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De nuevo, los nombres de nuestras calles

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La Av. Enrique Jiménez Moya debe ese nombre en toda su extensión

   He escrito en los últimos años, varios artículos en este diario relacionados con la designación de calles con nombres de personas que no tienen los méritos para portar una calle su nombre, sea por la ignorancia de los legisladores, o por un interesado ser miembro del Senado y aúpa el nombre de un familiar cercano y los demás legisladores por solidaridad y amistad con el proponente, lo complacen. 

    Es un secreto a voces que nuestras Cámaras Legislativas están compuestas por individuos de escasa escolaridad y que algunos, por el dinero que mueven, obtienen curules, que después les quedan grandes y se mantienen levantando las manos para aprobar, sugerencias o iniciativas que no asimilan.  Por eso, sería conveniente saber el número de legisladores que aparte de su salario en el Congreso, lo obtienen mediante la propiedad de bancas de apuestas y loterías clandestinas.

   En el pasado, abogamos por que a la avenida Sarasota le fuese cambiado el nombre por Juan Rodríguez “Juancito”, patriota que dilapidó su fortuna contribuyendo a formar y subvencionar movimientos con la finalidad de derrocar la dictadura de Trujillo que nos acogotaba después de tres décadas, quién además, aportó su hijo mayor, José Horacio como comandante de una de las naves que ancló en Estero Hondo, perdiendo la vida en el desembarco.

   Nosotros también, acusábamos a los legisladores de ser partidarios del complejo de Guacanagarix, el cual tiene más de cinco siglos, quienes   no solo se deslumbran por los personajes y hechos escenificados por extranjeros, sino que los elevan a dimensiones que sobrepasan sus méritos. 

   Ahora bien, en muchas ocasiones nuestros legisladores, fruto como hemos establecido de sus escasas luces, cometen actos que bien podrían ser calificados de ultrajantes y faltos de erudición.  Pretender darle el nombre de Rafael Corporan de los Santos a la actual avenida Charles Sumner, solo por el hecho de que su estación radial estaba ubicada en esa calle, concuerda con nuestra aprehensión. 

El proponente, Franklyn Romero, es un empresario artístico damos por cierto que no sabía, que ese senador de los Estados Unidos de América, había impedido que nuestro país fuese anexado al Imperio, tal y como lo había concebido el presidente Buenaventura Báez.

   En otra entrega, habíamos propuesto que la avenida Winston Churchill llevara en su totalidad el nombre inicial de Comandante Enrique Jiménez Moya, uno de los valientes patriotas que se inmoló para ver libre su Patria, encabezando el movimiento, que el 14 junio de 1959, se infiltró por Constanza junto con un puñado de idealistas, con la finalidad de liberarnos del yugo de la tiranía trujillista.  Ese Gigante, si merece que la totalidad de la importante avenida se denomine con su nombre.

  En su lugar una aberración   ha sido propuesta por el perdedor al cargo de senador por el Distrito Nacional, Rafael Paz, que propugnó porque a la importante avenida se le pusiese el nombre del modisto Oscar de la Renta. 

Sin lugar a dudas, De la Renta también merece una importante vía de la ciudad, pero no la que empieza con el nombre de Jiménez Moya. Igual tratamiento debemos darle a la iniciativa de cambiar el nombre del parque Eugenio María de Hostos por el del recientemente fallecido luchador Jack Veneno, que sin duda también merece todos los honores, pero cambiar el nombre de un educador tan preclaro como Hostos, es casi un sacrilegio.

   Un patriota que debería su nombre ostentar con letras de oro una gran avenida y todavía el Senado no lo ha ponderado es el de Miguel Ángel Feliu Arzeno (Miguelucho), quien se había alistado en la invasión de Cayo Confites.

Al fracasar ese intento,  se enlistó en la invasión de Luperón en el año 1949 y luego de salvar su vida en dicha intentona, vino como expedicionario en la expedición del 14 de junio de 1959 llegando por Estero Hondo. 

Al ser capturado y llevado a la base de San Isidro, fue fusilado el día 8 de julio del mismo año, no sin antes haberle manifestado al hijo del tirano, Ramfis Trujillo, que si lo dejaban vivo, volvería a inscribirse en una nueva invasión.  Si el Senado hubiese estado conformado por personas ilustradas al menos una pizca en la historia, ya la avenida Miguel A. Feliu Arzeno (Miguelucho), fuese una realidad.

   La ciudad de Santo Domingo, así como otras del interior, están saturadas de calles con nombres de individuos que no tienen ni la calidad ni los méritos para merecerlas.  Ya que el Senado es incompetente, Efemérides Patrias debería abocarse a investigar y sugerir el cambio de aquellos individuos que por haberse confabulado sus parientes con los legisladores, lograron que inmerecidamente una calle lleve su nombre. 

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