flor de piel.

Nuestro país ha desviado su identidad, la cual, desde hace años es víctima de dos sub-culturas, la del “Jevito hijo de Papi y Mami” y la del “Dominicanyork”. La primera le ha enseñado a nuestros jóvenes que el bonche con Éxtasis y Rave es “lo má` apero”, y que si “Tu Viejo” tiene poder puedes atropellar y hacer lo que se te venga en ganas. La otra, le vive aconsejando a la juventud que no estudie, que se vayan de aquí a vender Crack para que puedan tener Yeepeta, pistola, dinero y mujeres, para que puedan convertirse en los “vacanos” del barrio…le ha enseñado que el teléfono celular, más que una necesidad es una moda y una prenda de vestir.

Por otro lado, para los gobiernos la verdadera cultura se le ha vuelto utópica, y nos venden “Gato por liebre”…y solo eres culto cuando conoces a Schubert y a Bizet. Mientras tanto, las nuevas generaciones cantan todas las canciones de Bumbury, y eso no está mal… el problema es que desconocen el valor de la obra de Luis Días.

En la escuela en que te dan Educación Musical, te dicen, en 6to curso, que “Música es el arte de combinar el sonido y el tiempo”…y llegas a ser bachiller solo sabiendo eso; y los estudiantes no saben quién fue Tatico Henríquez…y a Johnny Ventura lo conocen solo porque anda en gira de despedida.

Nuestros turistas solo ven un conjunto típico que más, que exhibir nuestro merengue, reflejan las ganas de obtener una buena propina…y se venden cosas que no nos identifican, y si lo hacen, nos dejan mal parado.

No hay suficientes centros culturales, nuestra bibliografía musical anda desordenada y a escondida… no explotamos la riqueza que tenemos, y solo sabemos de merengue, de las caderas hacia abajo… y si tiene mambo, mejor.